Notas Breves de Cartagena de Indias


En esta gráfica de la Torre del Reloj de finales de 1800 se puede observar que no existe la torre con los relojes, la cual fue terminada de construir en 1888, que aún funciona el puente sobre el caño de San Anastasio, y que ya está abierta la boca de la bóveda a la izquierda del observador.
[Fotos de la serie Tropical Scenery (Paisaje tropical) de la Expedición Darién, publicadas por la Fototeca Histórica de Cartagena.]

Esta página será actualizada periódicamente, por lo que invitamos a visitarla con frecuencia para leer las nuevas notas. Última actualización: Enero 30 de 2014


Los Nombres Viejos
Los Nombres Rechazados
Bocagrande y Bocachica
Los Cines de Barrio
La Isla de Cartagena
Los Primeros Barrios de Invasión
El Puente Heredia
Los Puentes de Manga
La Invasión de Chambacú
El Barrio de Torices
La Ruta al Aeropuerto
El Tren de Calamar
La India Catalina
Los Caminantes del Centro
La Salida de Cartagena
Morquecho, la calle mas corta de Cartagena
Cartagena, territorio Lee
Los Popsicles
El Aliado del Pueblo
Banana Split
La Máquina de Helados
El Centavo Municipal
El Obstetra que no Equivocaba el Sexo
Las Fotos Callejeras
Las Fotos de Cajón
El Carramplón
Los Zapatos con Línea Blanca
El Trompo
El Barrilete
El Pastel Cartagenero
La Arepa con Huevo de Caparroso
La Subida a La Popa
La Varita de Chupa Chupa
La Esperanza: Del Priqui Priqui a la Excelencia
Liceo de Bolívar: El Ballet de la Campana
La Polaca
El Totumo
El Yesquero Ronson
Las Llaves de Quaker
Las Bolsas de Café Puro Almendra Tropical
La Grace Line
La Radio de Galena
El Pipón, el Pez Mosquito
Los Tiempos del Crank
La Cuchilla y la Catapila
El Desodorante Litargirio
El Aceite de Ricino
El Cangrejo Azul
Mondongo a Domicilio
La Cotorra: Tony Porto y Q.K.Men
El Capuchón
Los Lleritas
Las Llaneras
Cola y Engrudo
El Casabe
El Retén de Caimán
El Barco 'Hope'
La Honda
El Zueco
Del Radio de Tubo al Transistor
El Gas en Carretas de Burros
Los Caballitos
La Alegría
La Maretira
Las Novelitas de Vaqueros
El Padrino Pelón
Las Cajetillas de Cigarrillos como Dinero
Los Pasantes del Trago
La Llegada de las 'Reinas'
La Bruja Mayeya
La Tienda de Barrio
La Carretilla de 'Raspao'
La Danza del Gallinazo
El 'Rojaspinilla'
Los 'Tramperos'
La Maríamulata
El Tamarindo
El 'Maná'
'Life' en Español
La 'Picúa' y la 'Sarda'
El 'Lazo Tejano'
El Dulce de Leche Cortada
La Hípica y el '5 y 6'
El Lazareto de Caño de Loro
Carnes de Aves y de Monte
Chispitas, Triquitraques, Carpetas, Cebollitas, Tiritos y Buscapiés
La Velación en Casa
El Pesebre y el Arbolito de Navidad
Los Mineros
Del Fósforo 'Guacamayo' a 'El Diablo'
El Alcatraz Cartagenero
¿Qué tiene la Mangano, que no tiene la Pampanini?
El Enigmático A. Baldor
El Prolífico G.M. Bruño
La Regla de Cálculo
Las Cosas Olvidadas de Cartagena
Cuando la Gente se Moría de Repente
Los Tísicos y los Potrosos
Charles Atlas
El Tesoro de la Juventud

Por: Carlos Crismatt Mouthon



LOS NOMBRES VIEJOS

Una característica del cartagenero es que aún conserva en la memoria los nombre antiguos para referirse a ciertos sitios, eventos o personajes de la ciudad. Pero además, insiste en poner o conservar otros nombres a los establecidos legalmente.

Por ello, cuando dice que "nos encontramos en la Boca del Puente", en realidad se está refiriendo a la Torre del Reloj, la emblemática imagen de Cartagena de Indias, empezada a construir hacia 1631. En un principio no tenía la torre ni el reloj, y sólo contaba con la puerta o boca central para entrar a la ciudad después de atravesar el puente de San Francisco. Esta última característica le dio el nombre que aún usan muchos cartageneros de Boca del Puente.

El primer reloj que tuvo la Boca del Puente fue de una sola cara que miraba hacia la actual Plaza de Los Coches. Posteriormente, el 24 de febrero 1888 fue inaugurada la obra de la actual torre con los relojes en las cuatro caras, la que fue ejecutada por Luis Felipe Jaspe.

A los lados de la boca central existían otras dos bóvedas para guardar pertrechos militares -que tenían aperturas hacia la central-, y que después sirvieron para abrir las dos puertas laterales. Los datos históricos señalan que la segunda puerta -a la izquierda del observador- fue abierta en 1803, y la tercera puerta -a la derecha- fue también construida por Luis Felipe Jaspe en 1905, gracias al empuje del entonces gobernador de Bolívar Luis E. Román. Fue llamada de Balmaceda por un cubano que tenía propiedad sobre esa parte de la muralla y la donó al municipio.

Cuando estuvieron abiertas las tres bocas de la Torre del Reloj se permitió durante muchos años el tráfico automotor y se entraba al centro amurallado por la boca a la derecha del conductor -la Balmaceda- y se salía por la de la izquierda. Pero en el año 1997 se inauguró la actual Plaza de la Paz, en la parte que antes ocupaba el puente de San Francisco, con lo que se canceló el flujo de vehículos a través de la Torre del Reloj.

Como dato final, algunos habitantes de Cartagena tomaron la costumbre de llamar a esta obra como el Reloj Público, así como también Puerta del Reloj, nombres que aún se utilizan. De tal manera que cuando lean o escuchen Boca del Puente, Torre del Reloj, Reloj Público o Puerta del Reloj, se están refiriendo al mismo sitio por el que se reconoce a Cartagena de Indias en las postales.


Primera ubicación del Monumento a los Zapatos Viejos, en la rotonda a la salida de la calle de la Media Luna, inspirado en el poema "A Mi Ciudad Nativa" de Luis Carlos "El Tuerto" López. Foto: Roberto Acero.

Cuando se habla del "monumento a las botas", se quiere decir el Monumento a los Zapatos Viejos que fue inspirado en el poema "A Mi Ciudad Nativa" de Luis Carlos "El Tuerto" López. Estuvo anclado inicialmente al final de la calle de la Media Luna, antes de cruzar el puente Heredia. Hoy está ubicado en el Playón Grande, en la parte trasera del Castillo San Felipe de Barajas.


Monumento a los Zapatos Viejos, inspirado en el poema "A Mi Ciudad Nativa" de Luis Carlos "El Tuerto" López.

Si menciona a la Plaza de los Coches, ésta en verdad se llama Plaza del Ecuador por disposición del Concejo Municipal. Es cierto que antes tuvo muchos nombres, como de El Juez, de Los Esclavos, de Los Mercaderes, de La Yerba y de Los Coches. Pero cuando el Cabildo cartagenero quiso honrar la firma en 1919 del acuerdo fronterizo con Ecuador -y bautizarla como Plaza del Ecuador-, el pueblo dio su veredicto y continuó llamándola Plaza de los Coches, hasta el día de hoy.

Igual sucedió con la calle de Don Sancho, a la que en 1896 le fue cambiado el nombre por el de Andrés del Portillo, un recordado y querido médico en su época. Pero hoy nadie se acuerda de esta determinación legal del Concejo de Cartagena y se le sigue llamando de Don Sancho.

También causa curiosidad entre los visitantes que mencionen el Cerro de San Felipe. Todos sabemos que se trata del Castillo de San Felipe de Barajas, pero los primeros cartageneros conocieron ese sitio como el Cerro de San Lázaro -llamado así por estar al lado de un hospital para leprosos-, en donde posteriormente se levantaría la colosal fortificación, orgullo de los reyes españoles en su época, y de los cartageneros en la actualidad. Por eso, en la memoria genética de sus descendientes se hizo la fusión del término de Cerro de San Felipe.



LOS NOMBRES RECHAZADOS


En esta gráfica aérea de 1950 se muestra el Estadio 11 de Noviembre, construido en 1947. Fue bautizado con el nombre de Mariano Ospina Pérez, pero por rebeldía el pueblo le cambió de nombre. Allí también se observa en la parte de abajo la carrilera del tren de Calamar, cuyo trazado serviría para la avenida Pedro de Heredia.
[Foto de la la Fototeca Histórica de Cartagena.]

En algunos casos se trata de la rebeldía del pueblo en contra de gobernantes impopulares, como sucedió con el Estadio de Béisbol Once de Noviembre, que fue inaugurado con el nombre de Mariano Ospina Pérez, quien fue el presidente de Colombia que hizo posible la construcción de la obra. Pero cometió el pecado de poner a escoger a los cartageneros entre el acueducto y el estadio. Escogieron el estadio, pero para pagarle en su misma moneda nunca aceptaron usar el nombre del expresidente.

Recientemente la ciudad estrenó dos cambios de nombre. El primero, fue el conocido Teatro Heredia, a quien por acuerdo municipal se le dio el de Adolfo Mejía, entre otras cosas autor de la música de la inolvidable canción 'Cartagena'. El segundo, fue el estadio de fútbol Pedro de Heredia, a quien se le cambio su nombre por el del jugador cartagenero Jaime Morón. Aunque ambos llevaban el apellido Heredia, el teatro fue bautizado así por un poeta cubano de nombre José María de Heredia quien dedicó dos de sus poemas a la ciudad. Recordemos que Luis Carlos el 'Tuerto' López utilizó como epígrafe de su soneto 'A mi Ciudad Nativa' la cita 'Ciudad triste, ayer reina de la mar' de un poema de J.M. de Heredia. Y el escenario deportivo lo llevaba en reconocimiento al ilustre fundador de la ciudad, Don Pedro de Heredia.

Los amigos del legendario teatro acordaron la estrategia de promocionarlo como Teatro Heredia Adolfo Mejía, ya que ellos saben que el cartagenero es reacio al cambio intempestivo de sus símbolos, por lo que de pronto tendrá éxito el implante del nombre del destacado personaje. Sin embargo, la gente de a pie, en forma espontánea aún se refieren sin pensarlo al Teatro Heredia y al Estadio Pedro de Heredia.




BOCAGRANDE Y BOCACHICA

Un dato que hace parte de la enseñanza de los cartageneros es que la ciudad tiene dos entradas a la bahía, Bocagrande y Bocachica. Pero aunque parezca curioso, en la entrada de Bocagrande los españoles crearon en 1771 una escollera entre las playas de tierra firme y de la isla de Tierrabomba -de tal manera que es imposible traspasarlo con naves de algún calado-, trabajo que fue encargado a don Antonio de Arévalo. En cambio, la entrada de Bocachica fue dragada y habilitada para que sea la entrada de los buques de gran calado a la bahía de Cartagena.




LOS CINES DE BARRIO

A los visitantes de hoy Cartagena de Indias les ofrece salas de cine en el Centro Comercial Caribe Plaza, en el Paseo de La Castellana, en el Centro Comercial Los Ejecutivos y en el Cinema La Plazuela. Esta oferta de muchas salas concentradas en sólo cuatro sitios diferentes, contrasta con los cines de barrio del que disfrutaron los cartageneros unas décadas atrás.

En el centro de la ciudad tuvieron cabida los teatros Cartagena y Colón enfrente del Camellón de Los Mártires, y el Rialto y el Padilla en la Calle Larga, el Lux en la calle del Arzobispado, y los postreros Calamarí y Bucanero a los lados del Cartagena, y La Matuna y Cinerama en la avenida Daniel Lemaitre. Otro de los últimos en desaparecer fue el Cinema del barrio Bocagrande. Pero el pionero -que no alcanzamos a ver- fue el teatro El Coliseo, en la calle del mismo nombre, que después se convirtió en El Mainero. Bueno, y caso especial es el Circo Teatro, que funcionó en el mismo escenario de la plaza de toros La Serrezuela, en el barrio de San Diego.

Regresando a los teatros de los barrios de la periferia, en Torices existieron sobre la carretera del mismo nombre los teatros Caribe y Variedades -este último en el sector del Playón del Blanco-, además del modesto cine Anita en la calle Guillermo Posada, más conocido como El Cultural. En la calle principal de Lo Amador estaba el teatro Laurina, en la avenida Pedro de Heredia en cercanía al barrio Chino funcionó el Granada y frente a Bazurto El Colonial. En la avenida de El Bosque el Myrian, en la gallera del barrio España funcionó el teatro España, y en el Pie de La Popa fundó Victor Nieto Nuñez -padre del Festival de Cine de Cartagena de Indias-, su teatro Miramar. Además, se mencionan en la historia local otros de vida efímera, pero que el autor de estas líneas no conoció. Entre ellos el Cine Manga en la 4 ª Avenida de Manga, San Roque en Getsemaní, Capitol en Bazurto, Don Blas en Blas de Lezo, El América en El Bosque, El Atenas en Daniel Lemaitre, El Dorado en El Toril y El Minerva y Cañabrava en Olaya.




LA ISLA DE CARTAGENA DE INDIAS

Muy poco se resalta la condición de isla de Cartagena de Indias. En sus primeros tiempos su territorio comprendía lo que hoy es la península de Bocagrande -llamada entonces de Icacos-, el Centro Histórico y los barrios El Cabrero y Marbella, separado de la tierra firme por la bahía de Cartagena, el caño de San Anastasio y la laguna de Santa Catalina -hoy de El Cabrero-. El caño de San Anastasio pasaba por lo que es actualmente La Matuna y conectaba la Bahía de las Ánimas con la laguna de El Cabrero. Pues bien, aunque muchos no lo recuerden, había una boca que separaba los barrios de Marbella y de Crespo, por lo que hasta ahí llegaba la primera Cartagena. Esto fue lo que se conoció como Calamarí.

Luego de rellenada esta lengua de terreno -en un episodio que tuvo voces de protesta en su momento-, la isla de la Cartagena se amplió con el barrio de Crespo y el corregimiento de la Boquilla. La separación de estos nuevos territorios se hace en Crespo por medio del Caño Juan Angola, que muere por detrás de la pista del aeropuerto Rafael Nuñez -antes aeropuerto de Crespo-, uniendo la laguna de El Cabrero con la Ciénaga de la Virgen. Finalmente en la zona de la Boquilla está separada por la Ciénaga de la Virgen, que sale al mar Caribe por La Bocana y otras bocas y corta el avance del territorio.

Y cuando es rellenado el caño de San Anastasio y desaparece el puente frente a la Torre del Reloj, queda añadido al territorio de Cartagena la isla de Getsemaní o de San Francisco. Conocida también como El Arrabal de Getsemaní, esta isla estaba separada de tierra firme por las bahías de Cartagena y de las Ánimas, el caño de San Anastasio -que moría en la laguna de El Cabrero- y la laguna de San Lázaro, que une la laguna de El Cabrero con la bahía de Cartagena.

Para mejor compresión, hay que hacer algunas precisiones:

Uno, que la Bahía de las Ánimas es la parte de la Bahía de Cartagena que besa la zona en donde están el Centro de Convenciones -allí estuvo el mercado público-, el Muelle de los Pegasos, la Alcaldía de Cartagena, la Torre del Reloj y el Paseo de los Mártires.

Dos, que enfrente de la Torre del Reloj, y para cruzar el caño de San Anastasio, existió un puente levadizo -llamado de San Francisco- por el que ya dijimos que la llaman la Boca del Puente.

Tres, que el caño de San Anastasio fue desecado y en esos terrenos que eran anegadizos surgió la urbanización de La Matuna -gracias al consejo de ingenieros ingleses que vieron en esa la única manera de resolver el problema de salubridad-.

Cuatro, que la isla de Cartagena actual comprende los territorios de la península de Bocagrande -con Castillogrande y el Laguito-, el Centro Histórico, Getsemaní, Cabrero, Marbella, Crespo y La Boquilla.

Cinco, que a la laguna de El Cabrero también se le da el nombre de laguna de Marbella en la parte que corresponde a este sector.




LOS PRIMEROS BARRIOS DE INVASIÓN

Cartagena tiene hasta la primera mitad del Siglo XX barrios de invasión adosados a sus murallas. Se trataba, por un lado, de los humildes barrios de Boquetillo, Pekín y Pueblo Nuevo, cuyos patios se estrellaban contra las piedras de las murallas que corren paralelas al mar Caribe, pero que fueron erradicados en 1936 por el alcalde don Daniel Lemaitre y sirvió para dar paso posteriormente a la Avenida Santander. Y por el otro, lo sucedido con el lienzo de muralla que mira hacia El Cabrero, en donde personas de mayor alcurnia levantaron sus casas. Esto fue corregido y se le dio paso al desarrollo del nuevo barrio de El Cabrero, que tuvo como vecino al expresidente Rafael Nuñez cuya residencia es visitado sitio turístico, junto a la Ermita y el parque Apolo. En ese barrio también quedaba la fábrica del café Moka, muy apreciado en toda la ciudad por su sabor y aroma. Entre otras cosas, la calle Real de El Cabrero fue construida de tal manera que los vehículos al transitar tenían un típico movimiento de sube y baja que los viejos cartageneros aún recuerdan.




EL PUENTE HEREDIA

Por tratarse de una isla, para conectarse con tierra firme era necesario construir puentes, lo que en un principio tuvo limitaciones por cuestiones de seguridad en una ciudad militarizada. El primer puente fue el Heredia, llamado en su época puente de la Media Luna o puente del Revellín de la Media Luna, precisamente por estar a la salida de la calle de la Media Luna. Inicialmente fue de madera, pero posteriormente se hizo de materiales más sólidos -piedra, cal, yeso, entre otros- hasta el punto que aún hoy sirve de vía principal de comunicación entre el centro y la periferia.

Algo importante es que en la década de los 90 del Siglo XX se construyó un nuevo puente Heredia -a un lado del anterior-. Por este motivo se ordenó la destrucción del puente viejo, pero en esta operación se descubrió que había vestigios de una construcción aún más antigua que la conocida por los cartageneros de la actualidad. Esto hizo que la demolición se detuviera, lo que coincidió con la caída del moderno puente al poco tiempo de su inauguración, y por curiosidades de la vida el viejo puente Heredia aún le continúa sirviendo a la Ciudad Heroica.

En un costado de este puente existió un pequeño quiosco con el nombre de El Páramo, que además de tertuliadero y bebedero de cervezas, era el sitio de estacionamiento de los duetos y tríos de guitarra que tanto buscaban los enamorados para poner las serenatas, que estuvieron de moda en las décadas de los 60 y 70 del Siglo XX.




LOS PUENTES DE MANGA

La necesidad de expansión de la ciudad vieja tuvo un primer capítulo con la urbanización de la isla de Manga y la construcción del puente Román, que la unió a Getsemaní. Su primer desarrollo estuvo impulsado por don Dionisio Jiménez, quien utilizó los servicios de Luis Felipe Jaspe para su trazado -conocido en la historia de Cartagena por sus diseños de la Torre del Reloj, el Paseo de los Mártires , el parque del Centenario, los parques de Bolívar y Fernández de Madrid, el mercado público de Getsemaní, entre otros-. Su exuberante vegetación proporciona aún hoy una sensación de frescura y sus antiguas casas son consideradas obras del patrimonio arquitectónico de Cartagena, tal como la promocionada casa Román, que son de estilo republicano y algunas con evocaciones árabes.

Manga está rodeada de las aguas de la bahía de Cartagena, de la laguna de San Lázaro -entre los puentes Román y Las Palmas-, del caño de Bazurto -entre los puentes Las Palmas y Jiménez-, y de la ciénaga de Las Quintas -entre los puentes Jiménez y Bazurto-. En resumen, la isla de Manga tiene cuatro puentes: el puente Román que la une con la ciudad amurallada, el puente Las Palmas con el Pie del Cerro -en referencia al Cerro de San Lázaro sobre el que se construyó el Castillo de San Felipe-, el puente Jiménez con el Pie de la Popa y el puente de Bazurto con El Bosque.




LA INVASIÓN DE CHAMBACÚ

El terreno al sur de la laguna de El Cabrero era una isla cenagosa propiedad -según la leyenda- del expresidente Rafael Nuñez, quien la regaló a sus sirvientes de origen negro como muestra de agradecimiento. Con el trascurrir de los años el dominio del terreno terminó en manos del municipio, pero poco a poco fueron llegando personas de la misma Cartagena y de lugares cercanos que lo invadieron, y que a punta de cáscara de arroz, basuras y otros materiales rellenaron el sitio para construir sus viviendas. No olvidemos que para la construcción y mantenimiento de las obras del Ferrocarril de Calamar se necesitó de gentes que encontró en ese sitio el lugar adecuado para asentarse, y que posteriormente los expulsados de Boquetillo, Pekín y Pueblo Nuevo también fueron a parar allí. Al final se convirtió en el mayor barrio de invasión de Colombia y en un motivo de inspiración para novelistas como Manuel Zapata Olivella, que escribió su obra "Chambacú, corral de negros".

Chambacú colindaba por tierra con los barrios El Espinal, El Papayal y Torices. Pero su acceso al centro histórico estaba truncado por la laguna de El Cabrero, por lo que en forma artesanal sus habitantes construyeron un débil puente de madera que hacía de precaria ruta de comunicación a pie para sus habitantes. Si bien en el barrio vivieron familias trabajadoras y honestas, e incluso boxeadores de gran renombre como Bernardo Caraballo y Antonio Cervantes "Kid Pambelé", también era refugio de drogadictos y maleantes que utilizaban el puente como vía de escape después de sus fechorías.

Después de su desalojo definitivo en 1973 -y de un escándalo por la venta de sus terrenos-, se amplió la avenida Pedro de Heredia y se construyó el nuevo puente de Chambacú para mejorar el ingreso al centro de la ciudad. Aquí vale la pena recalcar que a pesar de ser un barrio de familias pobres, con muchos afrodescendientes, incidió en muchos de los cambios que sufrió la historia de la ciudad.

En cuanto al origen del nombre Chambacú, muchos han pensado que es africano. Pero en la investigación de Donaldo Bossa Herazo para su "Nomenclator Cartagenero" encuentra que los nombres de Chambaca, Chamboco y Chambacú figuraban en los documentos oficiales de fin del siglo XVI, cuando apenas llegaban los primeros esclavos de ese continente. Por eso cree que dichos topónimos son indígenas. Anota, además, que por lo menos la mitad del territorio de Getsemaní y de la isla adyacente -que fue el objeto de la invasión- recibían el nombre de Chambacú.





Entrada al barrio de Torices por el Paseo de Bolívar, a la altura del barrio El Espinal en la avenida Pedro Heredia.

EL BARRIO DE TORICES

La falta de espacio en el centro de la ciudad motivó a algunos de sus habitantes a buscar nuevos rumbos, algunos de ellos en los terrenos del actual barrio de Torices. La calle Bogotá fue una de las primeras urbanizadas con hermosas edificaciones familiares, entre ellas las de los doctores Cruz y Porto, y especialmente la de Carlos Crismatt Esquivia -quien dedico su vida a la reconstrucción del Castillo San Felipe de Barajas- cuyo estilo republicano es apreciado por los estudiosos de la arquitectura en Cartagena de Indias.

Torices recibe las últimas estribaciones de la serranía de La Popa -en donde está la ermita de la Virgen de la Candelaria-, ya que la mayoría de sus calles nacen en sus faldas, como la Santander, la José María Passos, la Jorge Isaacs, la Guillermo Posada, la Paz y la Santa Fe, hasta continuar con la zona de San Rita. Además, hacia el lado de El Espinal está la loma en donde se construyó el colegio de La Salle. Igualmente, se levanta la famosa Loma del Diamante -la cual se hizo famosa en las narraciones del béisbol profesional por la participación del equipo Torices-, delimitada entre el Paseo Bolívar y la carretera de Torices y desde la calle Bogotá hasta la calle de Las Carretas. La última elevación corresponde a los terrenos de la antigua Clínica Vargas, entre la calle Bogotá y el callejón de Los Besos.

Para llegar al centro de la ciudad, los toricenses debían tomar la carretera de Torices, salir por El Espinal y atravesar el puente Heredia. Por ello, se cristalizó la idea de construir el puente Benjamín Herrera que une a Torices con Marbella, a la altura de la calle Guillermo Posada, y de esta manera también se podía transitar por la calle Real de El Cabrero y llegar al centro por San Diego. Entre otras cosas, las gentes no utilizan el nombre oficial del puente y hablan indistintamente del puente de Torices o del puente de Marbella. (Ver: El Barrio de Torices)




LA RUTA AL AEROPUERTO

Hoy es fácil llegar al aeropuerto Rafael Nuñez utilizando la Avenida Santander. Pero antes de 1969 -fecha en que esta arteria vial fue terminada-, el llegar al aeropuerto de Crespo -que fue inaugurado en 1946 y que así se llamaba antes de cambiarse a Rafael Nuñez- era una pequeña odisea que se iniciaba por el ingreso a la calle Real de El Espinal, cruzar la antigua vía del tren y embocar en la carretera de Torices por el sector del Playón del Blanco -alli quedaban frente con frente el Teatro Variedades y la Lavandería La Blanca, con el primer servicio de lavado en seco con entrega a domicilio-, se pasaba por el barrio El Papayal -que tenía como límite norte la laguna de El Cabrero-, y luego por la Clínica Vargas y el Teatro Caribe. Enseguida se llegaba al sector del Siglo XX -sito en la parte en donde la carretera se unía con la carrera 17, que después se bautizó como Paseo Bolívar-, allí se pasaba a Santa Rita en el sector que ocupan por el lado izquierdo San Pedro -inicialmente conocido como Cara'e'perro- y por el derecho el actual mercado sectorial, para encontrarse al final de este trayecto con la curva que lleva al barrio de Canapote. En este barrio se debía hacer cruces por sus calles que fueron variando con el tiempo hasta llegar al puente de Canapote, que cruzaba el caño Juan Angola y permitía el ingreso al barrio de Crespo. Como en ese entonces no existía la avenida Primera que bordea el caño, se seguía derecho por la calle en donde estaba el Club Guanipa, enseguida se doblaba a la derecha para transitar por la calle principal de Crespo hasta la calle 71, en donde se encontraba un amplio lote para el aparcamiento de los vehículos -hoy es un campo de sóftbol- en frente del cual estaba el viejo edificio del aeropuerto de Crespo.





El tren que partía de Cartagena a Calamar, entre 1894 a 1950, a su paso por la Torre del Reloj.
[Foto de la la Fototeca Histórica de Cartagena.]

EL TREN DE CALAMAR

Ya pocos se acuerdan que desde 1894 hasta 1950 un tren atravesaba toda Cartagena en sus viajes de ida y regreso al puerto fluvial de Calamar. Anunciado como el Ferrocarril de Calamar, se le mencionaba sencillamente como el tren. La ruta tenía 11 estaciones y comprendía además su paso por las poblaciones de San Estanislao -conocida también como Arenal- y Soplaviento, en un trayecto de 105.8 kilómetros.

La vía de sus rieles en su paso por la ciudad fue construida en lo que después se convirtió en la Avenida Rojas Pinilla -nombre utilizado mientras el general que inició su construcción estuvo en el poder-, pero que después se denominó Avenida Pedro de Heredia.


Esta estructura, que estuvo en pie hasta 2011, fue montada sobre el puente del tren que atravesaba la laguna de Chambacú.

Para llegar a la ciudad vieja el tren debía atravesar lo que hoy es la laguna de Chambacú, y sobre la cual se construyó un puente con rieles que estuvo en pie hasta hace poco. Después de clausurado el tren, muchas personas residentes en El Espinal, el Papayal y Torices hacían un corte en el camino por este puente, en vez de caminar hasta el Heredia que quedaba más adelante. Además, en la parte del puente que daba para El Espinal quedaba el taller del ferrocarril -que fue quien dio vida a este barrio- y que también sobrevivió hasta después de la primera mitad del Siglo XX, tiempo durante el cual fue utilizado como taller de mecánica y latonería para automotores. Después el tren entraba en lo que hoy es la Matuna y terminaba en el sitio conocido como La Machina, a la entrada de Bocagrande, en los terrenos que ocupa actualmente la base naval. Cuando en el año 1950 levantaron sus rieles, se acabó el cuento del tren.





Foto de la India Catalina en El Torno [España] donada por su autor Eladio Gil Zambrana. El detalle distintivo es que le falta la pluma en la frente.
[Tomada de: http://druta.wordpress.com/2011/02/22/eladio-gil-la-india-catalina-de-el-torno]

LA INDIA CATALINA

Nativa de Galezaramba, un pueblo de pescadores a orilla del mar Caribe, cercano a Cartagena, que además posee unas salinas gracias al clima especial de esa zona. Fue llevada a Santo Domingo por Diego de Nicuesa, quien veló por su educación. Al preparar Pedro de Heredia el viaje que le llevaría a la fundación de Cartagena de Indias, se hizo a los servicios de la india Catalina quien le serviría de intérprete con las tribus indígenas que habitaban en el norte de Colombia. Esta misión la cumplió con creces, ya que por conocer la lengua y sus costumbres -amén de ser ella misma una indígena pura-, logró la pacificación de algunos grupos y facilitó el proceso de colonización.

La verdad era que la vida de la india Catalina era totalmente desconocida para la gran mayoría de los cartageneros, hasta que en 1960 el escultor cartagenero Héctor "Tito" Lombana -el mismo de los Pegasos de la bahía de Las Ánimas- creó para el Festival de Cine de Cartagena un estatuilla basada en la figura de la india que aparecía en el escudo republicano de la ciudad. En este último aparecía sentada, pero Lombana la puso de pie, quizás inspirado en la estatuilla de los premios Oscar del cine.

Posteriormente, y gracias la popularidad que adquirió la "India Catalina" del Festival de Cine, se le encargó al escultor español Eladio Gil Zambrana hacer un monumento a la ciudad inspirado en esa figura. Eladio Gil resolvió a su particular manera el cómo hacer la obra, que resultó en la escultura que desde 1974 se ha convertido en otro símbolo de Cartagena de Indias.

Pero el cuento no para aquí, ya que Eladio Gil le regaló al pueblo español de El Torno -en señal de agradecimiento por ser su ciudad adoptiva- una réplica de la "India Catalina" de Cartagena. Es decir, que en otra parte del mundo existe la escultura hermana de nuestra india.

Otro aspecto importante es que la leyenda de la india Catalina tiene muchos vacíos. Para algunos no existió, y para otros no nació en Galerazamba sino en un pueblo del Atlántico. Para los que no comulgan con el proceso colonizador ella fue una traidora, y para los que saben que ella declaró en España en contra de Pedro de Heredia es una heroína. Y hasta en la parte plástica se hacen reparos, ya que quienes dicen conocer a la verdadera india Catalina señalan que era bajita y regordeta.

Mientras tanto, la imagen más fotografiada de Cartagena de Indias fue trasladada recientemente del cruce de la Avenida Pedro de Heredia y la Avenida Venezuela, hasta el centro del nuevo parque de Puerto Duro, ahora rebautizado como Parque de Chambacú.




LOS CAMINANTES DEL CENTRO

Cuando los vehículos automotores invadieron el centro amurallado de Cartagena de Indias, los transeúntes de todos los días sintieron que estaban invadiendo sus predios. Pero como en una extraña simbiosis se vio de repente que los carros y las personas armonizaban su paso por las callecitas estrechas, en un ritmo que ambos aprendieron a manejar. Los conductores apenas entraban al centro regulaban su marcha a tal punto que los caminantes cruzaban de un lado a otro por delante de los carros sin que el tráfico sufriera interrupción, ni se presentaran accidentes. Era como una especie de marcha acompasada, algo único de Cartagena, que a los visitantes les parecía imposible.




LA SALIDA DE CARTAGENA

Para los habitantes de hoy puede parecer un poco difícil de entender la única ruta que a mediados del siglo pasado se debía tomar para salir de Cartagena de Indias. En el caso de quienes vivían en el centro, su primer paso era buscar la calle de la Media Luna para atravesar el puente Heredia, pasar por el Corralón de Mainero -a la entrada de El Espinal- y cruzar el Pie del Cerro -enfrente del Castillo de San Felipe- para atravesar el Playón del Grande. Enseguida se llegaba al Pie de la Popa y se seguía por enfrente del barrio Chino -paralelo a la antigua vía del tren, hoy avenida Pedro de Heredia- se pasaba por el lado de la panadería Flor del Campo -no existía el mercado de Bazurto ni su puente- y más delante se llegaba a Alcibia -siendo este tramo también paralelo a la vía del tren- y se llegaba a la entrada de la iglesia de María Auxiliadora. Aquí se seguía en línea recta y se pasaba por el Club de la Colonia China, se subía una ligera pendiente hasta llegar al barrio Piedra de Bolívar, para en la parte alta doblar a la izquierda y atravesar la carrilera del tren -en Los Cuatro Vientos- y llegar hasta el sector del Foco Rojo, pegado a la ciénaga de la Virgen. En este punto se doblaba a la derecha para pasar por enfrente de la entrada del estadio Once de Noviembre, luego se doblaba a la izquierda y derecha sucesivamente para tomar la antigua carretera del barrio Caimán. Más adelante se bifurcaba la ruta, una para tomar a la izquierda la carretera de La Cordialidad y otra a la derecha para subir a la calle que pasaba por la Clínica Madre Bernarda y luego doblar finalmente a la izquierda para llegar a Ternera y salir a Turbaco, y de allí a las sabanas de Bolívar.





Pocos saben que la calle de Morquecho existe en el centro amurallado de Cartagena de Indias.

MORQUECHO, LA CALLE MAS CORTA DE CARTAGENA

En la mayoría de guías de las calles de Cartagena de Indias se omite la referencia a la calle de Morquecho. Es un pequeño tramo que une las calles del Candilejo y Vélez Daníes. Una de sus aceras colinda con la parte posterior del edificio Andian, que tiene a su vez a cada lado las calles Cabal -entre la Plaza de la Aduana y la calle del Candilejo- y Nuestra Señora del Río -entre la Plaza de la Aduana y la calle Cochera del Gobernador-. El olvido se debe a que por ser un pequeño recodo al final de la calle del Candilejo, todos creen que hace parte de ésta última.


En la placa aparece con el nombre de "Calle del Candilejo".

El visitante desprevenido también creerá que es así, ya que en su esquina con la calle Cochera del Gobernador aparece una placa con el nombre de "Calle del Candilejo". Además, en el libro Plazas y Calles de Cartagena de Indias [Porto del Portillo, R. et al.] se da fe de su existencia pero con el nombre de "Calle de Nuestra Señora de la Paz". A su vez, en el Nomenclator Cartagenero [Bossa Herazo, Donaldo] se menciona con el nombre de Morquecho y se se recuerda que en la Casa de la Isla -que fue reemplazada por el edificio Andian- vivió el español José Morquecho del cual tomó su nombre.





Blue jeans Lee. Fotos: Internet

CARTAGENA, TERRITORIO LEE

Hubo una época, a mediados del siglo XX, en que Cartagena fue invadida por la moda del blue jean -hoy se dice bluyín- de marca Lee. Venían de contrabando y no tenían competencia local, ya que las textileras paisas aún no sabían qué era eso.

Su color azul índigo -más valorizado cuando se desteñía-, su tela gruesa, su fuerte cremallera, los remaches al final de las costuras y el botón de cobre en la pretina y el pedazo de cuero en el parte trasera, ambos con el nombre Lee, eran los distintivos de toda una generación que también usó las botas Croydon para las clases de educación física y las esclavas de plata en sus muñecas.

Esta moda comenzó como un signo de rebeldía, ya que en la década de los 50 del siglo pasado James Dean -el joven y pequeño actor de las películas 'Rebelde sin Causa' y 'Gigante'- usaba los de marca Levi's, que fueron creados por Levi Strauss en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Como siempre, hubo quienes se pegaron al éxito del blue jean y salieron las marcas Wrangler y Lee.

Así como Colombia fue territorio del Betamax cuando en todo el mundo usaban el VHS, pasó los mismo con el Lee, que estuvo siempre por encima del Levi's y del Wrangler. Fue tal la pasión que despertó en los jóvenes, que la industria nacional decidió montarse en el tren de la victoria y en Medellín el empresario Luis Eduardo Caicedo registro una marca de pantalones vaqueros utilizando sus iniciales Lec con la misma letra de Lee. La firma gringa hizo la correspondiente denuncia y se llegó al acuerdo de otorgarle una franquicia a Luis Eduardo Caicedo para fabricarlos en el país con la marca Lec Lee.

Posteriormente salieron otras imitaciones, como los Caribú que tomaron vuelo gracias a que se unieron a Wrangler para fabricar los Wrangler-Caribú, que entre otras cosas fueron los eternos patrocinadores del campeón de ciclismo Martín Emilio 'Cochise' Rodríguez.





El popsicle o paleta

LOS POPSICLES

Para los cartageneros de mitad del siglo pasado la palabra Popsicle era común. Se trataba ni más ni menos que de las paletas, los helados con diversos sabores que tienen un palito en el centro. Era el momento de transición del pesado carro de madera con depósito para el hielo que vendía los raspados, a los modernos carritos metálicos, de tres pequeñas ruedas, pintados de blanco y unas campanitas de sonido particular que anunciaban el arribo de las paletas fabricadas industrialmente. Lo que no se sabe es en qué momento se adoptó el nombre de Popsicle para llamarlas, ya que así se las conocía pero en Estados Unidos.

La historia del Popsicle es curiosa, ya que al igual que la penicilina fue inventada por accidente. Se cuenta que en 1905 el niño Frank Epperson dejó en su balcón un vaso con soda en polvo mezclada con agua y el palito de revolver adentro. Como la noche fue de frio bajo cero, en la mañana encontró la primera paleta fabricada en el mundo y la bautizó como Epsicle -empleando las dos letras iniciales de su apellido- para hacerla conocer entre sus amigos de la escuela. Pero no fue hasta 1925 que le vio un gran potencial para las ventas masivas y la renombró como Popsicle utilizando la palabra "pop" -de papá en inglés- con que lo llamaban sus hijos.




EL ALIADO DEL PUEBLO

Pocos se acuerdan que en Bolívar y Córdoba -más exactamente en Cartagena y Montería- circulaba la publicación El Aliado del Pueblo. Su responsable era Carlos Velasco Puche, periodista y escritor nacido en Montería, y que en el cabezote aparecía como fundador, propietario, director, gerente, jefe de redacción, publicista, diagramador y otros cargos que él desempeñaba en cada edición.

Fundado en 1940 en la capital de Córdoba, comenzó a circular en Cartagena a finales de la década de los 50 cuando el escritor se mudó a esta última ciudad y fijó su residencia en el barrio de Torices, en un calle de una sola cuadra -que corresponde a la carrera 15- entre la calle Guillermo Posada y el callejón de Los Besos. Su impresión se hacía con cierta regularidad, para lo que acudía a la publicidad oficial de ambos departamentos.

De las inquietudes literarias de Carlos Velasco Puche vieron la luz pública las novelas "La Bruja de Tucurá" y "Atalaya Universal erigida en Nueva York", así como un relato de la vida trágica de "El Boche", un peón de nombre Manuel Antonio Hernández que en una hacienda del Sinú -bajo los efectos del ron con pólvora- hizo una matanza por celos en la que cayeron el hermano del dueño y otros compañeros de trabajo.




BANANA SPLIT

Cartagena siempre ha tenido una buena oferta de productos helados, pero una época que quedó grabada en sus habitantes fue cuando se instaló en la calle de El Tablón la heladería Madrid, que tenía como gancho un postre llamado Banana Split.

En la tradición cartagenera ya se había pasado por el célebre "raspao", por los helados hechos en casa con máquinas manuales,por los vendidos en los carritos ambulantes y por los despachados en los teatros del Centro, en donde se conseguían los de barquillo y los popsicles.

Pero la Banana Split fue la tapa de la caja. Las gentes acudían presurosas a pedir la novedad del momento, que a pesar de ser un simple platanito cortado a lo largo y acompañado de porciones de helado de diferentes sabores -adornados con cubiertas de chocolate y otras delicias-, causaba gran furor en la ciudad.

Quizás fue el nombre sugestivo, o el estatus que confería el tener la posibilidad de entrar a la nueva heladería y consumir frente a la clientela su Banana Split, lo que hizo tan popular a este helado, que después fue guardado por los cartageneros en el cuarto de San Alejo, pero que aún mantiene su vigencia en muchas partes del mundo.

Finalmente, también hay que recordar que muchos otros eran devotos del Frozo Malt, una curiosa mezcla de malteada y helado con sabor a chocolate que causó furor en algunas ciudades de la costa Caribe.





Máquina manual para hacer helados. Foto: Internet

LA MÁQUINA DE HELADOS

En la época en que no había ventas de helados por galones, hacer una fiesta para niños tenía el trabajo adicional de buscar quién prestara o alquilara una máquina manual para hacer el helado.

Constaba de un recipiente circular de madera en el que se introducía un cilindro de metal inoxidable con su respectiva tapa -el que contenía los ingredientes del helado-, y que giraba sobre dos ejes, uno en el fondo del recipiente y otro dentado en un dispositivo mecánico que se colocaba en la parte superior. Este último tenía además una manivela que al darle vueltas hacia que el cilindro rotara. Luego se rellenaba el espacio entre el cilindro y el recipiente con capas de hielo picado y sal gruesa.

Después de unos largos minutos -en que había relevos para girar la manivela-, la acción del hielo con la sal surtía un efecto mágico y al abrir al cilindro se mostraba un rico y cremoso helado.

Dos cosas para anotar. Una, es que si había un descuido en cerrar bien la tapa del cilindro, el resultado era que la sal se metía y dañaba irremediablemente el sabor del helado. Y dos, que nadie entendía -ni aún ahora se acepta- el porqué había que echarle sal al hielo para que enfriara más. Un rechazo parecido al de utilizar la salmuera para sacarle la sal a las carnes saladas.





Moneda de 1 centavo de 1957.

EL CENTAVO MUNICIPAL

Por allá a finales de los años 50 del siglo XX, la tarifa de los buses era de 10 centavos Igualmente, para esa época existía un acuerdo del Concejo que había creado un impuesto a los usuarios del transporte urbano llamado el "Centavo Municipal", por lo que los dueños de los buses recibían realmente 9 centavos. Para llevar el control, el gobierno local suministraba a los transportadores las tiqueteras correspondientes, que eran el soporte para el cobro del impuesto que debían reembolsar periódicamente.

En 1960 los transportadores presionaron para cobrar 15 centavos por pasaje, de tal manera que el "Centavo Municipal" subió a 2 centavos y medio. Pero este aumento tuvo como respuesta que los usuarios abandonaran masivamente el uso de los buses como medio de transporte. Ante esta situación, se decidió devolver el "Centavo Municipal" a los usuarios, pero por no existir monedas de medio centavo para reintegrar el valor del impuesto de 2 centavos y medio, se acordó que el pasajero entregara los 15 centavos completos y que el tiquete representara para ellos dicha suma. De esta forma, debían conservarlo para reclamar ese valor en la Tesorería Municipal. Lo más curioso es que el tiquete de los buses se convirtió en la práctica en moneda corriente -ya que muchos no querían hacer las largas y lentas colas para redimirlos- y llegó a ser utilizado hasta para pagar deudas en las tiendas, que los recibían a 2 centavos.

A pesar de esto, los transportadores seguían reportando pérdidas, ya que las gentes preferían caminar antes que utilizar los buses, y -ante esta situación- propusieron entonces bajar la tarifa a los 10 centavos originales, pero sin el cobro del "Centavo Municipal". Para compensar, ofrecieron consignar en el Banco de la República un centavo por cada pasajero, con destino al fomento de la educación municipal.

Fue un cuento raro que nadie entendió, y que sólo sirvió para quedar como una anécdota en la historia de Cartagena de Indias.




EL OBSTETRA QUE NO EQUIVOCABA EL SEXO

En la mitad del siglo XX en Cartagena, se comentaba de un médico obstetra que tenía el mayor puntaje en la definición del sexo del feto en gestación. Recordemos que era la época de la medicina sin ecógrafos ni otros avances, y el profesional recurría a una especia de corneta metálica o de madera para auscultar los sonidos del vientre de la paciente.

Y la pregunta que las gentes se hacían, es ¿cómo hace para ser infalible, para acertar en el 100% de los casos? La respuesta se conoció muchos años después, cuando ya retirado del oficio alguien muy cercano a él contó que simplemente le decía a su paciente -por ejemplo- que la criatura iba a ser niño, pero en la hoja de control escribía que era niña.

De esta manera, si resultaba niño, pues no había ningún problema. Por el contrario, enseguida los padres agradecidos lo felicitaban y le llevaban al consultorio un buen regalo. Pero si había un reclamo porque nació una niña, el doctor con cara de serio decía que enseguida verificaría en su cuaderno de apuntes médicos y en presencia de los padres mostraría que no se había equivocado, ya que allí decía claramente que era una niña.




LAS FOTOS CALLEJERAS

Durante las décadas de los años 60 y 70 del siglo XX fueron muy populares las fotos que se tomaban en la calle a los transeúntes y que luego podían ver y solicitar una copia ampliada. Fue un negocio que floreció en las principales ciudades del país, en una época en que las cámaras fotográficas eran de rollo y no estaban al alcance del bolsillo.

Por ello, los fotógrafos de esta modalidad -que algunas partes llamaban "fotocine"-, se apostaron inicialmente en la calle Vicente García para captar a las personas que visitaban el centro para hacer toda clase de diligencias. Hay que recordar que en esos tiempos casi todo estaba concentrado en la ciudad vieja, las oficinas gubernamentales y judiciales, los colegios, la universidad, los almacenes y los talleres de reparación, entre otros.

Como la actividad creció gracias a la respuesta positiva del público, al poco tiempo las cámaras se ubicaron en otros sitios de gran afluencia, pero además también estaban presentes en los desfiles y en las fiestas novembrinas. De esta manera quedaron guardadas en los álbumes familiares cientos de fotos de toda una época, en que gentes de diferentes condiciones sociales eran inmortalizadas al natural, sin poses y sin maquillajes.

El trámite era sencillo, ya que se tomaba la foto y al usuario se le entregaba un tiquete con un código que permitía a los del laboratorio distinguir los diferentes rollos, y servía para ir a ver al día siguiente la foto de contacto, que era una reproducción que se hacía del negativo sobre el papel fotográfico, por lo que su tamaño era en miniatura. Por esto no se cobraba, pero si la toma era de su agrado -y de acuerdo con la capacidad de venta de la persona que atendía- podía autorizar ampliaciones mediante el pago de un anticipo en dinero. Las más comunes eran la de tamaño billetera -9x12 cms- y la postal -13x18 cms-.

Para sacarle mayor provecho al negocio, los fotógrafos lograron obtener un número superior de tomas a las normales del rollo negativo, gracias a la llegada de la cámara profesional japonesa Olympus Pen que tomaba dos fotos de un negativo, utilizando la misma película de 35 mm en blanco y negro que usaba la tradicional Leica. Estos negativos se compraban en latas y se cortaban y montaban en sus magazines en el respectivo laboratorio local. Además, no atendían en locales propios, sino que arrendaban pequeños espacios en otros negocios -como farmacias- para colocar un mueble de madera atendido por una agraciada joven, que era todo lo que necesitaban. El proceso de revelado y copiado los hacían en sus casas o en otros sitios menos costosos.




LAS FOTOS DE CAJÓN

En la Cartagena de mitad del siglo XX, antes que se popularizaran las cámaras de fotografía instantánea, había que acudir a los estudios fotográficos -entre los que destacaban Foto Delgado de Henrique Delgado Frette y Foto Hollywood de Manuel Delgado Hernández-, o darse un paseo por el Parque del Centenario para buscar los servicios de quienes usaban las cámaras fotográficas de cajón, que en unos minutos nos resolvían el problema de una foto para un documento. Por esa rapidez, en otras partes las llamaban cámaras minuteras.

Pero había otro filón para los fotógrafos de cajón, que eran las familias que en los fines de semana y los días festivos acudían al Parque del Centenario para las retretas o simplemente para dar un paseo con los hijos. El bajo costo de una foto en grupo y su entrega inmediata los animaba a llevarse ese recuerdo para enmarcarlo y colgarlo en sala de la casa, o simplemente para guardarlo en el álbum familiar.

Para todos era casi un acto de magia que el fotógrafo hacía en nuestras propias barbas, y con manos de prestidigitador dentro de la caja con su embudo de tela negra al poco tiempo veíamos como aparecía la foto. Porque las cámaras de cajón eran todo en uno, incluido el proceso de revelado y positivado. La técnica era hacer una primera toma que salía en negativo pero en papel, para después montarla en una extensión de madera y tomarle una foto a este negativo, que después mostraba la imagen real en positivo. Para este proceso utilizaban dos bandejas que estaban guardadas dentro de la caja, una para el revelado y otra para el fijado, y al final le hacían el lavado en un balde agua que tenían al pie de la cámara. Por eso también le decían foto de agüita.




EL CARRAMPLÓN

Cuando los zapatos eran totalmente de cuero, desde el empeine hasta el tacón, las suelas eran muy susceptibles a la humedad de las lluvias y de los charcos, así como al desgaste por las calles destapadas y con pequeñas piedras por todos lados. Y qué decir cuando se trataba de pasear y jugar por las murallas.

A pesar de la fama de durables de los zapatos Corona, un par nuevo no aguantaba un semestre de estudio sin tener que visitar la remontadora. Por ello en los primeros años de la ciudad moderna se puso de moda el carramplón, una chapa metálica que se clavaba en los tacones de los zapatos para evitar su desgaste. Además, venían unos más pequeños en forma de media luna que se ponían en la punta del zapato, para defenderlos de los constantes golpes en esa zona al caminar.

Pero si bien en las calles de tierra cumplían fielmente su objetivo, el problema era cuando se caminaba sobre las baldosas de las casas y del colegio, ya que un grupo de estudiantes sonaba como un tiro de caballos a medio galope. En estos casos la reflexión era que bien valía la pena una mirada regañona o un llamado al silencio, mientras nuestros flamantes zapatos Corona resistieran el embate de las piedras




LOS ZAPATOS CON LÍNEA BLANCA

Por la influencia del Caribe -pero especialmente de Cuba- en nuestra cultura local, el cartagenero hizo propios estilos en el vestir, como las camisas con estampados de flores y guacamayos, la guayabera y los zapatos capricho, ya sea de blanco y negro o de blanco y café.

Por eso no es de extrañar que en los años sesenta se impusiera la moda de pintar una línea blanca en el borde superior de la suela, simulando la costura en hilo blanco que tenían algunos zapatos de marca que se traían del exterior. Pues bien, la inventiva criolla hizo que esa alba costura fuera suplantada por medio de un lápiz de dibujo que tenía una consistencia más suave y duradera que los usados para la escuela.

Y el asunto fue tomado tan en serio por los emboladores de la ciudad, que enseguida adicionaron a su caja los lápices blancos para hacer la embetunada con la línea blanca incluida, y cuyo valor era obviamente mayor. Además, como hacer la línea blanca requería de un buen pulso, la habilidad de los mejores corrió rápidamente de boca en boca.

Y así como llegó, se fue la moda de los zapatos con la línea blanca en el borde las suelas.





Un viejo trompo ya retirado.

EL TROMPO

El trompo siempre ha tenido un lugar especial entre los juguetes de niños y jóvenes, quizás por esa particularidad de poder girar con la fuerza de una pita. Pero había dos clases de dueños de trompos, los que los recibían como regalo de sus papás para jugar en casa, y los que hacían del trompo un modo de vida.

Para estos últimos, comprar un trompo era una herejía. Había que graduarse en "trompología", haciendo el curso completo antes de poder jugar con los duros del barrio. Y no era cosa fácil, ya que el primer trabajo era el de hacer una excursión por las faldas de La Popa para buscar una buena rama de guayacán que sirviera para tornear un trompo fuerte y personalizado.

Con la materia prima en la mano, el segundo paso era visitar un tornero que estuviera dispuesto a complacer al visitante. El mejor, el más colaborador y el más visitado vivía entre los barrios Nariño y Lo Amador, en una casa bien alta que colindaba con el cerro. Allí se le entregaba el guayacán para su visto bueno, y si estaba apto para ser torneado aceptaba con gusto las insinuaciones que se la hacían sobre qué marcas especiales queríamos en el trompo.

Pero allí no terminaba todo. Se debía afrontar la parte más delicada de la operación, que era convertir la punta áspera del clavo en una superficie suave y agradable al tacto, que nos permitiera decir con orgullo que estaba "sedita". Y se terminaba con las pintas que cada uno quisiera ponerle a su trompo, para lo que se usaba la recordada tinta china en diferentes colores.

Sólo después de cumplir todas estas etapas, podía uno aspirar a ser aceptado en el grupo de su barriada. Y hasta que no se lograba calmar los nervios y adquirir una gran habilidad para golpear los trompos contrarios -que estaban tirados en el suelo dentro de un círculo y que debía ser sacados de él-, la que pagaba los platos rotos era la "mona", un trompo viejo que uno ponía cuando perdía para recibir las "mapolas" con la punta del clavo de los trompos de los otros competidores, que para ese fin usaban uno con un clavo bien grande y puntiagudo.

Tirar el trompo era como una imitación del pitcher del béisbol, en que la pita se enrollaba con mucho cuidado para evitar que se "sobara", y luego levantar el brazo y lanzarlo en forma de curva hacia el "pecho" de los rivales que esperaban indenfensos en el suelo.

Perdía el que en su turno fallaba el golpe y no podía sacar a un contendor. Para dar la "mapola" se hacía una gasa con la pita, que pasaba por la perilla de arriba y por el clavo, y luego se movía el trompo de arriba hacia abajo para conectar el golpe. Los inexpertos podían enterrarse la punta de su propio trompo.

El día más triste era cuando nuestro trompo de guayacán -bien engallado y querido- recibía un lance certero de otro trompo -como cuando los gallos de pelea entierran sus espuelas-, y resultaba partido. Ese día había luto en el alma.





Elevando cometas y barriletes en La Escollera.

EL BARRILETE

Poco a poco el barrilete se fue perdiendo de la memoria de los cartageneros. Con la invasión de las cometas, que ahora son hechas industrialmente, el arte de crear esas aves voladoras de papel es desconocido por los niños y jóvenes de las nuevas generaciones.


Detalle de la foto de arriba de un barrilete con sus perendengues, cola y culebrina.

Quienes fuimos iniciados en el secreto de los barriletes, aún vemos con cierta nostalgia cómo se compra en una esquina o en un semáforo una cometa de plástico para sacar pecho en los concursos o simples reuniones que se hacen en la ciudad para surcar el cielo con figuras de dragones y pájaros amarrados a un cordel. Eso es trampa.

Para hacer un barrilete se comenzaba por buscar una rama de cañabrava, una abundante especie de bambú americano de color amarillo que se utilizaba en los barrios para levantar paredes o cercar los patios. Así que no era difícil en esos tiempos comprar o conseguir regalado un pedazo con el que comenzar la tarea. Para ello basta un cuchillo de cocina bien afilado y un mazo de madera para cortar la cañabrava en forma longitudinal, hasta lograr las varillas del grosor que necesitemos.


La cañabrava.

A continuación viene la parte más crítica, que consiste en rebanar con una navaja la parte interna de cada varilla hasta lograr uniformidad en toda la extensión, y que se consiga que sea dura y flexible a la vez. La parte del arco es la más ancha, y debe rebanarse más para lograr que se doble lo suficiente para dejar un espacio amplio entre el mismo arco y el hilo que lo tensa. Este hilo es el que lleva el "run run", un pedazo de papel engomado a él que vibra por el paso del viento, especialmente cuando se "cobra" rápidamente el cordel con las dos manos en el momento en que está volando el barrilete. Las puntas de cada varilla deben se recortadas de forma que queden con una curva a cada lado, para que se pueda anudar allí el hilo.

Para la estructura del barrilete se hace inicialmente una "equis" con las dos varillas más largas y se unen por el centro con "hilo perlé". Después de varias vueltas, se coloca la varilla horizontal en el mismo centro de las otras y se le dan más vueltas al hilo hasta sentir que están equidistantes y bien amarradas, y se le hacen dos nudos. Enseguida se coloca el arco -que como se dijo es la varilla más gruesa y plana- amarrándola en las dos puntas superiores de la "equis" con el mismo hilo, para después tensarlo con un hilo más grueso, sin quebrarlo. Esta última operación requiere de cuidado. De esta manera terminamos el "esqueleto" del barrilete.

Con la estructura bien firme, se amarra el hilo en una de las puntas del arco y se va dando vueltas en las puntas de las otras varillas hasta llegar al amarre del otro arco. Aquí el cuidado es que se debe evitar que las varillas pierdan su dirección, especialmente la horizontal. Con esto se ha formado el "armazón", para poder cubrir el barrilete con papel.

Terminado este amarre, se pueden hacer figuras pasando el hilo entre el centro del barrilete y los hilos externos. Y luego, se puede tirar otro hilo paralelo al externo y amarrado a cada uno de los anteriores, formando figuras romboidales llamadas "cuchillas". Aquí es donde la creatividad del "barriletero" se pone a prueba.

Llega la hora de ponerle el vestido, para lo que se usa el "papel de barrilete" que vendían en todas las tiendas. Quizás ahora no se reconozca por ese nombre y la búsqueda sea más complicada. Para comenzar se coloca un pedazo de papel sobre una las figuras que se ha creado con los hilos y se le pasa el dedo por encima para que se calque el contorno que debemos cortar. Se repite lo mismo hasta tener todas las partes. La diversidad de figuras y de colores del papel hacía verdaderas obras de arte.

Para pegarlas, originalmente se hacía con almidón o engrudo -producto de calentar harina de yuca en agua-, y cuando no se tenía, se recurría a la uvita mocosa, cuyo contenido servía de pegante. Recordemos que en esos años no existían los pegantes sintéticos actuales.

Para terminar el vestido, se pegan en la parte inferior de cada lado -a manera de orejas- los llamados "runrunes", que son pedazos de papel con recortes hechos con las tijeras que dejan pasar el aire y producen un ligero zumbido. En el centro se pega la "estrella", que se hace doblando un cuadrado de papel de 3 a 4 dedos a la mitad, y luego dos o tres veces más, para al final hacer un corte redondo arriba -al cual se le hacen cortes en cuña- y otro en la punta -que será el centro del barrilete-. Se termina haciendo cortes igual al de las siluetas de muñecos para crear formas que llamen la atención. Finalmente se abre y se pega en el centro del esqueleto.

Por otra parte, algunos perfeccionistas "forraban" su barrilete, que no era más que pegarle por detrás papel blanco de envolver, con lo que se ocultan las varillas y los amarres del hilo.

Pero aún faltan detalles. Uno primordial es la cola, que generalmente se hacía de pedazos de ropa y sábanas viejas, y que tenía a su lado otra más corta y delgada llamada "culebrina" para darle más estabilidad al momento de volar. Y para poner la cola se amarraba un pedazo de hilo entre las dos puntas inferiores de las varillas de la "equis", de tal manera que quedara holgado y tuviera un ojo en el medio para meterla por allí. En la punta de esta cola algunos malosos amarraban una cuchilla de afeitar -obviamente que la de las viejas máquinas- para cortar la pita de otro barrilete que estuviese volando junto a ese.

El otro detalle - de vida o muerte- son los "tres hilos", que están amarrados dos a las puntas del arco y uno al centro del barrilete. El hilo del arco al estirarse hacia abajo debe llegar hasta el centro, y el del centro al atarse al anterior debe llegar hasta las puntas del arco. Si los "tres hilos" no están bien hechos, el vuelo del barrilete es errático. En la unión de los "tres hilos" se amarra la pita con la que lo elevamos. En en esa época se prefería las que vendían en el Magali Paris del Portal de los Dulces, y que se conocían como "hilo calabrés" e "hilo curricán".





El pastel envuelto en hoja de bijao.

EL PASTEL CARTAGENERO

Mientras en la mayoría de países al mencionar la palabra pastel se viene a la mente una golosina o un manjar dulce, en Cartagena de Indias se trata de una comida envuelta en hojas de bijao.

Y sobre el pastel cartagenero hay un problema, ya que con el tiempo se le ha venido atravesando el concepto del tamal de la zona andina. Pues bien, a pesar de que estas dos últimas preparaciones culinarias están envueltas en hojas de vegetales y pueden engañar a la vista, hay dos diferencias fundamentales. La primera, es que el pastel cartagenero es de arroz, mientras que el tamal es de masa de maíz, algunos de maíz amarillo y otros de maíz blanco. Y la segunda, que los tamales están envueltos en hojas de plátano que forman una bolsa amarrada por el cuello, y el pastel se hace con hoja de bijao y se le da una forma rectangular.

Una de las razones del uso del bijao en Cartagena y no en el interior, es que esta es una planta que crece unicamente en el trópico, por lo que allá fue costumbre usar las hojas de plátano que sí se da en esas tierras. El bijao pertenece a la familia de las marantáceas, y su nombre científico es Alathea lutea).

Otro envuelto en hoja de bijao es la hayaca -o hallaca- venezolana, pero que al igual que el tamal usa masa de maíz. A la vista, la hayaca tiene un menor tamaño y se nota más aplanada. Poco a poco se fue introduciendo a Colombia por las zonas de frontera de los Santanderes y de los Llanos Orientales, hasta llegar por igual a todas las poblaciones de la Costa Caribe.

Esta confusión ha calado tanto, que ya algunos hablan de pastel de arroz y pastel de masa. Por eso hay que recordarles a las nuevas generaciones la forma en que se prepara esa rica herencia de nuestras abuelas.

Como el eje del pastel cartagenero es el arroz, su preparación debe ser cuidadosa. Para ello, primero se mezcla el arroz con vinagre, manteca con achiote y sal, de tal manera que quede bien mojado, y luego se pone al sol durante toda una mañana. Antiguamente se veía el ceremonial de colocar al sol planchas de zinc, ponerles encima hojas de bijao y distribuir sobre ellas este arroz preparado. Cuando la casa tenía techo de zinc en una parte baja, se aprovechaba también para asolear el arroz.

El uso del achiote era fundamental en la cocina cartagenera, hasta el punto que en la pared frente al fogón siempre estaba colgado un pequeño recipiente metálico con manteca y achiote, que se calentaba al momento de preparar la comida para echarle un chorrito.

La otra parte de su elaboración tiene que ver con las carnes que va a llevar, aunque tradicionalmente han sido de cerdo -específicamente tocino y costillas- y de gallina. Estas carnes se guisan con ají, ajo, cebolla, tomate, sal y la infaltable manteca con achiote, cuidando que quede con buena salsa. Al terminar, se guarda este guiso para agregarlo después al pastel.

Adicionalmente, se cortan rodajas de ajíes, cebollas, papas y tomates. Algunos, por influencia de la cocina árabe también le ponen aceitunas y alcaparras.

Finalmente se arman los pasteles sobre dos hojas de bijao cruzadas, con una capa de arroz al fondo y luego encima se colocan las presas de cerdo y gallina. Después sigue una capa con las rodajas mencionadas arriba y se termina con otra capa de arroz. Otro toque especial puede ser agregar unas cucharadas de la salsa del guiso. El último paso es poner otra hoja de bijao encima, se doblan todas las hojas hasta que queden bien empacados, y se amarran con majagua o pita. Esta última operación también tiene sus trucos, que no todos llegan a dominar.

Cuando todos los pasteles están amarrados, se echan en una olla bien grande con agua, sal y vinagre, hasta que estén cocinados a punto. Las expertas en el arte del pastel cartagenero están de acuerdo en que se deben cocinar en un fogón con carbón o leña.





Calle Nuestra Señora de Landrinal. En la puerta más alta de la casa blanca de la derecha funcionaba La Embajada.

LAS EMPANADAS CON HUEVO DE CAPARROSO

En Cartagena la oferta de productos alimenticios ha tenido siempre la fortuna de tener el ingrediente de la grata recordación. De tal manera que La Embajada del señor Caparroso no podía ser la excepción.

Situada en la calle de Nuestra Señora de Landrinal, en los años 60 y 70 del siglo pasado La Embajada era el sitio obligado de estudiantes y oficinistas para comerse una deliciosa 'empanada con huevo' acompañada de una avena bien helada.

El local del expendio lo era el zaguán de entrada de la casa de tres pisos en que Caparroso vivía con su señora, quien era la encargada de elaborar estas especialidades en el segundo piso. En el caso de las empanadas con huevo, si uno se demoraba un poco en el establecimiento podía ver como su esposa bajaba con una palangana de empanadas recién hechecitas cada vez que se agotaban.

Era la auténtica 'empanada con huevo' cartagenera, con masa de maíz pura -es decir sin nada de promasa u otras harinas comerciales-, con huevos frescos y una pizca de sal. Allí no se permitía agregarle carne molida ni otros ingredientes, como sucede ahora en algunos sitios para ofrecer variedad en el producto.

Y aquí se debe aportar que su nombre original es 'empanada con huevo'. Algunos arguyen leyes de la gramática para corregir la tabla y decir que lo correcto es 'empanada de huevo', por aquella vieja lección de gramática de tomar el contenido por el continente. Lo cierto es que aún si hay error y apelando a las licencias que algunas veces se toma el pueblo, las gentes de la época la llamábamos 'empanada con huevo'.

Otro cambio posterior, fue el ingreso de la palabra 'arepa de huevo' -fonéticamente "arepa'e huevo"- que provino de Luruaco en el Atlántico, en donde aún se ofrece este típico frito a los viajeros en la orilla de la carretera. Por eso, hoy a las nuevas generaciones les causa confusión el saber que sus antecesores usaban el nombre de 'empanada con huevo'.

En cuanto a la avena con que se acompañaba la 'empanada con huevo', también era de fabricación casera, envasada en las botellas desocupadas del antiguo ron blanco de la Industria Licorera de Bolívar -llamado 'ron tornillo' por la forma en espiral del cuello de la botella-, con su tapa de corcho y su respectivo pitillo para no tocar el frasco con la boca.

Vale la pena anotar que el corcho tenía en ese entonces un uso más amplio para tapar las botellas, ya que las tapas de rosca que hoy conocemos eran escasas. En el caso de las gaseosas y jugos envasados, las tapas metálicas eran prensadas y debían quitarse con el destapador, tras lo cual sólo servían para jugar 'tapilla' -una especie de béisbol- en las calles solitarias de los barrios.

En esa época nace el célebre dicho de 'con su avena y su pitillo', que por efecto de la sinalefa se convirtió en "con suavena y su pitillo' para dar la connotación de hacer una cosa con "suavena", es decir con suavidad, con calma y con paciencia.





Salto del Cabrón en la Ermita de La Popa.

LA SUBIDA A LA POPA

En la Cartagena de principios y mitad del siglo XX, existían dos romerías cada año. Una, era para la salida del Bando en la fiestas del 11 de noviembre, que se efectuaba frente a la alcaldía y el muelle de Los Pegasos. Y la otra, para festejar la fiesta de la Virgen de La Candelaria el 2 de febrero con la subida a La Popa.

A las cuatro de la mañana, las familias completas iniciaban su recorrido a pie para llegar a la cima antes de la misa de las 6 de la mañana. Los residentes de Manga y del mismo Pie de la Popa no tenían que hacer mayor esfuerzo para llegar a la subida del monasterio. Los jóvenes de Torices, Santa Rita y Canapote utilizaban algunos caminos natuarles hacia la cumbre que conectaban con las calles Santander, José María Pasos y la del actual mercado de Santa Rita. Los más viejos tomaban la calle Bogotá y luego atravesaban Nariño y Lo Amador, para junto a los moradores de estos barrios llegar a la subida en el Pie de la Popa. Los habitantes del resto de barrios de Cartagena utilizaban inicialmente los caminos aledaños a la vía del tren y después la avenida Pedro de Heredia para llegar a la subida de La Popa.

Para los niños eran una especie de aventura anual, que incluía la subida en burros o caballos, por lo que siempre estaban apostados en la subida algunos animales de alquiler. Por su parte, los dueños de fincas traían sus propias bestias, con las recorrían la ciudad antes de subir a lo alto de la colina. De aquí surgió la costumbre de las cabalgatas, que inicialmente se organizaron para las Fiestas de la Candelaria, y después para otro tipo de eventos.

En cuanto a los jóvenes de ambos sexos, su destino eran los caminos tramposos, que eran rutas naturales que se formaban con las lluvias y que se utilizaban tanto para subir como para deslizarse con las nalgas, cuesta abajo. El más recordado -por ser el más largo y tortuoso-, era 'la papayita', que se iniciaba en lo más alto al pie de la gigante cruz de cemento y terminaba al lado de una imagen de la Virgen colocada sobre el camino. Por fortuna ya vendían en Cartagena los bluyines Lee, que eran los únicos que sobrevivían al extremo roce con la tierra y pequeñas piedras de los caminos tramposos. Quienes usaran otro tipo de pantalones, su rotura era inexorable. Era el deporte extremo de la época, no exenta de accidentes, ya que una rama truncada, una piedra filosa o el tronco de un árbol en el punto en que se bifurcaba el camino, podían causar daños corporales -con rotura de huesos incluida- a quienes nos lanzábamos por ellos.


Aposentos en la Ermita de La Popa.

Antes de subir, era obligatorio comprar los trozos de caña de azúcar para ir chupando su líquido por el camino, y si era mucha la sed entonces era imperativo tomarse el guarapo de caña. Y a la llegada a la cima, era momento de comer las empanadas con huevo y tomar un café con leche caliente, para mitigar el hambre y el frío de la madrugada, en los puestos de comida instalados debajo de los arcos de los aposentos de la entrada -en los que se permitió en un tiempo que los feligreses pudiesen pernoctar-. Aunque si había suficiente dinero, se podía pedir un desayuno completo con carnes, arroz con coco o con pollo, y pasteles de arroz, entre otros. Con el paso del tiempo se permitió poner alrededor de la cruz de la entrada las tradicionales mesas de fritos -con carimañolas de yuca, empanadas de maíz y buñuelos de fríjol-, y hasta una carpa de carne a la llanera hizo su presencia en las alturas a finales de los años 50.

Esta tradición nació desde 1607, en que los Agustinos Descalzos Recoletos fundan el Convento de La Popa. Cuenta la leyenda que antes de esa fecha los indios nativos de la zona subían allí para adorar una imagen en oro de un macho cabrío a quien llamaban Buziraco. Luego de que fray Alonso de la Cruz Paredes lanzará esta imagen por lo que hoy se conoce como el Salto del Cabrón, se inicio su construcción. Después se entronizó la imagen de la Virgen de La Candelaria, que según la historia fue hallada por el sacerdote español Alfonso García Pared en una casa de la calle de Las Damas. Se cuenta que en la búsqueda de una imagen de la virgen, al pasar por esa calle una señora le preguntó al sacerdote qué buscaba, y al responderle que era una imagen de la Virgen de la Candelaria para llevarla al convento de La Popa, le dijo que regresara en tres días. Al volver, no encontró a la señora, pero sí a la virgen.




LA VARITA DE CHUPA CHUPA

De las miles de historias que aún se recuerdan de la subida a La Popa el 2 de febrero de cada año en la mitad del siglo XX, la menos conocida es la de la búsqueda de la varita de chupa chupa. Su origen es una especie de leguminosa que nacía en forma nativa en sus faldas -al igual que el guayacán para los trompos-, cuyas ramas al ser peladas presentan unas acanaladuras a todo su largo.

Pero la varita de chupa chupa tenía un sentido artístico-religioso. Por un lado, cada canal vertical de la varita era pintado de un color diferente, ya fuese con los lápices de colores de prismacolor, o con cualquier otro tipo de tinte. El remate de la obra era ponerle algún tipo de agarradera, siendo la más común el hacerle un orificio con un berbiquí en la punta más gruesa y pasar por allí un cordel.

De esta manera, el dueño de la varita de chupa-chupa sentía que llevaba en sus manos una obra de arte para sacar pecho ante los demás. Es más, existió un dulce imitando la varita de chupa chupa, con color blanco de fondo y líneas rojas.

En el otro sentido -el religioso-, la varita de chupa chupa era como el estandarte que llevábamos todos los católicos que a pie hacíamos el camino rumbo a lo más alto de la colina de La Popa para ofrendar a la Virgen Morena de la Candelaria. Era como una confirmación externa de haber cumplido con la fe.

Hay otras tres referencias a la varita de chupa chupa que queremos anotar. Por un lado, en algunas regiones de Bolívar se utiliza un arco musical al que llaman marimba -hecho con la rama de chupa chupa-, el cual se tensa con una tira de la hoja de la palma. Del otro, esta vara la usan los campesinos para golpear las ancas de los burros a fin de mantenerlos en marcha. Y finalmente, en la música también se ha dejado constancia de su importancia.

Hay una canción del maestro Antonio Saladén que se llama 'La Varita de Chupa Chupa', y cuya letra dice:

Vamos pa' la Popa

Que es la Candelaria

Vamos pa' la Popa, vamos a subí

Por la papayita

No cojas mi hermano

Que está empinadita

Y está muy temprano

La varita de chupa chupa, que no se pierda

La varita de chupa chupa,

Échala pa' ca

Por su parte, Juan Carlos Coronel incluyó en su trabajo discográfico 'Les Salió General' la canción El Pregonero, de Joaquín A. Torres, que dice:

Varita de chupa-chupa que crece en toda la costa (bis)

Se la daré a maruja que la lleve a la popa (bis)

CORO: El pregón costeño que no se pierde

El pregón costeño no morirá (bis)

Anuncian que el terminal necesita veinte aguateros (bis)

Me fui corriendo nena para llegar primero (bis)

CORO: El pregón costeño que no se pierde

El pregón costeño no morirá (bis)

Avisan de Bocachica que en el cantil de medina (bis)

Se fue a morir salinas tirando dinamita (bis)

CORO: El pregón costeño que no se pierde

El pregón costeño no morirá (bis)





Todas las fachadas de blanco a la izquierda eran parte del Colegio de La Esperanza. Por la puerta debajo del primer balcón salían los buses de primaria. A la izquierda, en primer plano, la Plaza del Tejadillo y el emblemático Edificio Benedetti.

COLEGIO DE LA ESPERANZA: DEL PRIQUI PRIQUI A LA EXCELENCIA

La disciplina era uno de los pilares del sistema de enseñanza de don Antonio María De Irisarri, el rector del Colegio de La Esperanza en los años 50 del siglo pasado.

Fundado en 1870 por su abuelo Abel De Irisarri -en compañía del general Joaquín F. Vélez- tuvo una primera época efímera, ya que a su muerte fue cerrado. Su hijo, Antonio José de Irisarri, quien estaba desterrado en Panamá con toda la familia, a su regreso a Cartagena reabrió la institución, de la que fue su rector hasta su muerte en 1932. A partir de esa fecha tomó las riendas el hijo de éste, Antonio María De Irisarri.


Luis Guillermo Fragoso [foto: El Universal. 2012].

El brazo derecho de don Antonio María era el profesor Luis Guillermo Fragoso, un duro en álgebra y trigonometría, que además fungía de jefe de disciplina. Su arma en ambas actividades -la de docente y de vigilante- era una larga y fuerte regla de madera. Como no existían los derechos al libre desarrollo de la personalidad, los castigos físicos en la escuela eran aceptados por la sociedad como parte de la formación de los niños y jóvenes.

De los chancletazos de la abuela en la casa, y pasando por la arrodillada encima de granos de maíz en la primaria, se llegaba a los reglazos del profesor Fragoso cuando cogía a alguien in fraganti. Y en el Colegio de La Esperanza esto era de la mayor prioridad, ya que contaba con un internado para los jóvenes de provincia que eran enviados por sus padres para que allí les enderezaran el camino.

Muchos de los que hicieron parte de este internado son reconocidos en la historia reciente. Por ejemplo, llegaron estudiantes de las zonas del Medio y Bajo Sinú en Córdoba, dado que en Cartagena de Indias se habían quedado a vivir importantes personajes de esos lares, como el pionero de la industria del petróleo Diego Martínez Camargo, el historiador Gabriel Porras Troconis, el abogado Roberto Burgos Ojeda y el médico Juan Zapata Olivella.

Fue así como arribaron, de San Bernardo del Viento el hoy periodista Juan Gossaín Abdala; de Lorica el exparlamentario Francisco José Jattin Safar -conocido mejor como 'el Gordo' Jattin- y su hermano -el excalde de ese municipio- Rubén Jattin Safar -ambos fallecidos-; de San Antero el exarquero de la Selección Colombia y del Junior, Calixto Avena; y de Cereté el mejor poeta de Colombia, el difunto Raúl Gómez Jattin.

También vinieron de otras poblaciones de Bolívar, como Edgardo Lora Barraza, quien llegó de San Jacinto y después fue gerente regional de la Caja Agraria. Es hijo de don Pablo Lora Villa, quien fue un importante ganadero y líder político en su tierra, así como Secretario de Agricultura del departamento.


De izquierda a derecha: Antonio el 'Mono' Escobar [foto: Africolombia's Blog], Juan Gossaín Abdala [foto: Wikipedia], Raúl Gómez Jattin
y Francisco José el 'Gordo' Jattin Safar [foto: La F.M.].

Y de la propia Cartagena de Indias pasaron por esas aulas personajes como Antonio el 'Mono' Escobar, fundador del Festival de Música del Caribe, cuyo himno fue compuesto por el cereteano Francisco 'Pacho' Zumaque y que fue convertido en el himno de la selección Colombia de fútbol. Igual que Andrés Rodríguez, 'Paco' Durier, 'Moncho' Luna y otros de los cuales se recuerdan los apellidos, como Bossa, Bossio y Lequerica,.

Así que el profesor Fragoso se acostumbró a cargar con su regla a todas partes, poniendo su mirada aguileña en lo que pasaba en los salones de clases, en el segundo piso del internado, en el comedor, en la cafetería, en los baños y en el patio de gimnasia y juegos. Sus territorios de caza eran amplios, así que por lo menos una docena de estudiantes recibían a mansalva y sobre seguro -cuando menos lo esperaban- un fuerte reglazo, principalmente en las nalgas y piernas.

El castigo para los reincidentes era una tortura llamada el 'cuartico oscuro'. No era más que un pequeño espacio debajo de las escaleras que llevaban al internado del segundo piso, y tenía una puerta con candado que cerraba herméticamente, de tal manera que una vez atrancada quedaba uno aislado en total silencio y oscuridad. Pero lo más atemorizante era que allí se guardaba el esqueleto colgado de una percha para las clases de biología y anatomía. Claro, que nadie sabía que era una réplica, pero como parecía real le sacaba el miedo al más valiente.

Pero cuando la indisciplina se pasaba de la raya, la 'seño' Belén De Los Ríos -secretaria del colegio- pasaba el informe verbal a don Antonio María y este ordenaba que el 'acusado' viniera a la oficina de la rectoría. Cuando esto sucedía, había expectativa entre todos los alumnos. A pesar de las órdenes del profesor Fragoso, era inevitable que se hiciera una 'calle de honor' para verlo pasar rumbo al sacrificio.

El asunto era que la rectoría guardaba el 'arma' más temible de la institución para conjurar a los demonios. Se trataba del 'priqui priqui', una pequeña tabla redonda con su mango, bien lijada y pintada con barniz, que tenía un hueco grande en centro y otros de menor tamaño rodeándolo, como los planetas lo hacen alrededor del sol.

Cuando se entraba a la rectoría, se sentía el cambio. Era la única oficina que tenía aire acondicionado, así que el frío y el olor a colonia de don Antonio María De Irisarri daban el primer golpe anímico. Después, con palabras suaves y medidas, el rector solicitaba que se extendiera la mano derecha con la palma hacia arriba, luego la agarraba con su izquierda por la punta de los dedos, mientras que con su diestra subía y bajaba el 'priqui priqui' para estamparlo en toda la palma. Los huecos permitían el paso rápido del aire, y la tabla sin resistencia bajaba a toda velocidad, dejando pintado momentáneamente el 'sistema solar' del 'priqui priqui' por el escape de la sangre superficial.

El número de 'priqui priquis' era de acuerdo con la gravedad de la infracción -tasados por don Antonio María-, pero siempre en número par, de tal manera que se distribuyera equitativamente entre las manos derecha e izquierda. Era cuestión de respetar los derechos de las manos. Pero, si por miedo o por acto reflejo se retiraba la mano y el 'priqui priqui' apenas rozaba o se iba en blanco, entonces se cantaba 'foul ball' -como en el béisbol- y se repetía el golpe. Una vez terminado el 'priqui' en la mano derecha, se pedía la izquierda, y así alternadamente hasta finalizar el castigo.

Afuera, los otros estudiantes esperaban impacientemente para ver la cara que traía el infractor castigado. Los veteranos internos que se volaban por las noches brincando tapias y caminando sobre los techos, o promovían desordenes en los dormitorios, o se tiraban los pedazos de bastimentos en el comedor, ya estaban curados y siempre salían con una medio sonrisa de no estar afectados por el escarmiento del 'priqui priqui'.


Foto callejera de Carlos Crismatt Mouthon tomada en 1959 en la calle Vicente García, a la salida de clases del Colegio de La Esperanza.

El Colegio de La Esperanza tuvo su sede en la calle del Tejadillo, en la antigua casona del Virrey Eslava. La casa de habitación de don Antonio María De Irisarri quedaba en la calle del Sargento Mayor y pegaba por atrás con el colegio. Para no utilizar la calle, había una puerta que comunicaba el colegio con el patio de la casa. En esa misma área quedaba la cafetería, en donde los alumnos comprábamos los refrescos, helados, pudines y unos barquillos para helados rellenos con una deliciosa y sólida crema.

El área construida del fondo, en el segundo piso, estaba dedicada a los cuartos del internado. La parte izquierda del primer piso de ese espacio era para la primaria, dirigida por la 'seño' Belén De Los Ríos. Atrás quedaba el inmenso patio dedicado a las clases de educación física y la práctica de deportes, como el fútbol y el básquetbol. La propia cancha estaba más baja que el resto de la casa, y el 'público' se colocaba alrededor de ella en unos corredores más altos. Allí se encontraban también unos palos de uvita de playa, una fruta pequeña, redonda, morada y de sabor dulce que todos buscábamos con gusto.

Se tenían dos jornadas diarias, así que al medio día había salida para los externos. Los de los primeros cursos usaban los buses del colegio, que se guardaban en los patios del mismo y salían por una enorme puerta que abría hacia la Plaza del Tejadillo. A los de bachillerato los venían a buscar, se transportaban en los buses urbanos o almorzaban en el centro.

Después de 50 años largos, las historias vividas en el Colegio de La Esperanza se resisten a pasar al cuarto del olvido. Por el contrario, cada día aparecen en la memoria nuevos nombres, otras caras y dormidos recuerdos. Por ejemplo, ha llegado a la mente la figura de un estudiante de último año que me ganaba en altura, y que siempre cuadraba su bicicleta de color azul cielo en la pared de enfrente de la rectoría, pero cuyo nombre se resiste a revelarse.

También la del eterno vigilante de la entrada principal, que además de organizar la apertura y cierre de la puerta para el ingreso de docentes, estudiantes y empleados, era la persona encargada de avisar a la secretaria de la visita de los padres de familia. A veces se portaba de alcahueta cuando alguno llegaba después de la hora de entrada. Y vigilaba a los vendedores ambulantes que esperaban la salida de los alumnos.

En cambio, algunos nombres están siempre presentes como José Manuel el 'Papa' Guerrero, profesor de francés que decía que para hablar ese idioma había que poner la boca como 'culo de pollo'. Y el profesor Guillermo Puente, un genio de la química que trabajó para la perfumería Lemaitre y creó el jabón Sanit K37. Y también los profesores Tiberio Trespalacios, Gregorio Espinosa -con problemas de la vista y le decían 'El Tuerto'-, Rodríguez -alto y flaco- y Cabarcas. Uno de los más jóvenes lo fue César Alemán Camargo, quien siendo aún estudiante de derecho en la Universidad de Cartagena nos daba filosofía.


Escudo del Colegio de La Esperanza

Tampoco se borra la imagen del uniforme de gala que se debía utilizar para asistir a misa en la Catedral y en la iglesia de Santo Toribio, así como a las marchas del 20 de Julio, 7 de Agosto y 12 de Octubre. El pantalón, la corbata y la gorra plegable -tipo militar- eran de color verde loro, la camisa blanca de manga larga y los zapatos negros. Por lo general recibíamos las bromas de los estudiantes de los otros colegios, quienes nos gritaban 'loros', 'pericos' o 'cotorras'.

Cuando se llegaba a las clases de álgebra, teníamos que participar en la 'silla eléctrica'. Era un sistema de promoción, ideado y puesto en práctica por el profesor, en el que se hacía un 'quiz' -prueba rápida- en cada clase, y de acuerdo con la rapidez de la entrega y de la respuesta correcta, se ocupaban las sillas en orden descendente. Esto otorgaba unas bonificaciones al momento de calificar el examen mensual, en el que el primero obtenía la máxima y después iba desciendo hasta el décimo.

Pero toda esta exigencia académica y disciplinaria tenía su recompensa, que era la entrega de los pequeños escudos del colegio a los alumnos destacados en las diferentes asignaturas. Esto era motivo de orgullo, y a pesar del 'priqui priqui', el 'cuartico oscuro' y los reglazos del profesor Fragoso, la actitud de los estudiantes siempre era positiva en la búsqueda -junto a directivos y docentes- de la excelencia educativa.


El 'enyucao' una deliciosa torta de harina de yuca.

Por su parte, los internos tenían un momento especial cuando llegaban las 'encomiendas'. Como la mayoría de ellos venían de zonas ganaderas, las cajas de cartón -las 'cartonas' les decían- traían como carga principal el queso salado costeño, que en esas épocas se fabricaba en grandes bloques con una capa externa dura, para así aguantar los largos días de transporte a los centros de consumo.

Además, de 'la casa' mandaban el suero en calabazos, galletas de limón -también llamadas de 'soda' o de 'cresto'-, bolitas de ajonjolí, tortas de casabe, casabito y panochas rellenas con dulce de coco, 'enyucao' -una torta de harina de yuca, azúcar, queso, coco rayado y leche de coco, condimentada con anís y sal- y el típico dulce de 'mongo mongo' -que puede durar hasta un año- guardado en latas de avena.

Esto causaba muchos problemas en la vida de los internos, ya que el grupo de los que se creían dueños de las vidas y haciendas de los demás hacían por las noches silenciosas excursiones para robarse estos manjares. Las denuncias las recibía el profesor Fragoso, quien se encargaba de recuperarlos y darle el mayor castigo a los culpables. Pero en la eterna vida inconforme de los internos, estas aventuras alegraban sus días.


El famoso baúl de madera, su llave de bronce y la maleta de cuero que usaban los internos.

A propósito de los internos, en esos años la costumbre era usar baúles de madera con las viejas cerraduras metálicas que tenían llaves con un brazo largo y pestañas en las puntas para abrirlas. Pues bien, aunque muchos consideraban inexpugnable su fuerte cofre de tablones, cuando el uso de llaves falsas fallaba se recurría al uso de pequeñas ganzúas para violarlos. La verdad era que en estos aposentos la ley la imponían los más viejos y fuertes del grupo, acostumbrados a realizar toda clase de maldades en sus pueblos, y por eso eran internados.

Los más pudientes usaban para los viajes maletas de cuero, que se ajustaban con sólidos cinturones que remataban en hebillas de bronce. El resto recurría a los sacos de viaje, confeccionados en lona fuerte y algunas con un refuerzo de cuero en la boca, que a su vez tenía agujeros para insertar una pita o una cadena con candado. Claro, que no faltaba el que se limitaba al uso de las cajas de cartón amarradas con cabuya. Recordemos que la moda de las maletas 'Samsonite' llegó después.

Pero lo mejor era el final del año escolar, que siempre coincidía con las festividades del 11 de Noviembre y la llegada de las reinas para el Concurso Nacional de Belleza.

Ese día los externos salíamos alegres y abrazados hacia la calle de La Universidad, y en la esquina del edificio de Emisoras Fuentes nos despedíamos 'hasta el año que viene'.

Por su parte, los internos cogían sus 'motetes' y cuadraban la manera de llevarlos hasta 'Brasilia', la empresa de transportes que estaba en la esquina de la Avenida Venezuela y el callejón Panamá, frente al edificio de la extinta Caja Agraria.





A la derecha, de amarillo, el Cuartel del Fijo en la calle del Cuartel.

LICEO DE BOLÍVAR: EL BALLET DE LA CAMPANA

Quienes estudiábamos en el Liceo de Bolívar en Cartagena en el año 1963, asistimos al final de una de sus épocas más brillantes y recordadas. La razón es que ese fue el último año en que funcionó en el Cuartel del Fijo -la imponente construcción española situada en la esquina de la calle del Cuartel con la calle de La Merced-, e inició en 1964 su breve estancia en la Avenida Pedro de Heredia, calle de por medio con el estadio de béisbol Once de Noviembre.

La disciplina era el distintivo de los liceístas de esos tiempos. Y su máxima expresión era el 'Ballet de la Campana', en el que tanto estudiantes como profesores debíamos quedar totalmente inmóviles cuando sonara la campana del colegio. Fue famosa una caricatura -que inclusive fue publicada por los periódicos-, en la que se mostraba a la comunidad del Liceo Bolívar en total quietud y con los brazos y piernas en la misma posición en que estábamos cuando sonaba la campana.

Esta actitud fue cultivada por unos rectores excepcionales y acompañada por un cuerpo de docentes que aún son reconocidos por las nuevas generaciones de cartageneros, pues aún se publican en la prensa escritos de exalumnos que comparten con la comunidad estos recuerdos.

Los estudiantes del Liceo de Bolívar de la calle del Cuartel siempre hacemos honor a dos rectores. Uno es José Francisco Ospina, apodado 'El Cachifo', a quien se le reconocen sus calidades humanas y educativas. El otro es Antonio J. Valderrama, a quien los estudiantes llamábamos a sus espaldas 'El León de la Metro', en recuerdo del león rugiente del comienzo de las películas de esa empresa cinematográfica. La razón era la fuerte voz que manejaba, quizás más intimidante que el sonido de la campana, y su cara grande y seria que no permitía salirnos de la recta disciplina.

En el año 1963 el entonces gobernador de Bolívar Rafael Vergara Támara impulsó la construcción de la nueva sede del Liceo Bolívar en la avenida Pedro de Heredia, y en noviembre del mismo año invitó a todos los alumnos a la fiesta de inauguración. Fue al profesor Valderrama como rector a quien le tocó hacer el traslado e iniciar labores allí en 1964.

Por otra parte, dentro del grupo de profesores de esos tiempos los bachilleres de 1963 recordamos los cordiales enfrentamientos entre Augusto Tinoco Pérez y Lisandro Romero Aguirre. El primero era abogado, nacido en Mompóx, siempre vestido de traje entero de lino blanco y corbata de color sólido, con un lenguaje elevado y reconocido por su excelente labor como magistrado, ya que al final de cada año colocaba un cartel en la puerta de su despacho en donde notificaba que no quedaba un solo proceso sin fallar. El segundo era cartagenero, espontáneo y de lenguaje coloquial, vecino del barrio de Torices, vestido también de traje entero, pero de colores, sin corbata y con camisas floridas, y era hermano del parlamentario Alfonso Romero Aguirre. Para halagar al profesor Romero Aguirre le decíamos que era 'la ciencia y la pinta'. Para agradar al profesor Tinoco Péz, bastaba con descalificar la manera de vestir del profesor Aguirre.

También son objetos del recuerdo, profesores dedicados y destacados como Bertha Crismatt de González -primera y única rectora hasta su jubilación, del colegio Departamental de Bachillerato Femenino-, el químico Guillermo Puente -creador de la fórmula del famoso jabón Sanit K37-, Jesús María Ramos, el matemático Julio Moneris, Guillermo Truco, José 'Mesié' Egel -famoso por sus reportes atmosféricos para el béisbol profesional-, Moises Villanueva, Rafael Orozco, Rafael Romero, Santiago Carrasquilla, Simón Almanza y Simón Baena, entre otros que escapan a los recuerdos.

Los deportes tuvieron dos grandes aportes con Álvaro Paz y el campeón de atletismo Hernando Gutiérrez. Las artes teatrales tuvieron su mentor en el maestro Carlos Alíes, quien conjuntamente con estudiantes y profesores hacían presentaciones en el teatro del primer piso, con las ventanas hacia la calle de La Merced.

Como anécdota, se recuerda que un un rincón del tercer piso vivía el cuidador del colegio, y allí tenía instalada una cafetería para atender a estudiantes y profesores. Pero la nota destacada era el 'rojaspinilla', una torta con barras rojas y pardas que se hacía de panes viejos, y que era la versión liceísta del 'jartapobre' que se vendía en las tiendas de barrio. Para la escasa plata de los bolsillos estudiantiles, era obvio que la merienda en cada jornada era de 'rojaspinilla' con Kola Román. El porqué de la alusión al exdictador no se recuerda bien, pero lo que sí es cierto es que los estudiantes de la Universidad de Cartagena y del Liceo de Bolívar fueron activistas de primera clase en las manifestaciones que hicieron posible su derrocamiento.

El Liceo de Bolívar tiene su antecedente en la Facultad de Bachillerato de la Universidad de Cartagena, nacida en 1944 y convertida luego en el colegio Departamental de Bachillerato. Después, mediante decreto 49 del 31 de enero de 1950 se crea el Liceo de Bolívar, con sede en el Cuartel del Fijo en la calle del Cuartel. Con esto queda liquidado el colegio Departamental de Bachillerato, y en ese mismo año de creación del Liceo de Bolívar se le da el grado de bachilleres a la primera promoción de alumnos provenientes de la Facultad de Bachillerato de la Universidad de Cartagena.

Su permanencia en la nueva sede de la avenida Pedro de Heredia demoró de 1964 a 1976, año en que se hizo un intercambio de local con el Colegio Departamental Femenino Nuestra Señora del Carmen, que ocupaba las antiguas instalaciones del Seminario Mayor de Cartagena, en el barrio Daniel Lemaitre. La razón de ello fueron los continuos mítines de los estudiantes del Liceo Bolívar que bloqueaban la avenida Pedro de Heredia, la de mayor tráfico y la entrada principal a la ciudad, lo que motivó a las autoridades locales y nacionales a tomar tan drástica solución.

Desde el año 2003 cambió su nombre original por el de Institución Educativa Liceo de Bolívar, mediante la adición de las escuelas 7 de Agosto -del barrio del mismo nombre-, 11 de Noviembre -de Canapote- y San Vicente de Paúl -del barrio La Paz-. De esta manera quedó conformada por cuatro sedes, cuya principal es la del antiguo Liceo de Bolívar en el barrio Daniel Lemaitre.




A la izquierda, corte militar. A la derecha, corte de totuma

LA POLACA

Dicen que la moda no incomoda, como pasaba a mediados del siglo XX con el motilado de los jóvenes de Cartagena, que por disposición de la familia debían hacerse un corte llamado 'la polaca'. Todo se inició con la llegada de la 'máquina', un aparato mecánico de metal, con dos mangos lisos que al presionarse con los dedos de la mano mueven en sentidos diferentes las dos filas de dientes que están en la punta, y que se usa para cortar el pelo.

Las primeras 'máquinas' eran manuales -como los berbiquís, las máquinas de hacer helados y las sillas de los odontólogos-, y tenían el problema de 'pellizcar' en la parte de la nuca. Para aliviar el dolor del pinchazo y evitar la aparición del 'empeine' -el temible hongo o 'tiña' de las barberías que causaba unas placas circulares y rojizas-, los peluqueros sobaban la zona afectada con una piedra de alumbre -la misma que se usaba en las tinajas para 'limpiar' el agua-.

Con este artefacto en sus manos, nada era más fácil para el peluquero que cortar al ras toda la fronda cabellera de las partes laterales y posterior de la cabeza, de tal manera que sólo quedara un moño de pelo en la parte superior, sobre la frente. A este corte también se le conoció como 'la schuler' -pronunciado como 'la chuler'-, palabra alemana que significa estudiante.

Esta era una manera barata y rápida de motilar, que era también aprobado por las escuelas y colegios para tratar de disminuir la plaga de piojos y liendres que hacían su agosto en las cabezas de los niños y jóvenes cartageneros de la época.

Se recuerda que un cuadro diario era ver a las abuelas con una peinilla en la mano, sacando y 'matando' las liendres del pelo de sus nietos. Y es que a veces era tanta la impotencia, que se iba la mano en los tratamientos de los piojos, hasta el punto que algunos usaban el insecticida para los baños del ganado, con el consiguiente corre que corre por las intoxicaciones y aún del fallecimiento de los 'piojosos'.

Otro corte parecido es el que le hacen a los reclutas del ejército y la policía en Colombia, llamado 'corte militar' o 'a la americana', quizás por el recuerdo de las fotos de los militares de Estados Unidos con ese tipo de corte durante la Segunda Guerra Mundial. 

Al llegar a los cuarteles, lo primero era desparasitarlos y peluquearlos al rape, es decir rasurado atrás y a los lados, y cabello corto, plano y cuadrado -aquí se diferencia de 'la polaca'-, en la parte superior.

Un antecedente de 'la polaca' fue el 'corte de totuma', que según las historias fue inventado por los indígenas. Su técnica consistía en colocar una totuma sobre la cabeza -algunos decían que la bacenilla también sirve- y rapar la parte descubierta con una navaja. De esta manera se conseguía ese aspecto singular de tener un corte redondo en la parte alta del cráneo y otro totalmente calvo de allí para abajo.





Fruto del totumo, totuma y maraca de totumo.

EL TOTUMO

Un árbol que hacía parte de la flora local era el totumo -'Crescentia cujete', del cual muchas familias sacaban el sustento diario, tanto las que vendían el fruto como las que lo compraban y trabajaban. De su concha dura se hacían utensilios para diferentes actividades.

La más representativa es la totuma, que como se sabe, es un recipiente hecho con un totumo grande cortado por la mitad en forma longitudinal, y que servía principalmente para recoger el agua y bañarse. Recordemos que antes y con el acueducto de Matute, el servicio de agua domiciliaria sólo se prestaba en algunos barrios. El resto debía contentarse con las aguas lluvias, que los más pudientes recogían -mediante canaletas en los techos- en aljibes de concreto. De allí se sacaba el agua para la comida, la bebida, los oficios y el baño, y el utensilio por excelencia para su manejo era la totuma.

Los totumos más pequeños también se cortaban por la mitad para usarlos como cucharas y como 'pocillos' para tomar el café. Con una combinación de totumos grandes, medianos y pequeños, también se podía hacer una 'vajilla' para servir el sancocho.

El fruto del totumo igualmente se usa para hacer las maracas para los grupos musicales. Además, los que en esos tiempos cazaban los pájaros cantores en los barrios periféricos, hacían con el totumo un recipiente con algunas perforaciones llamada 'tapón', que servía para almacenar a los ejemplares capturados, ya que en la oscuridad de su interior no se alteraban tanto.

Hoy, los usos diarios del totumo en el hogar han disminuido, ya que todos los menajes de la cocina y de la limpieza han sido reemplazados por los plásticos. Sin embargo, se le ha buscado otra de manera de trabajarlo en el campo de las artesanías, en donde hábiles manos los tratan y adornan para que sirvan de decoración en hogares y negocios.

Sin embargo, la industria farmaceútica desde hace algunos años ha venido utilizando la pulpa blanca del fruto para hacer el famoso 'jarabe de totumo' para la tos.





Yesquero Ronson.

EL YESQUERO RONSON

Este objeto -llamado hoy 'encendedor'- era motivo de orgullo para sus propietarios, los elegantes fumadores de Lucky Strike, Camell y Chesterfield, los cigarrillos de moda en la época. Reemplazó a las viejas cajas de cerillas -así llamaban a los fósforos- de marca Parriot -que tenían un guacamayo-, que además de incómodas eran susceptibles a la humedad.

Su mecanismo era sencillo. Su cuerpo era un recipiente relleno de fibra de algodón -que servía para absorber y evitar la evaporación del líquido inflamable-, una mecha que asomaba por la parte superior y dos tornillos en la parte inferior -uno central para meter y ajustar la piedra, y otro para llenar el combustible-. Arriba tenía dos partes unidas por un eje. Una, el pestillo que se hundía para hacer rozar una pieza redonda de esmeril contra una 'piedra' -generalmente de pedernal-, a fin de sacarle chispas. Y dos, el protector de la mecha empapada en el combustible que se subía simultáneamente para dejarla al descubierto e iniciar el fuego, y que después al bajarse lo apagaba por sofocación.

Como el negocio era redondo, la empresa Ronson también vendía las 'piedras', las mechas y el combustible en pequeñas latas con punta de plástico. Sin embargo, los fumadores locales encontraron empíricamente que la gasolina de avión ardía limpiamente y sin producir olores, por lo que en el mercado también empezó a comercializarse esta gasolina para los yesqueros.

El siguiente paso fue agregarle al yesquero otro depósito para los cigarrillos, pero este con una tapa que se abría y cerraba a presión. En su interior tenía unas abrazaderas metálicas delgadas con un resorte que las aprisionaban contra las paredes para que no se salieran los cigarrillos. Pero este modelo resultó muy 'señoritero', y los caballeros siguieron usando el modelo tradicional del yesquero.

El término yesquero se deriva de los primeros sistemas de encendido, que usaban la yesca -un hongo seco y machacado- como combustible. Cuando salieron al mercado los encendedores de gasolina -y luego los modernos de gas-, se le continuó llamando como yesquero, nombre que ahora está en desuso.





Lata antigua de Avena Quaker y llave para abrir las latas.

LAS LLAVES DE QUAKER

Hubo un tiempo -en las décadas de los 40 y 50 del siglo XX-, en que las llaves con que se abrían las tapas de las latas de Avena Quaker se podían cambiar por 'lozas', es decir por vajillas de mesa de fina porcelana.

Este modelo de latas tenían unida la tapa al cuerpo mediante una cinta metálica circular, con una lengüeta en la punta. Esta punta se levantaba un poco con la uña y se metía en la ranura de la llave, la que se giraba hasta que el total de la cinta se enrollaba en la llave y se desprendía. Por su parte, la llave estaba pegada a la parte superior de la tapa con un solo punto de soldadura, por lo que era fácil quitarla.

El asunto era que el canje debía hacerse en Panamá, en donde la empresa Quaker podía llevar directamente su cargamento de vajillas sin los problemas de la nacionalización en Colombia. Por ello, quienes tenían familiares en el istmo -lo cual era muy corriente dado el continuo tráfico entre esa nación y el puerto de Cartagena- enviaban las llaves con amigos para que reclamaran el premio y lo trajeran.

Cuando no se tenía esta facilidad, debían enviarse las llaves por correo a la oficina de Quaker en Panamá y esperar un buen tiempo -muchos meses- a que llegara por barco la prometida vajilla.

Los modelos y el material de las vajillas -de porcelana blanca- eran artísticos y de primera calidad, por lo que muchas de estas piezas -especialmente las soperas- aún son conservadas por las tradicionales familias cartageneras y sus descendientes.

Lo que nunca llegó a saberse fue el destino de las llaves recibidas por Quaker en Panamá. La leyenda más conocida era que se llevaban a altamar y allí se botaban al fondo del océano. Otros -más adelantados en asuntos de manufactura-, sostenían que eran devueltas a Estados Unidos para reciclarlas, dada la escasez de estos metales después de la Segunda Guerra Mundial.





Logos del Café Puro Almendra Tropical.

LAS BOLSAS DE CAFÉ PURO ALMENDRA TROPICAL

En las décadas de los 50 y 60 del siglo anterior, dada la amplia popularidad de su producto Café Puro, la empresa barranquillera Cafetería Almendra Tropical abrió un agencia en el barrio del Pie de la Popa -en una esquina cercana al puente Jiménez-. Fue la competencia directa al café Moka que se hacía en el barrio de El Cabrero.

Una de sus estrategias de publicidad y mercadeo, fue premiar a sus fieles consumidores mediante el canje de las papeletas usadas por útiles de colegio -tales como cuadernos, lápices, reglas y borradores- y utensilios de cocina.

Así que las amas de casa eran celosas en recoger dichas bolsas una vez consumido su contenido -y a veces también recogían las de las vecinas-, e iban armando paquetes de 10 hasta 100, para hacer más fácil el conteo al momento de llegar a la agencia de Almendra Tropical.

Lo que nadie se imaginaba en esa época era el éxito de la campaña ni de la cantidad de café que consumían los cartageneros en todos los estratos sociales. Por ello, se mandaba adelante a un joven de la familia para fuera haciendo la larga fila, mientras la señora de la casa llegaba después con calma para ingresar y negociar qué útiles se llevaba.





Postal del Santa Rosa de 1958

LA GRACE LINE

Hubo una época en que el nombre de 'Grace Line' era popular en Cartagena. Cuando el transporte aéreo era incipiente, los pasajeros y las grandes cargas se movilizaban a través del océano en grandes barcos. Y como Cartagena siempre ha sido uno de los puertos más seguros y hospitalarios del Caribe, la empresa de transporte naviero Grace Line decidió abrir sus oficinas en la esquina de las calles del Cuartel y de La Estrella. Uno de sus gerentes fue Luis Ernesto Durier Díaz.

Quienes estudiábamos en el Liceo Bolívar -que ocupaba el Cuartel del Fijo en la esquina de las calles del Cuartel y de La Merced-, sentíamos curiosidad por saber qué existía detrás de las columnas de piedra y la puerta con vidrios ahumados de la entrada de sus oficinas, algo que era totalmente diferente a las de las otras casas del centro de Cartagena.

La empresa fue fundada en el Perú a mediados del siglo XIX por dos hermanos irlandeses con el nombre de W.R. Grace & Co, para participar en el comercio del guano, los excrementos de los murciélagos que se producían abundantemente en esos tiempos en las costas e islas del pacífico. Posteriormente, en 1882, nació lo que después fue la Grace Line, con veleros que navegaban entre Perú y Estados Unidos, gracias a la apertura de una oficina de la firma en Nueva York. A partir de 1913 se incluyó al Caribe en sus rutas.


Afiches promocionales de la Grace Line de 1936 y 1948.

Sus barcos eran conocidos como los "Santa", ya que todos ellos tenían este primer nombre, como los Santa Rosa y Santa Paula, que fueron las insignias de la flota. Estos sobrevivieron desde antes de la Segunda Guerra Mundial hasta 1958, cuando fueron reemplazados por otros dos con los mismos nombres.

Estas dos naves y otros dos cargueros -convertidos a portacontenedores-, hacían las travesías en el Caribe y tocaban los puertos de Santo Domingo, Puerto Cabello, La Guaira, Maracaibo, Barranquilla, Cartagena, Baltimore, Filadelfia y Nueva York.

Aunque el nombre de Grace no tiene nada que ver con Grecia -como pensaban muchas personas-, quizás lo sea de forma indirecta ya que puede derivarse de 'Las Gracias' -The Graces-, las divinidades de la belleza de la mitología griega: Aglaé, Talía y Eufrosina.

En 1969 la casa matriz W.R. Grace decidió vender la Grace Line a la Prudential Line -parte del conglomerado de la 20th Century Fox-, que inicialmente la llamó Prudential Grace Line, pero que más tarde fue simplemente la Prudential Line. Allí se acabó el cuento y la Grace Line quedó sólo como un recuerdo en Cartagena.




LA RADIO DE GALENA

A principios de los 50 del siglo pasado la tecnología de la radio era la de tubos, que necesitaba de algunos minutos para que se 'calentara' y pudiera sonar. Sólo hasta 1954 apareció el primero radio de 'transistor', que funcionaba con pilas. Pero ambos eran aparatos costosos, que muy pocas familias se podían dar el lujo de tener.

Por eso, a los jóvenes de la época nos pareció una maravilla la radio en miniatura que tenía como dial una piedra llamada 'galena' para sintonizar las emisoras. Esto sucedió en la casa de Patricio Piñeres -quien vivía en una de las esquinas del Paseo Bolívar con la calle Bogotá, en Torices- en donde su hijo mayor nos mostró en alguna ocasión ese pequeño aparato sin tubos, sin transistores y sin baterías.

De lo que recuerdo, el equipo estaba compuesto de la referida 'galena', un parlante y una bobina de los antiguos teléfonos de pared, unos pedazos de alambre de cobre y una aguja de coser. Dos de los alambres salían del parlante, uno a un clavo en la pared de cemento y el segundo a una punta de la bobina. Otro alambre iba de la otra punta de la bobina al ojo de la aguja.

Para que el radio funcionara, bastaba con colocar la punta de la aguja en la superficie de la 'galena' hasta que se escuchara en el parlante el sonido de la emisora. Es decir, que la 'galena' fue la precursora de los actuales 'diodos' que sintonizan las estaciones radiales. En esos tiempos ya estaban al aire 'Emisoras Fuentes', 'Radio Colonial' y 'Radio Miramar', por lo que se hacía un poco más fácil encontrar sus señales. Lo fastidioso era mantener la aguja en el mismo sitio.

Tiempo después fue que pude leer que se llamaba 'radio de galena', que era muy popular en otras partes del mundo y que hasta los 'boy scouts' tenían instrucciones para utilizarlos en sus paseos en casos de emergencia. En términos químicos la 'galena' es 'sulfuro de plomo', y es una de las fuentes para obtener ese metal.

Además, hoy en día sería difícil poner a funcionar esta radio, ya que se necesitan parlantes y bobinas de esos tiempos para que no se 'coman' la poquita energía que se produce espontáneamente en el proceso y que la activa. Lo cierto es que después de esa lejana experiencia, más nunca he oído hablar de este tipo de radio en Cartagena.



Instrucciones del radio de galena para los 'Boys Scouts'.




El pez 'Gambusia affinis' o 'pez mosquito'.

EL PIPÓN, EL PEZ MOSQUITO

Cuando en Cartagena sólo funcionaba el acueducto de Matute y los nuevos barrios de Cartagena no contaban con el servicio domiciliario de agua, quienes tenían facilidades económicas mandaban construir aljibes que se llenaban con el agua de la lluvia, recogida mediante canaletas en los techos.

Generalmente se cavaba un hueco en la tierra cercano a las canaletas, se levantaban muros de bloques y se tiraban piso y cubierta de cemento con varillas. Después se repellaba todo con una mezcla que evitaba las filtraciones y se le hacía en un vértice una boca elevada con tapa de madera. El agua se sacaba con un balde amarrado a una cabuya.

El problema de estos depósitos de aguas era que permitían la cría de las larvas de los mosquitos, que a su vez eran transmisores de graves epidemias en nuestro medio, como el paludismo -o malaria- y el dengue.

Recordando un poco la historia, cuando en 1881 se comenzó la construcción del Canal de Panamá, miles de personas murieron de malaria y fiebre amarilla. Lo grave era que no conocían el mecanismo de transmisión, lo cual vino a suceder en 1897 en la India cuando se descubrió que el mosquito 'Anopheles' era el vector de la malaria, y en 1900 en Cuba cuando el médico Carlos Finlay encontró que el 'Aedes aegypti' transmitía la fiebre amarilla.

Uno de los tantos métodos adoptados para su control, fue el de utilizar un pequeño pez llamado 'Gambusia affinis' que tenía gran apetencia por las larvas de los insectos. Fue tal el éxito, que terminó bautizado como 'pez mosquito'. Vale anotar que estos peces son 'ovovivíparos', es decir que los huevos se mantienen en el vientre de la hembra hasta el momento de la eclosión en que los alevinos salen nadando y listos para vivir independientemente.

Por ello, basados en esa experiencia, las autoridades sanitarias de Cartagena se dieron a la tarea de regalar parejas de estos 'peces mosquitos' para echarlos en los aljibes, a fin de que se comieran las larvas y se reprodujeran. Es de suponer que estos mismos peces fueron sembrados en los caños y lagunas de la ciudad y que lograron adaptarse hasta nuestros tiempos -ya que es resistente a las aguas salobres y a los charcos-, lo que lleva a pensar que puede ser la especie que hoy día se conoce con el nombre de 'pipón'. El color de estos es oliváceo claro con reflejos plateados, pero en el caño 'Juan Angola' había unos con manchas negras que eran llamados 'policias'.

Algunas autoridades ambientales y empresas de servicios, al realizar los inventarios de nuestros cuerpos de agua internos se refieren al 'pipón' como si fuera el 'guppy' -o 'lebistes'-, una especie para acuarios de nombre científico 'Poecilia reticulata'. La diferencia es que el 'guppy' es un pez mucho más pequeño y delicado, con cintura de avispa y una amplia cola de variados colores.





Dando 'crank' a un 'Jeep Willys'.

LOS TIEMPOS DEL CRANK

Los primeros automóviles no tenían motor de arranque eléctrico, por lo que se tenía que recurrir al uso de una manivela de metal -llamada en inglés 'crank'- que se introducía por un hueco de la defensa delantera, se acoplaba al cigüeñal del motor y se le hacía girar hasta que prendía.

En el año 1912 el señor Charles Franklin Kettering inventó el motor de arranque, que comenzó a usar en sus vehículos la 'General Motors'. Pero esto no fue el final de la manivela, ya que hasta los años 50 la mayoría de los automotores venían con los dos medios para el arranque. Una de las posibles causas eran los escasos y distantes talleres y centros de servicios de esas épocas, por lo que se querían curar en salud en caso de que el motor de arranque o la batería fallasen en un lugar apartado. Aunque también era una bendición para los que no tenían la plata para hacer los arreglos, ya que todas maneras podían arrancarlo.

Un caso puntual del uso de la manivela era el de los 'Jeep Willys' -los primeros camperos llegados a Cartagena-, que se usaron con mucho furor por los agricultores y ganaderos para llegar a sus fincas. Aunque también era frecuente ver su uso en los camiones y buses de servicio público en los años 50 y 60.

Por lo general, una vez que el cigüeñal comenzaba a girar, la manivela se separaba. Pero como ésta tenía una especie de cruceta en la punta, más de uno sufrió fuertes golpes por la falta de agilidad y destreza para manejar esta herramienta.

Además, como todavía no se conocían las equivalencias idiomáticas de las palabras inherentes a las partes y funciones de los automotores, se utilizaban las palabras originales en inglés. Por ello, para prender el carro había que darle 'crank'.





Una niveladora de 'Caterpillar'. Foto: olx.com.co.

LA CUCHILLA Y LA CATAPILA

La mayor diversión de la muchachada era la llegada de la 'cuchilla' al barrio. Se trataba de una máquina niveladora amarilla de marca 'Caterpillar', que tenía atrás cuatro grandes ruedas y en la parte delantera una larga barra de tiro que soportaba una hoja o cuchilla de acero de perfil curvo y terminaba en dos ruedas.

La cuchilla estaba pegada a la barra de tiro -cerca de las llantas traseras- y se podía mover sobre los ejes horizontal y vertical. Pero su mayor utilización era ponerla en forma diagonal, de tal manera que se cortara la tierra a ras con una de las puntas y la botara por la otra. Cuando en el terreno había piedras o estaba muy duro, se sacaba un trinche metálico que traía para desmoronarlo.

El asunto era que en esas calendas la mayoría de las calles de Cartagena estaban sin pavimentar, de tal manera que en la época de invierno se volvían intransitables. Por ello, la mayor petición de los ciudadanos para la alcaldía y los políticos era pedir una 'cuchilla' para arreglar sus calles.

Para los niños y jóvenes -sin olvidarnos de algunos adultos curiosos-, era todo un acontecimiento ver los interminables movimientos de tierra que el operario debía hacer para cepillar la calle y dejar la tierra movida en un solo sitio, para su posterior transporte. Y el punto culminante era al mediodía, cuando el que manejaba la 'cuchilla' la paraba a un lado para almorzar, ya que en esos días nos habíamos hecho sus amigos y nos dejaba subir un momento a la cabina para sentarnos. Pero como eran motores de 'acpm' y no se apagaban durante el descanso, estaba pendiente de que no moviéramos las palancas.

También en esos tiempos eran muy frecuentes los chistes sobre las candidatas a los reinados populares, que al entrevistarlas para la radio su primer deseo era que 'el alcalde le pasara la cuchilla por el frente'.

Otra anécdota importante es que como las gentes oían a los ingenieros y operarios la pronunciación inglesa de la marca 'Caterpillar' -en que la 'll' se convertía en 'l'-, y que en el uso común del pueblo se fueron perdiendo las 'r' y la 'e' se convirtió en 'a', al final se terminó llamando también a la máquina como 'catapila'.

Estos dos nombres de 'cuchilla' y 'catapila' se popularizaron tanto, que han quedado en la memoria de los cartageneros de antaño.





Polvo de litargirio

EL DESODORANTE LITARGIRIO

En los tiempos de la mitad de Siglo XX no existían los actuales desodorantes en 'spray', 'roll-on' ni 'stick'. Pero como sí era necesario combatir el mal olor de las axilas -comúnmente llamado 'grajo'-, las personas usaron inicialmente productos naturales, entre los que se destacaba la piedra de alumbre. Su aplicación es sencilla, ya que sólo basta mojar la piedra y pasarla por los sobacos. Su nombre químico es 'sulfato de potasio y aluminio', que también se usa para clarear el agua en las tinajas, para evitar las infecciones por hongos después de la peluqueada y como cicatrizante, entre otros.

Posteriormente, apareció el desodorante Yodora, que era una crema que venía inicialmente en tarritos de metal y después en tubos. Como se puede colegir, había que recoger el desodorante con la punta de los dedos, para luego pasarlo por las axilas. Su eslogan 'pulcritud a toda hora con Yodora' se convirtió en un hito de la publicidad en Colombia.

Pero entre las personas de escasos recursos -entre ellas las palenqueras que vendían productos por las calles-, se hizo popular el uso como desodorante de un polvo amarillento llamado litargirio, que se hacía visible cuando se levantaban los brazos y se veían las axilas pintadas de ese color. Este polvo se vendía en las viejas boticas, que como se sabe tenían en sus estantes los principios activos de los medicamentos para preparar las 'drogas' que recetaban los médicos.

De lo que no se tenía conciencia era sobre su contenido de 79% de plomo -ya que es 'monóxido de plomo'-, y que puede causar el 'saturnismo' o intoxicación por ese metal. Este tipo de envenenamiento fue común en los operarios de los periódicos que utilizaron los linotipos, por la inhalación de los gases del plomo, ya que la composición tipográfica se hacía con una mezcla caliente de plomo, estaño y antimonio. La acumulación del plomo en estas personas durante muchos años llevaba a trastornos neurológicos, sanguíneos y óseos.

Con la llegada de nuevos productos desodorantes con precios y presentaciones más asequibles para las clases populares, ya no se usó más el 'litargirio' en Cartagena. Pero aunque pueda parecer cosa del pasado, aún en pleno Siglo XXI el litargirio sigue siendo un problema de salud pública en República Dominicana -en donde se fabrica- y en las comunidades latinas de Estados Unidos, ya que se sigue usando como desodorante o como remedio para heridas, quemaduras y los hongos de los pies. Y su vigencia se debe a que el 'monóxido de plomo' se produce industrialmente para la vulcanización del caucho, la manufactura de la cerámica y el vidrio, la fabricación de baterías y como pigmento para la producción de pinturas.





De la planta de higuerilla o 'Ricinus communis' se extrae el aceite de ricino. [Foto: Wikipedia]

EL ACEITE DE RICINO

Una escena que recordamos todos los niños y jóvenes de mitad de Siglo XX en Cartagena era la mesa servida con casquitos de panela y gajos de naranja y la puerta de la calle cerrada con llave. Era el aviso para la liturgia de la desparasitación, cuyo acto central era la llamada 'purga' que se hacía con aceite de ricino.

Muchos lo llamaban también 'aceite de castor', ya que en Estados Unidos se envasaba con el nombre de 'castor oil' y su traducción literal llevaba a la confusión. Igualmente salió después un aceite de ricino bajo el nombre comercial de 'Laxol', que aún se vende para tratamientos cosméticos..

El aceite de ricino es tan desagradable, que para poder ingerirlo se debía enmascarar su sabor. Por ello, se trataba de engañar a los de menos edad dándoles a masticar previamente la naranja y la panela. Pese a ello, no faltaban los que apenas veían poner estos elementos en la mesa ponían pies en polvorosa y se montaban en el palo más alto y frondoso del patio o se volaban la paredilla para donde los vecinos.

Pero ahí no terminaba la película, ya que el tratamiento debía repetirse varias veces al año, ya que por un lado era sabido que los huevos de los parásitos no se expulsaban y debía esperarse a que se volvieran adultos, y por el otro que los malos hábitos higiénicos promovían nuevas infestaciones.

Recordemos que en esa época los parásitos causaban más estragos que en la actualidad, dadas las condiciones sanitarias de la ciudad. Era común que las deposiciones se hicieran en una esquina del patio, ya que apenas se comenzaban a utilizar las letrinas. Los más adelantados tenían sanitarios, pero que descargaban en los llamados pozos sépticos, ya que no existía el alcantarillado sanitario.

Por otro lado, el servicio de acueducto era incipiente y la mayoría de las casas se surtían de las aguas lluvias recogidas en aljibes. Además, el sacrificio de vacunos y cerdos y el expendio de leche, carnes, verduras y otros alimentos carecían de normas y de supervisión que aseguraran un manejo adecuado para la salud pública.

Todo esto era caldo cultivo para que niños, jóvenes y adultos fuese atacados por parásitos intestinales, que llegaban a producir hasta el deceso de los más desnutridos.

Se sabe que el aceite de ricino no es un desparasitarlo en sí, pero en esas etapas iniciales de la farmacología y la terapéutica -en que había mucho desconocimiento en la población sobre estos temas- se creía que el uso de un vermífugo -el que expulsa los gusanos o vermes- como el aceite de ricino también tendría propiedades vermicidas -el que los mata-. Pero aunque no lo fuera, si podía tener algún efecto porque podía arrastrar fuera del intestino los posibles parásitos. Es decir, que no los mataba, pero al final se deshacía de ellos por la fuerza mecánica del aumento del peristaltismo -movimiento del intestino- provocado por su ingesta.

Otras personas mejor informadas utilizaban antiparasitarios naturales, como los preparados de leche de coco contra las tenias o solitarias, pero después se tomaban un purgante -ya fuera aceite de ricino o sal de Epson (sulfato de magnesio)- para evacuar los parásitos muertos.

Ante el rechazo del aceite de ricino, la industria farmacéutica ripostó con el Limolax que por su sabor a limón debía ser mejor aceptado. Pero se equivocaron, porque era tan fuerte que para hacerlo pasable debía enfriarse previamente en el congelador de la nevera. Se decía entonces que el remedio era peor que la enfermedad.

Con el paso del tiempo el uso de los purgantes para el tratamiento antiparasitario intestinal ha pasado de moda, y hoy se utilizan modernos medicamentos -hasta de una sola dosis- para amebiasis, verminosis y teniasis. Sin embargo, al igual que el litargirio, el aceite de ricino aún tiene demanda en el mundo moderno como laxante para la pérdida de peso por parte de los anoréxicos y bulímicos.





El famoso cangrejo azul de las costas de Cartagena de Indias

EL CANGREJO AZUL

El cangrejo azul es uno de los símbolos de Cartagena de Indias, por lo que tiene su propia escultura en el barrio de Crespo, que fue elaborada por el maestro Héctor Lombana, el mismo de Los Pegasos. Este monumento fue colocado inicialmente a la entrada del barrio, en donde confluían las vías del Centro y de Canapote, pero con los diferentes cambios fue trasladado a varios sitios hasta que ahora quedó perdido entre el follaje del separador de la Avenida de Las Américas.

En Crespo también funcionó durante muchos años el Club de Los Cangrejos, a la orilla del mar. Contaba con un estadio de softbol en el que se desarrollaron durante muchos años diferentes torneos locales. Después fue vendido y cambió de nombre a Club de Profesionales.

De acuerdo con los historiadores, esta tierra se llamaba 'Kalamarí' en honor al cangrejo, que en la lengua indígena Caribe era 'kalamar'. Además, dentro del imaginario popular el cangrejo está relacionado con la eternidad, por lo se habla de la 'inmortalidad del cangrejo'. Y su particular forma de caminar, se asocia con la regresión de las cosas: 'para atrás como el cangrejo'.

Esta especie endémica en las costas que van desde Cartagena hasta Galerazamba, protagoniza a mitad año la llamada "marcha del amor" en la que los machos salen con todas sus galas en busca de las hembras para su apareamiento.

Era tal la abundancia del cangrejo azul a mediados del siglo pasado, que era normal que los machos con sus grandes 'muelas' -que también se llaman pinzas, quelas o tenazas- llegaran hasta las puertas de las casas de Crespo, y si encontraban las puertas abiertas entraban a las viviendas y por supuesto asustaban a sus habitantes.

Esta cosecha anual era aprovechada por los pescadores para recolectar grandes cantidades de estos crustáceos, que guardaban en sacos y y luego salían a venderlos en carretas de madera de tres ruedas por los diferentes barrios de la ciudad. Para que no se escaparan, cubrían el vehículo con una lámina de zinc.

En esos tiempos las amas de casa y las cocineras que trabajaban con las familias, eran expertas en cocinar los cangrejos en agua caliente dentro de las latas en que se envasaba el aceite vegetal 'La Suprema'. Luego se le quitaban las 'muelas' y las patas, para finalmente abrir el caparazón por la mitad y separar el 'pecho', ya que la parte abultada azul se botaba. Dentro del caparazón se encontraban las vísceras del cangrejo que eran desechadas, y en las hembras que no habían desovado se buscaban las 'hueveras' y los depósitos de grasa, que eran muy apetecidas.

Si bien en los restaurantes de lujo se hace la apología de las 'muelas de cangrejo', el cartagenero tradicional es amante del 'arroz de cangrejo', que se consume acompañado de casabe. En boca de las expertas, el éxito está en separar bien las piezas del cangrejo, para evitar que se contamine el sabor, y en usar la leche del coco para que quede mejor el arroz.

De igual forma, había quienes se dedicaban a sacar la carne de las 'muelas' y de las patas, y así de esta manera era más fácil de comer. Mientras que a otros les gustaba que echaran todo al caldero para después quebrar por su cuenta en la mesa las 'muelas' y patas, las cuales se 'chupaban' con deleite.

Ahora bien, quienes no tenían oportunidad de hacerlo en sus casas, iban por las noches a 'La Cueva', el restaurante popular a cielo abierto que se instalaba en la calle adyacente al desaparecido mercado público de El Arsenal, la que hoy lleva a la entrada del Centro de Convenciones. Cuando este comedero despareció y el mercado fue trasladado a Bazurto, allá se hizo famosa Socorro como la mejor cocinera de 'arroz de cangrejo' de Cartagena.





Diversas partes del mondongo cortadas en cuadritos. [Foto: Wkipedia]

MONDONGO A DOMICILIO

La 'sopa de mondongo' tiene una larga historia en la ciudad Heroica. Por antonomasia era la 'levanta muertos' de las noches cartageneras, que los borrachitos de la ciudad iban a buscar a 'La Cueva' -cuya ubicación está señalada en la nota del Cangrejo Azul- después de las parrandas.

El mondongo tiene otros nombres, como los de 'menudo' y 'callos' -que se utiliza en España y en donde son famosos los 'callos a la madrileña'-, pero en Cartagena siempre se ha usado para hacer la 'sopa de mondongo'. Esta se prepara con el estomago y las patas de la res, papa, verduras y condimentos.

Para preparar la 'sopa de mondongo' los expertos tenían en cuenta que el estomago consta de cuatro partes: 1. Abomaso, cuajar o estomago verdadero, que es totalmente liso; 2. Rumen, panza o toalla, su superficie es parecida a la de una toalla; 3. Retículo, redecilla o bonete, que parece un panal de abejas; y 4. Omaso, libro o librillo, su superficie tiene hojas como un libro. Seleccionaban las de su gusto personal y las partían en cuadritos.


1. Abomaso, cuajar o estomago verdadero. Es totalmente liso.

2. Rumen, panza o toalla. La superficie parece de una toalla

3. Retículo, redecilla o bonete. Parece una colmena de abejas

4. Omaso, libro o librillo. En su superficie tiene hojas como un libro.
Fotos: www.educ.ar

Por lo general la 'sopa de mondongo' se servía con 'arroz de manteca' -el conocido hoy como 'arroz blanco'- y se acompañaba de casabe.

Una de las pegas de las señoras al preparar la 'sopa de mondongo' era el proceso de lavado, ya que debía hacerse meticulosamente para que no cogiera el sabor de los jugos digestivos y del estiércol del ganado. Aunque algunos ortodoxos del tema decían que precisamente allí residía el secreto del buen 'mondongo'. La otra parte rechazada era tener que cortar en pequeños cuadrados las 'sábanas' del mondongo, ya que se requería de tiempo y de un cuchillo bien afilado.

Esto llevó a que algunas emprendedoras palenqueras abrieron el negocio de vender a domicilio el mondongo con caldo ya limpio, cortado y precocido. Para su transporte utilizaban las latas del aceite vegetal 'La Suprema', y con ellas iban de casa en casa vendiendo su producto.

Esto podría considerarse una simbiosis gastronómica, ya que ambas partes se beneficiaban del comercio 'mondonguero'. Las palenqueras tenían una fuente de ingresos y las amas de casa ganaban puntos cuando en la mesa se elogiaba lo sabrosa que había quedado la 'sopa de mondongo'

Había muchas maneras de hacer la 'sopa de mondongo' cartagenera. De tal manera que mientras algunos puristas abogaban por el mínimo de ingredientes, otros conocedores le añadían hasta huevos crudos, alcaparras y el achiote disuelto en grasa de cerdo -en la famosa latica metálica con su mango de las cocinas de antaño-, por lo que no había manera de alguna de ponerse de acuerdo en cuál era la receta original.




LA COTORRA: TONY PORTO Y K.Q.MEN

A mediados del siglo pasado la radio cartagenera contaba con dos personajes que aún se recuerdan con agrado: 'Tony Porto' y 'K.Q.Men'.

Detrás del nombre artístico de 'Tony Porto' se escondía Rafael Franco Carrasquiila, un todero de la farándula que fue actor, animador, cantante, libretista, locutor, periodista, promotor de espectáculos y todo lo que se le ocurriera. Lo conocí en Torices, a través de su hermano a quien siempre se le conoció como el "Gago" Franco.

Detrás de 'K.Q.Men' -pronunciado 'Cacumen'-, estaba Guillermo Ardila del Valle, que el acortaba en sus presentaciones radiales como 'Ardila del V'. Tuvo gran audiencia en los finales de los 50 y comienzo de los 60 en su programa de preguntas y respuestas, en el que participaban por teléfono principalmente los jóvenes estudiantes. Su mecánica era llamar y responder correctamente, con lo cual se conseguían los puntos que le asignaba a cada pregunta. Después de determinado puntaje, se recibía un premio, pero el mejor estímulo era el 'ranking' que 'K.Q.Men' leía al final del programa y que llenaba de orgullo a los punteros. Vivía en esa época en el Edificio Benedetti, vecino del colegio de La Esperanza, en cuya entrada lo saludamos muchas veces.

Pero más que todo fueron famosos por un programa de tipo humorístico que realizaron juntos durante más de quince años continuos. Primero se llamó 'El Minarete del Arte', que salió al aire en 1943 por Emisoras Fuentes, la estación radial de Rafael Fuentes, el mismo del laboratorio y de los discos que llevaban su apellido. Esta actividad fue complementada con presentaciones en vivo en el legendario Teatro Padilla de la Calle Larga, de donde originaban la señal para la emisora.

Posteriormente se trasladaron en 1947 a Radio Miramar -de Víctor Nieto, el creador del Festival de Cine de Cartagena-, en donde terminaron su labor a finales de los 50. Allí cambiaron su nombre original por el de 'La Cotorra', que es el recordado por la mayoría de cartageneros de la época.

En la memoria se aparecen aquellos memorables capítulos en que se hacían graciosas parodias del reinado de belleza, de la telenovela 'El Derecho de Nacer', de las comunicaciones desde el cerro de 'La Popa' con los satélites rusos y gringos -especialmente los 'sputniks' con la perrita Laika y el cosmonauta Yuri Gagarin-, y de los personajes de moda en el momento.

Con respecto al reinado de belleza, 'La Cotorra' hizo su propio reinado y la coronación fue realizada en el estadio de béisbol '11 de Noviembre', lo que fue acolitado por personajes del periodismo y de la política local, como el exalcalde Carlos Arturo Pareja.

Su especialidad era contar en tono de burla todos los acontecimientos de la ciudad y el mundo. Y, lógicamente, que la parte publicitaria no era la excepción, como aquella propaganda de: "Alimentar al niño es lo que toda madre hace, pues dele leche materna y guarde los envases".




EL CAPUCHÓN

En retrospectiva, el capuchón puede declararse como el personaje de las Fiestas del 11 de Noviembre hasta los años 60 del Siglo XX.

Su confección era sencilla, pues constaba de dos partes, una túnica de manga larga que cubría el cuerpo del cuello a los pies, y una capucha para la cabeza pegada por la espalda, con agujeros para los ojos y una extensión de tela hacia la barbilla que permitía agarrarla con la mano para que no se jalara y se descubriera la identidad de quien lo usaba.

En general, tiene reminiscencias de los capirotes -la capucha de alto pico- con que se cubrían las cabezas de los condenados por la Santa Inquisición, así como de la vestimenta blanca con su capirote de los miembros del temido Klu Klux Klan en los Estados Unidos. En el contexto religioso actual, estos capirotes -con sus túnicas de colores pardos- son usados en la procesiones católicas de Semana Santa por los llamados 'nazarenos'.

Este disfraz del capuchón era enterizo y no tenía botones ni cremalleras, y para ponérselo simplemente se metía por los brazos y la cabeza. Se confeccionaba por cualquier persona con conocimiento de costura y se usaban telas de poco costo y que fueran frescas para aguantar el calor del trópico.

El color era principalmente rojo, aunque algunos los hacían en telas amarillas, blancas, negras y hasta verdes, pero se distinguían del resto de capuchones y perdían algo de su anonimato. Mientras que en un grupo de capuchones rojos era muy difícil individualizar a uno de ellos.

Por fortuna, eran tiempos de poca delincuencia, de tal manera que el capuchón nunca tuvo una connotación para actos criminales, tal como podría usarse hoy día.

Sin embargo, sí dio para picarescas situaciones en que una mujer o un hombre era sorprendidos por su propia pareja poniéndoles cachos. O que los 'gays' de la época usarán el capuchón como medio para esconderse con su conquista dentro del bullicio de la gente sin que nadie lo notara. Claro, que tampoco faltaban los que quería burlarse de los demás diciéndoles cosas que jamás podrían hacer con el rostro descubierto, y los lisos que se colaban a reuniones y fiestas sin ser invitados. El truco era hablar con voz aflautada -¿No me conoces?- para confundir al enemigo.

Su uso tenía una connotación popular, a pesar que muchos adultos de estratos altos se lo ponían para salir a 'fiestar' con su levante de temporada.

Pero a pesar de ser barato, cómodo y fresco, otras personas gozaban más usando disfraces que representaban a personajes de la historia, de las novelas, de las películas o de los 'comics'. De tal manera que era común ver a 'superman', 'batman', el gorila, el tigre, el pirata, entre otros, en los desfiles del bando. Bueno, no se puede terminar sin mencionar a los que se 'disfrazaban' con una lanza de madera en la mano, vistiendo un pantalón mocho y untándose en el cuerpo azul de lavar o aceite con carbón, para intimidar a los transeúntes y pedirles plata.





'Lleritas' de 1948. [Foto: Banco de la República]

LOS LLERITAS

Los niños que íbamos a comprar a las tiendas en los principios de los años 50, conocimos dos billetes que pasaron a la historia con el nombre de los 'Lleritas. Y decimos dos, porque fueron dos las decisiones que tuvieron que tomar dos gobiernos diferentes para superar los problemas causados por la escasez de las monedas de 50 centavos, de lo que algunos culpan a la falta de los metales para fabricarlas por causa de la segunda guerra mundial que terminó en 1945.

Sin embargo, escarbando en las historias de medio siglo XX sobre la razón de la emisión de los 'Lleritas' hay una muy curiosa ("Tras las huellas del abuelo", Historia de Antioquia, Humberto Tamayo Jaramillo, 1ª edición 1999) que refiere la venganza de un hombre adinerado -Alejandro Ángel- que por una multa injusta que le aplicó la oficina de impuestos, decidió guardar grandes cantidades de moneda hasta el punto que el comercio se frenó porque no había como dar el vuelto -o las vueltas- ya que la moneda de 50 centavos era la de mayor circulación y no existía en esos tiempos un billete de ese valor. En plena crisis, el señor Ángel comenzó a vender las monedas con sobreprecio y así pudo recuperar parte de la multa.

Sea cual fuere la razón, en el año de 1943 se autorizó cortar los billetes de 1 peso de la emisión de ese año en dos partes y colocarles encima un sello con la leyenda -dentro de un reborde negro- de "BANCO DE LA REPÚBLICA PROVISIONAL MEDIO PESO".


'Lleritas' de 1943.

Posteriormente, de 1948 a 1953 se sacaron tres emisiones de un billete de medio peso que era más pequeño que todos los anteriores, es decir que tenía 11,5 x 5,8 cms, casi un tercio menos que los billetes de tamaño estándar de 14 x 7 cms.

Estos billetes fueron autorizados por los decretos 122 de 1948 y 404 de 1953, y tenía como otras características -diferentes a su tamaño- que no se les llamó de cincuenta centavos como a las monedas, sino de medio peso -igual que el cortado de 1943-, que no tenían la leyenda de 'El Banco de la República' sino de 'República de Colombia', y que no fueron firmados por el gerente del banco sino por el ministro de hacienda, el contralor y el tesorero de la Nación. Todos tenían en el anverso la efigie de Antonio Nariño. Estas emisiones fueron diseñadas e impresas por el American Bank Note Company, de New York, Estados Unidos.



'Lleritas' de 1953.

Pues bien, a la emisión de 1943 de billetes de a un peso cortados por la mitad y sellados como de medio peso -que fue realizada por el Banco de la República- se les llamó los 'Lleritas' por estar aún en circulación durante el primer periodo presidencial de Alberto Lleras Camargo del 7 de agosto de 1945 al 7 de agosto de 1946, que terminó el cuatrienio de Alfonso López Pumarejo, quien renunció.

Sin embargo, a los otros billetes de las emisiones pequeñas de 1948 a 1953 emitidos por el gobierno también fueron llamados 'Lleritas' por el pueblo, a pesar de que Alberto Lleras Camargo ya no era presidente. ¿Porqué? La teoría más común era su alta popularidad entre todos los colombianos en esos momentos de crisis de la política nacional, y que al pequeño billete lo asociaban a su delgada figura. Por ello, se mantuvo para estos billetes de medio peso el mismo nombre de 'Lleritas' que tuvieron los de 1943.

Quedan dos detalles por comentar. Uno, que después de estos 'Lleritas' no se han emitido más billetes de medio peso. Y dos, que sólo hasta 2005 imprimieron otros billetes así de pequeños, que fueron los de mil y 2 mil pesos.




LAS LLANERAS

En la Cartagena de los años 50 y 60 del siglo anterior hubo un surgimiento de restaurantes populares conocidos como 'Llaneras'. Su construcción era simple, ya que constaba de un techo de lona de dos aguas, montado sobre horcones enterrados en el piso. No tenían puertas y sólo tenían un enrejado de tablas a su alrededor, dejando un espacio para la entrada y salida de los comensales. Contaban con rústicas mesas de madera, vestidas con manteles de hule estampados con motivos de flores y animales, y a su largo se alineaban las sillas de madera del tipo llamado 'tahurete' o 'taburete' que tenían en el fondo y en el espaldar cuero de vaca -llamadas también sillas de cuero-.

Para explicar su nombre hay que recordar que en los antiguos Llanos Orientales de Colombia se preparaba un plato muy especial llamado 'mamona', para lo cual se sacrificaba una ternera vacuna que por estar si destetar, -es decir aún mamando- se le conocía con ese nombre.

La carne tierna de las 'mamonas' era cortada, sasonada -algunos pregonan sólo el uso de la sal- y ensartada sobre unos palos largos -llamados chuzos- que se recostaban por las puntas a otro palo enterrado en medio del círculo de la fogata, formando igualmente un círculo. Allí se asaban lentamente mientras que con una brocha de mango largo se le untaba cerveza o un preparado especial que le daba el sabor característico. De las tiras de carne se iban cortando las porciones.

Los expertos señalan que la 'mamona' debe cortarse en cuatro partes, que son la 'osa' -cogote, lengua, mandíbula y papada-, la 'garza' -ubre-, los 'tembladores' -carnes del pecho- y la 'raya' -cuartos traseros-. Algunas de estas partes se cortan con el cuero y lo envuelven en él para cocinarlas en hornos de barro.

Pero quienes visitaban esas tierras al sur de Colombia, cambiaron el nombre de la 'mamona' del lenguaje llanero por el de 'ternera a la llanera'. Y cuando se comenzó a preparar en otras ciudades, entonces se le cambió por 'carne a la llanera', y finalmente se apocopó en 'llanera'. Así mismo, se le dio el nombre de 'llanera' al sitio en donde las vendían,

Pero estas 'llaneras' eran diferentes, ya que no se trataba de carne de terneras o 'mamonas' sino de vacunos adultos, y la cocción se hacía por porciones sobre un asador con carbón.

A Cartagena llegó a finales de los 50 una pareja de santandereanos que montaron la primera 'llanera' en las playas de Marbella, que en esos tiempos estaba separada de Crespo por un pequeño canal que daba salida al mar al Caño Juan de Angola. De tal manera que podían vivir y vender sus carnes en la misma playa, sin el problema del tráfico automotor.

Los jóvenes de Torices -que teniamos a Marbella como parte de nuestro territorio-, pronto nos hicimos amigos de los dueños de la 'llanera'. Como no siempre había dinero en los bolsillos, ellos comenzaron a hacer canje con nosotros por cosas del hogar y por ciertas frutas como la papaya, el mango, la guayaba y la guanábana que se daban en los patios de las casas.

Allí comimos por primera vez la hoy conocida 'arepa antioqueña', que por la simplesa para nuestro gusto ellos le agregaban un poco de 'hogao', una pizca de sal y a veces unas gotas de picante Ajibasco.

Después de un tiempo dejaron el sitio y se nos perdieron de vista. Pero inaugurada la década de los 60 los encontramos encaramados en la cima de La Popa para unas festividades de la Virgen de La Candelaria, al pie de la Cruz y compitiendo con las mesas de fritos y con las tradicionales ventas de comida de los aposentos de entrada a la ermita. Allí se encontraron nuevamente con sus amigos de Torices y recordamos los primeros tiempos.

Después instalaron su carpa en la Avenida Pedro de Heredia, y poco a poco se fueron extendiendo con otras sedes, hasta convertirse en los reyes de las 'llaneras' en Cartagena.

Con el paso del tiempo, las 'llaneras' se convirtieron en parte del paisaje de los pueblos de las antiguas sabanas de Bolívar. La diferencia era que en éstas las carnes se servían con grandes trozos de yuca y suero sinuano diluido con agua de coco y con ají picante, envasado en botellas de ron tornillo tapadas con la tuza del maíz.

Pero la modernidad hizo que los sitios de ventas de comida se adaptaran a las comodidades de los clientes y a las exigencias sanitarias de las autoridades, por lo que estas 'llaneras' en su modelo tradicional han ido desapareciendo, hasta el punto que hoy la mayoría son nómadas y aparecen en las festividades religiosas, carnavalescas y de corralejas de las diferentes poblaciones de la costa atlántica, en donde se venden además sopa de mondongo y otro tipo de comidas.





Olla doble metálica para calentar la 'cola' al 'baño de María'.

COLA Y ENGRUDO

En la mitad del siglo XX fue famoso un pegante instantáneo que se llamaba 'cemento duco' pero como era muy caro y difícil de conseguir para la gente del común su uso estaba reservado -por ejemplo- a los arquitectos para pegar sus maquetas de madera y a las personas que querían reparar costosos adornos o juguetes que se rompían.

Por ello, uno de los pegantes más recordados de esos tiempos fue la 'cola' -también llamada 'cola de carpintero'- que se utilizaba principalmente para unir las partes de madera de mesas, sillas, puertas, 'seibós' -un mueble tipo vitrina para guardar vajillas, cubiertos, servilletas y vasos-, escaparates, 'fiambreras' -un mueble tipo alacena con puertas con anjeo para guardar alimentos-, y muebles de alcoba, sala y comedor, entre otros.


Vieja publicidad del legendario 'cemento duco'.

La 'cola' se hacía con cartílagos, cuernos, cueros, huesos y pezuñas -principalmente de vacunos-, que se ponían a hervir hasta que formaran una especia de gelatina y que luego se ponía a secar en forma de escamas. Entre otras cosas, la gelatina del hogar tiene básicamente el mismo procedimiento -pero con uno estándares de calidad y de higiene más exigentes-, en que mediante la hidrólisis parcial del colágeno extraído del hueso hervido y molido, piel, pezuñas, tendones, órganos y vísceras de ganado vacuno, porcino, equino y avícola, se obtiene una mezcla de péptidos y proteínas. La diferencia estriba en que los primeros tienen entre 2 y 100 aminoácidos y las segundas más de 100.

La 'cola de carpintero' se utilizaba calentándola en agua al 'baño de María' -o directamente al fuego en un recipiente con agua-, y al licuarse, estaba lista para su uso. En ese momento expelía un olor fuerte y desagradable que la identificaba, pero fuera de esto los maestros de la carpintería consideraban que un buen mueble pegado con 'cola' era garantía de solidez durante muchísimos años, hasta el punto que las actuales restauraciones se hacen con este pegante. Ellos tenían un paso adicional, que era mantener unidas las partes pegadas durante uno o dos días, ya fuera mediante una prensa, o con 'cabuyas' o pitas que se retorcían sobre las partes con un tubo o un pedazo de madera.


Vieja prensa de madera.

Para adherir papeles, cartones y trabajos manuales -esta última era una asignatura en el colegio-, se usaba el almidón o engrudo, que no es más que el almidón de yuca disuelto en agua y cocinado a fuego lento.

La yuca también es conocida como 'mandioca' en otros países de Sudamérica, como Brasil. Allí su harina se llama 'farinha' -en español 'fariña'- o 'tapioca'. Los puristas señalan que la única harina es la de los cereales, especialmente del trigo, así que el polvo seco de la yuca -que es una raíz- debería llamarse almidón o fécula de yuca.

El problema es que el término almidón se reserva para un constituyente pegajoso de la harina, ya sea de la yuca o de los cereales. El almidón es el que permite -por ejemplo- que se pueda hacer la torta de casabe, ya que de otra manera se desboronaría. Científicamente el almidón es un polisacárido formado por la glucosa en sus dos formas poliméricas, la amilasa y la amilopectina. Pero en términos prácticos, lo que se vende como almidón de yuca es en verdad la harina de yuca.

Entre otras cosas el almidón o harina de yuca tenía en esos tiempos otros muchos usos, tanto en la alimentación como en la rutina del hogar. Por ejemplo, después de lavar la ropa blanca -es decir, las camisas, pantalones, sacos de lino, sábanas y fundas- se les agregaba la harina de yuca diluida, para darle mayor rigidez y frescura.

Igualmente, para personas -especialmente niños- con enfermedades de la piel -como el sarampión- se les espolvoreaba las partes afectadas con la harina de yuca para refrescarlas y aminorar la rasquiña -años después se usó la maizena-. Claro, que había que asearlas con frecuencia, porque en climas calientes después de algunas horas se presentaba el clásico olor de la fermentación del almidón de yuca.

Una vez la harina de yuca se cocinaba en agua y alcanzaba su punto de coagulación perfecto, se formaba el almidón o engrudo que se podía usar enseguida. Su efecto de pegado se lograba en pocas horas, después del cual era muy difícil separar las partes, aunque a veces se lograba hacerlo sin dañarlas mediante la aplicación de vapor de agua.

Cada preparación de almidón tenía pocos días de vida, ya que con el tiempo se fermentaba, licuaba y cogía mal olor. Aunque para evitar su descomposición algunos utilizaban la técnica de agregarle vinagre, o los que tenían nevera la guardaban allí.

Entre paréntesis, también existía el almidón de los pobres. Así se le llamaba a la 'uvita mocosa' -'Cordia bidentata'-, la fruta pequeña, redondeada y blanquecina de un arbusto muy abundante en La Popa y sus faldas. El contenido era gomoso y muy apreciado por murciélagos no hematófagos y diversas especies de pájaros e insectos.

Los estudiantes la usábamos para hacer las tareas de trabajos manuales y hasta para pegar el papel a los barriletes cuando no había plata para hacer el almidón. También la utilizaban los cazadores de pájaros, que la untaban en las ramas y dentro de las jaulas con la puerta abierta para que las aves se pegaran por las patas.

Un uso especial del engrudo o almidón de yuca era el que le daban los pintores de las carteleras de cine, muy de moda en esa época en Cartagena. Consistía en preparar el engrudo en unas latas vacías de un galón y luego agregarle los pigmentos diluidos de las pinturas -que muchas veces era simplemente anilina-, de tal manera que al secarse aguantaban el viento, el sol, la lluvia y hasta los dedos de los niños del barrio. Obviamente le agregaban vinagre u otro desinfectante para poder tapar las latas y usarlas sin problemas durante varios días.

Dicho sea de paso, estas carteleras -más o menos de 1.50 mts de alto por 75 cms- tenían el frente de madera cubierta con zinc liso y dos patas, y en la parte de atrás dos soportes de madera en forma de 'H' unidos al frente con dos cadenas, de tal manera que se podía abrirlas en compás para que pudieran pararse encima del piso. Algunos cines se ahorraban las patas traseras y las arrimaban a la pared.

Encima del zinc se pegaban con engrudo láminas de papel de envolver -el usado en la tiendas- y sobre esta superficie se pintabas las letras con la información de la películas, los artistas principales, el horario, el precio y el género -indios, lucha libre, piratas, vaqueros, misterio-. Muy pocas veces se vieron imágenes pintadas.





'Budare' con gas natural para hacer casabe.

EL CASABE

Durante muchos años -desde la colonia hasta mediados del siglo pasado- Cartagena recibió el suministro de alimentos de Ciénaga de Oro, entonces de Bolívar, población a la que llamaban el 'Florón del Sinú'. Viajaban por agua a través de la Ciénaga Grande Lorica, después tomaban el cauce del río Sinú y salían al mar Caribe por la boca de Tinajones, y de allí la travesía se efectuaba orillando el mar hasta llegar a la Bahía de las Ánimas en la Ciudad Heroíca.

Dentro de esa carga, llegaba el casabe, un pan de harina de yuca en forma de un disco blanco y delgado que se volvió parte de la dieta de muchos cartageneros. Su bajo costo y su capacidad de no dañarse durante largo tiempo, lo hicieron el predilecto para incorporarlo con pedacitos de queso en la taza humeante de café con leche del desayuno, o para acompañar el pastel cartagenero o los arroces de cerdo y cangrejo.

El casabe tiene como ingrediente único la yuca, de la cual hay en la naturaleza dos clases: la amarga -o tóxica- de la especie 'Manihot esculenta', que requiere de tratamiento mediante el calor para consumirse, y la dulce -o no tóxica- que pertenece a la especie 'Manihot utilissima' y es la usada en la alimentación humana.

La elaboración del casabe tiene técnicas especiales que se trasmiten de generación en generación. En la novela 'La Vorágine', el escritor colombiano José Eustasio Rivera describe el proceso que hacían las indias de la orinoquia para preparar el casabe.

Cuando Cristobal Colón llegó a América, los indios ya elaboraban el casabe como parte fundamental de su alimentación. Al igual que los pueblos indígenas de la amazonia y la orinoquia, los habitantes de Finzenú, la sede religiosa del Imperio Zenú, ya conocían las técnicas para procesar la yuca -o mandioca-, una planta típicamente americana. Y actualmente en el Sinú, las casaberas de Ciénaga de Oro trabajan cada día para conservar esta tradición.

Para muchos historiadores la conquista española de América no hubiera sido posible sin el casabe. Los españoles estaban acostumbrados a comer el pan hecho con harina de trigo. Pero la ausencia de este grano en el Nuevo Mundo, y la facilidad que tiene el pan para dañarse, hicieron del casabe un alimento estratégico para los expedicionarios. Por ser un producto deshidratado -el llamado por los conquistadores 'pan de casabe'- tiene la propiedad de almacenarse durante largos períodos de tiempo sin descomponerse.

Los campesinos del Caribe colombiano siguen cultivando la yuca en pequeñas parcelas para su subsistencia. Pero por ser un producto perecedero, además del consumo directo, una parte de la producción se seca para la fabricación de alimentos concentrados para animales, y otra se utiliza para elaborar el casabe.




Mural sobre el proceso del casabe de estudiantes de Ciénaga de Oro, Córdoba.

El primer paso para hacer el casabe es pelar la yuca -se le quita la gruesa corteza con un cuchillo- y luego se ralla con un rallador metálico o se muele, ya sea con una máquina de moler manual o con una eléctrica. Este trabajo lo hacen las casaberas en las primeras horas del día.

Luego se procede a exprimir la yuca rallada o molida, para lo cual utilizan un curioso dispositivo, que es una especie de hamaca pequeña conocida como 'sebucán', que al retorcerse deja escurrir el agua, hasta dejar una masa semiseca.




Mural sobre el proceso del casabe de estudiantes de Ciénaga de Oro, Córdoba.

En este proceso sólo se exprime la yuca para sacarle el agua, y no para quitarle el almidón, ya que éste último es indispensable para que pegue la masa al asar el casabe.

La pulpa semiseca que queda en el sebucán es luego cernida dos veces, para que la harina quede lo más fina posible.




Mural sobre el proceso del casabe de estudiantes de Ciénaga de Oro, Córdoba.

El siguiente paso es el amasado y moldeado de las delgadas tortas, que son asadas en planchas metálicas llamadas 'budares' -en Cienaga de Oro le dicen 'buré'-, que están puestas sobre fogones con carbón, leña o modernamente con gas natural.



Modo de espacir la harina de yuca sobre el 'budare' usando el molde.

En la superficie del 'budare' se coloca un molde redondo de varilla con mango -con la forma de los viejos coladores de café- y en el interior de este se van colocando pequeñas porciones de la harina de yuca que se esparcen con los dedos, dándoles la forma redondeada. Cuando no se tiene el molde adecuado, simplemente lo hacen al ojo con las yemas de los dedos. Para que se asen parejo, se les va dando vueltas con una delgada paleta de madera. Con el calor el almidón contenido en la harina se gelatiniza tratando de formar una pasta, lo que hace que las fibras de la torta queden pegadas entre sí al enfriarse.



Mural sobre el proceso del casabe de estudiantes de Ciénaga de Oro, Córdoba.

Una vez elaborado, el casabe debe ser comercializado, para lo que es empacado en los llamados 'dorotes', que son columnas del disco blanco enrolladas con hojas de palma y amarradas con bejuco o pita.

Dos cosas para finalizar. Una, que hay variante del casabe llamada casabito, a la cual después de espacir la harina se le coloca en el centro un poco de dulce de coco rayado y enseguida se dobla la torta -que es más pequeña- por el medio. Y dos, que hay que recordar que el casabe no es solamente un alimento, ya además que tiene propiedades medicinales por lo cual es recomendado por los médicos a sus pacientes para los problemas del sistema digestivo.




EL RETÉN DE CAIMÁN

Para los jóvenes de los barrios del norte de la ciudad, la frontera de Cartagena en los años 50 del siglo pasado estaba en el retén de Caimán, un nombre que desapareció del mapa tragado por 'Olaya Herrera'.

En otra nota, en donde hablamos de la salida de Cartagena a mitad del siglo XX, hacíamos notar que era una sola, por el barrio Caimán, y que más adelante se bifurcaba para la carretera de La Cordialidad y para la salida a las sabanas de Bolívar por Turbaco y Arjona. Por La Boquilla no había camino de salida, y por El Bosque se llegaba hasta Mamonal y Pasacaballos.

Para ubicar hoy el retén de Caimán, debemos atravesar el barrio Olaya Herrera por la avenida Pedro Romero en dirección a La Cordialidad, en donde hay una bifurcación -una 'Y'- en donde está ubicada una estación de policía.

Allí los uniformados -entre otras cosas- cumplían en esos tiempos la misión de controlar el contrabando de whisky 'Black and White' -el que traía un caballito blanco de plástico colgado del cuello- y de cigarrillos 'Lucky Strike' que venía de la Guajira y del ron 'ñeque' o 'chirrinche' que se destilaba en los alambiques de cobre de las afueras de la ciudad. Aunque este ron se conseguía sin problemas en la peluquería de 'Ojito' en San Diego.

Pero el encanto de los jóvenes por visitar Caimán era la mesa de fritos que se ubicaba en ese retén. Se hacía 'lobby' para que los papás que tuvieran camionetas -especialmente las Dodge y las Ford que estaban de moda en esas fechas- las prestaran para que todo el grupo de amigos se montara en la parte de atrás y hacer el 'tour' en busca de la mejor delicia cartagenera de todos los tiempos: la empanada con huevo. Bueno, aunque nadie despreciaba las empanadas de carne, los buñuelos de fríjol y las carimañolas de yuca.

Es bueno recordar que en la Cartagena de esos tiempos la mesa de frito era toda una institución, principalmente enfrente de los cines de barrio como el Granada, el Myrian, el Colonial, el Padilla, el Torices, el Variedades -de Torices-, entre otros. Pero es que viaje al retén de Caimán era toda una aventura con chicos y chicas a bordo, que no tenía precio.

Pero como todas las cosas de antaño que fueron mejores, este sistema de comida rápida ha sido desplazado por otro tipo de ofertas alimenticias que comprende -entre otras- arepas asadas, pizzas, hamburguesas, perros calientes y pollo asado.

La última gran mesa de fritos de Cartagena estuvo ubicada en los años 80 enfrente del Magali París de Santa Lucía, en la esquina sur. En los tiempos actuales hay que preguntarles a los expertos que saben de las 'cuevas' en donde se puede conseguir un buen frito, como en el parque de San Diego, frente a Bellas Artes, o en un pequeño local a la salida de Manga.





El barco 'Hope' anclado en el puerto de Cartagena de Indias. 1967.
[Foto de Jiri Pitro rescatada de negativos un poco deteriorados. Cartagena de Indias Fotos de Antaño.]

EL BARCO 'HOPE'

Por allá a principios de 1967 ancló en Cartagena un viejo buque hospital de la marina norteamericana, que tenía el mismo nombre de la misión médica que lo operaba: el 'Hope'.

Había sido regalado para estas misiones médicas humanitarias, y estaba dotado de todas las comodidades que tenían las instituciones sanitarias de Estados Unidos en esa época. Tenía salas de consulta, quirófanos, dormitorios con sus camas, laboratorio clínico y equipos de diagnóstico, como los de rayos X.

Entre las muchas actividades que se hacían diariamente en el barco, una que llamó la atención era su máquina para reconstituir la leche en polvo -adicionando grasas y vitaminas-, que además del uso por parte de los tripulantes y los pacientes, era repartida en algunos sectores marginales de la ciudad. Tenía el remoquete de 'vaca de hierro'.

Los voluntarios eran médicos, odontólogos, enfermeras y farmaceutas de diferentes especialidades, que además de atender gratuitamente a la población en general, hacían convenios con las facultades de medicina locales para realizar programas de capacitación.

Un ejemplo de ello, es que el doctor Alfonso Rodríguez H, profesor del Departamento de Farmacia de la Universidad Nacional, recuerda que la especialidad de Farmacia Hospitalaria en Colombia tuvo su inicio después de 1967, gracias a que la Universidad de Cartagena en convenio con el proyecto 'Hope' le ofreció un entrenamiento especial a un grupo de químicos farmacéuticos, y después organizaron cursos de farmacia hospitalaria.

Cupido también vino en el barco 'Hope'. El escritor y periodista Gustavo Arango, en una vieja crónica titulada 'Un barco llamado Esperanza,' que fue publicada en el diario El Universal de Cartagena, cuenta que una enfermera del 'Hope', llamada Sarah Thompson, se casó con un cartagenero.

De tal manera, que durante varios meses el barco 'Hope' y sus profesionales se convirtieron en los huéspedes de honor de la ciudad. Fueron tantos los servicios prestados, aún en casos crónicos en que los pacientes ya no tenían esperanzas, que muchos de sus tripulantes se convirtieron en héroes, y así fueron tratados.

Pero el humor cáustico cartagenero, muy al estilo del 'Tuerto' López, no se hizo esperar con esta visita esperanzadora. Quizás la más recordada anécdota fue aquella que tiene que ver con una iniciativa en menor escala que desarrollaba el recordado oftalmólogo Juan C. Arango Álvarez -exalcalde, exparlamentario y exrector de la Universidad de Cartagena-, que conjuntamente con el Club de Leones habilitaron una lancha para hacer recorridos los fines de semana por las poblaciones en las riberas de ríos y ciénagas de Bolívar.

El doctor Arango realizaba con su reconocida maestría operaciones de cataratas, estrabismos, caída de párpados y muchas otras patologías que debían ser resueltas especialmente con la cirugía. Pues bien, esta embarcación de socorro oftalmológico fue bautizada por las gentes como el 'Hopito'.





Típica honda cartagenera con horqueta de árbol y tiras de caucho rojo.

LA HONDA

Esta nota no pretende fomentar el uso de la honda para la caza de cualquier clase de ser vivo. Se publica para dejar constancia de una de las costumbres de los habitantes de nuestra ciudad en la mitad del siglo XX.

Los niños y jóvenes de la mitad del siglo XX usábamos una pequeña pero mortífera arma llamada honda, que fue el terror de aves y reptiles -especialmente los 'lobitos'- de los patios de las casas vecinas. Aunque no faltaba quien la usara para bajar frutas, como mangos y guayabas.

Su difusión era muy grande, pero en otras partes tenía nombres diferentes. Por ejemplo, en otras regiones de Colombia se le conoce como cauchera, resortera en México, gomera en Argentina, china en Venezuela, tirachinas en España, tirapiedra en Cuba y hulera o tiradora en Nicaragua.

Tenía dos versiones, y la construcción era muy sencilla. Había una con horqueta, y para ello se conseguía una parte de una rama de un árbol que tuviera forma de 'Y', generalmente de limón, totumo o tamarindo, árboles muy abundantes en los patios de las casas. Esta horqueta debía pelarse -descortezarse- y dejarse secar para que no fuera resbaladiza.

Luego debían cortarse dos tiras de neumático viejo de bicicleta -en esa época eran muy comunes unos de color rojo- y se unía una punta de cada uno a un pedazo de cuero de forma rectangular -llamado badana- con las esquinas redondeadas y con un ancho mayor que los cauchos. Al cuero se le hacían ranuras por cada extremo de la parte larga, a través de las cuales se introducían las puntas de las tiras y se amarraban con un cordel fuerte.

Finalmente las tiras de caucho se amarraban a las dos puntas superiores de la horqueta. Para ello a cada punta se le rebanaba antes con una navaja un bajorrelieve a su alrededor, con el mismo ancho de las tiras de caucho, a fin de que no se rodaran de su puesto en la horqueta al momento de estirarlas. Finalmente, los cauchos se ponían alrededor de cada bajorrelieve y se amarraban también con pita.

Su uso era fácil, ya que sólo debía agarrarse el mango con la mano no diestra, luego agarrar con la mano diestra la parte de cuero con un proyectil adentro y llevarlo a la altura y cerca del ojo de ese mismo lado para tomar puntería. Enseguida estirar los cauchos y soltar para que la tensión lanzara lejos el proyectil.

El proyectil más usado era la piedra china que se utiliza en la construcción, que es pesada, lisa y redondeada. Los que tenían algunos centavos para gastar, también usaban las bolas de cristal y hasta los balines de acero del juego de bolita de uña'. Otros se las ingeniaban con otros tipos de piedras y hasta con semillas de mamón y de ciruela costeña.

La otra versión era sin horqueta, en la que en las puntas de los cauchos que van a ésta se amarraban con pita a otros pedazos de cuero doblados, que se calzaban a su vez en los dedos gordo y pulgar de la mano no diestra. Su uso era igual, pero debían estirarse bien hacia atrás y abajo los otros dedos -índice, cordial y anular- para no golpearlos con el proyectil que se lanzaba.

Otro peligro era que cuando la honda no estaba bien construida y se soltaba o reventaba un caucho al momento de la tensión, se podía golpear seriamente el pómulo e incluso lesionar el ojo.

Como en esos tiempos la historia sagrada era parte de los estudios en el colegio, había que explicarles a los visitantes que la honda cartagenera no tenía nada que ver con la honda que había usado David contra Goliat. Esta última no tiene cauchos, sino dos correas de cualquier material sólido y flexible unidas a un recipiente -que puede ser de cuero o de tela- en donde se coloca una piedra -o algo parecido- como proyectil. Para utilizarla se agarran por sus puntas libres las dos correas y se giran velozmente, después de lo cual se suelta una de las puntas para liberar el proyectil.

Pero lo más importante es que cuando se tomó conciencia del daño ecológico que se estaba haciendo y de la crueldad con que se trataba a los animales, hubo un despertar para adelantar campañas en el colegio y en la casa a fin de erradicar el uso de la honda en los juegos infantiles.

Pero como todas las cosas que uno cree que han desaparecido, la honda aún se vende en sitios de Internet, pero más sofisticada, con la horqueta metálica y los amarres de los cauchos con remaches.





Zuecos artesanales parecidos a los originales cartageneros.
[Foto: www.artesanum.com]

EL ZUECO

Un calzado distintivo de las barriadas en los años 40 y 50 del siglo pasado fue el zueco. Era el especial para caminar por las calles polvorientas del verano y las encharcadas del invierno, cuando Cartagena no tenía un centímetro de pavimento en sus calles de la periferia.

Su confección era rústica y sólo contaba con dos partes. Una, la suela que era de madera dura y resistente, la cual se cortaba y tallaba para tomar la forma del pie del cliente. Dos, el cuero que cubre el empeine -la capellada- dejando afuera los dedos, y que se clava a ambos lados de la suela.

Estos dos recursos eran abundantes y de bajo costo. Eran los tiempos en que los negocios de madera estaban en su apogeo, especialmente las que venían del Alto Sinú y del Chocó. Igualmente los cueros de los vacunos sacrificados no tenían la demanda de hoy día.

La diferencia la hacían los zapateros en la forma en que le daban su toque personal a los zuecos. Por ejemplo, el cuero podía ser tratado, repujado o decorado con pinturas de florecitas de colores, y además adornado con tachuelas de cabezas de diferentes formas. Algunos se distinguían también por usar las llamadas maderas duras, que soportaban el uso y el paso del tiempo sin perder su forma y textura.

A quienes no vivieron esa época les queda difícil entender la popularidad del zueco entre los cartageneros de antaño, ya fueran hombres, mujeres, viejos, jóvenes o niños.


Zueco de madera original europeo.

Hay que hacer una diferencia entre el zueco cartagenero y el zueco original de Europa, que se distinguía por ser un tallado monolítico de un pedazo de madera -de una sola pieza-, en que con paciencia se labraba la forma del pie en su parte interna. Para facilitar el trabajo, se utilizaban preferentemente maderas verdes o blandas.

Hoy el nombre del zueco se sigue utilizando para una línea de calzado femenino con suela de madera suave o fieltro y tacón alto, que tiene dos versiones, una con cubierta de cuero liso para los dedos y el empeine y otra que deja fuera los dedos.





El Regency TR-1 fue el primer radio portátil con transistores.
Fue creado por la Regency Division de I.D.E.A. y Texas Instrument's.

DEL RADIO DE TUBO AL TRANSISTOR

Del sistema de telegrafía sin hilos, que patentó Guillermo Marconi en 1896, nació la radio. Y a partir de los inventos de Tomás Alba Edison en 1880, se creó el tubo al vacío que permitió fabricar aparatos que permitieran escuchar la radio.

El encendido de los primeros radios no era instantáneo como los de ahora, ya que los tubos demoraban unos minutos en calentarse. Por ello, cuando la familia y los vecinos se agrupaban para oír un programa, debían anticiparse a prenderlo para no perder su inicio.

En esos viejos radios se escuchó por las noches la radionovela "El Derecho de Nacer", escrita por el cubano Félix B. Caignet, y que marcó toda una época. En 314 capítulos se narró la historia de una madre soltera, cuyo hijo, Albertico Limonta, le quitan al momento de nacer y ella se convierte en monja. Albertico se convierte en médico y por cosas de la vida le toca atender a su abuelo, que, amargado por la ofensa de su hija, había destrozado sus cañadulzales y mudado a El Vedado de La Habana, sede de la aristocracia de la época..

Otros hitos fueron "El Reporter Esso", el famoso noticiero leído por Marcos Pérez Caicedo, la "Cabalgata Deportiva Gillete", que transmitía los partidos de la Serie Mundial de Béisbol en la voz de Buck Cannel, y la radionovela colombiana "Kadir El Árabe", que tuvo gran sintonía a la 1:30 de la tarde.


Popular modelo de la RCA Victor.

A pesar de las limitaciones técnicas, la oferta de modelos era relativamente amplia. Los había con gabinete de madera en forma de catedral o de capilla. Igualmente, de baquelita o forrados en cuero. Pero los más apetecidos eran los llamados "Transoceánicos", que gracias a su dial de onda corta permitía escuchar estaciones de diversas partes del mundo. La radio cubana fue la que tuvo mayor penetración, ya que la afinidad por el béisbol y la música de la Isla cultivó un grupo grande fieles oyentes.


Radio Zenith Trans Oceanic G 500.

Pero la vida de los radios de tubo llegó a su fin con el invento del transistor en 1948, un semiconductor de silicio que permitió que los radios se prendieran al instante, que no generaran tanto calor y que pudiesen ser utilizados con baterías pequeñas.

Un diminuto radio portátil, que podía ser guardado en el bolsillo de la camisa, fue lanzado el 18 de octubre de 1954. Esta tecnología de los nuevos radios cambió totalmente las costumbres de las gentes. Ya no se tenía que estar pegado a un radio en la sala de la casa para estar al tanto de los eventos. Hasta se presentaron disgustos de las gentes con los locutores deportivos, ya que los asistentes a los estadios de béisbol y fúttbol, principalmente, veían que era diferente lo que se decía con lo que pasaba en la realidad. El apretado partido que se narraba a voz en cuello, no dejaba de ser un encuentro soso y de baja calidad.

El trabajador del campo podía escuchar la radio mientras ordeñaba su vaca o viajaba montado en su burro. La desaparecida Radio Sutatenza y el gobierno nacional financiaron radios transistorizados portátiles para sus estudiantes campesinos del "Bachillerato por Radio", a través de los Almacenes de Provisión Agrícola de la también fenecida Caja de Crédito Agrario, Industrial y Minero.

En un principio, la calidad de estos radios se medía por el número de transistores. En la medida que la tecnología de su fabricación mejoraba, así mismo pasaron de 1 a 2, 3, 4 y más transistores. Ello se debía, a que a mayor número era mejor la calidad de recepción de la señal, y a que en cada nuevo modelo se agregaban detalles que los anteriores no tenían.





Fotomontaje de una carreta tirada por burro con un tanque de 55 galones para recrear la venta de 'gas' en Cartagena.
[Foto original: libro 'Modos y medios de transporte en Cartagena' de Dorothy Johnson de Espinosa]

EL GAS EN CARRETAS DE BURROS

En la década de los 50 las hornillas de leña y carbón fueron sustituidas por la estufa de queroseno -'kerosene'-, un derivado líquido y transparente del petróleo que fue más conocido en Cartagena como 'gas'

Este 'gas' líquido se vendía en carretas tiradas por burros, a las cuales se le adaptaba uno o dos tanques metálicos en los que venían el aceite para automotores y otros productos químicos. Estos tenían dos tapas con rosca en su parte superior, para que al acostarlos se sacara el líquido por la más grande, mientras que por la más pequeña se permitiera la entrada del aire y el líquido no saliera a borbotones. En el lugar que ocupaba la tapa grande se ponía una 'pluma' -llave o grifo- para venderlo a domicilio.


Tanque metálico de 55 galones en que venían el aceite para automotores y otros productos químicos.
[Foto: www.ehowenespanol.com

En el barrio de El Espinal, en el patio de la casa de la esquina del Paseo Bolívar con la calle 35 -la primera que sale a la carretera de Torices-, existió un depósito de 'gas' administrado por el señor Saladén de donde salían diariamente las carretas tiradas por burros con tanques llenos de 'gas' para ser vendidos en todos los barrios de la ciudad.


Estufa de 'gas' con su botellón de vidrio para depósito del combustible.

Las Estufas y Lámparas de 'Gas'

En algunas regiones a las estufas de 'gas' o queroseno se les conoció también como estufas de petróleo. Las más comunes eran de dos puestos, con mechas de estopa graduables y un frasco de vidrio que servía de depósito del combustible.


Botellón de vidrio para depósito del queroseno.

Un modelo posterior y muy popular de estas estufas de 'gas, fue el fogón 'Esso Candela, que tenía la facilidad de ser de un sólo puesto y por lo tanto era portable y se podía colocar en cualquier lugar. Era fabricado en latón y mecha de estopa por la empresa Larco -'Laminados Metálicos & Aire Acondicionado S.A.- de Medellín, quien llegó a producir en la década de los 50 y 60 más de un millón de estos fogones.


El quemador Esso Candela original era fabricado en latón y ha servido de inspiración para diseñar otros modelos, como éste fundido en aluminio que aún se comercializa. Se observa la mecha y el calibrador, que tiene tres posiciones para graduar de mayor a menor la intensidad de la llama.

Por otra parte, unas primeras formas para alumbrar las noches cartageneras fueron los "pabilos" -mechas con cera de abejas silvestres-, los "candiles" -trapos con grasa de pescado u otros animales- y los "mecheros" -de hojalata con manteca colorada-.

Después de éstos, llegaron las bujías esteáricas, un anticipo de las actuales velas. Se diferenciaban en que en las bujías para cubrir la mecha o pabilo utilizaban estearina, un ácido graso sólido -especie de sebo-, mezcla del ácido esteárico y la glicerina. Tenían la ventaja que no ahumaban ni producían olor a rancio.

En la actualidad, la parafina es el elemento más común para fabricar las velas. Pero, quien lo creyera, aún se recomienda mezclar estearina con la parafina para reducir su punto de fusión, hacer velas más duras y resistentes, lo que evita que se doblen, y hacer que la parafina, que normalmente es traslúcida, se torne opaca.


Lámparas de 'gas'. El modelo de la izquierda es el llamado quinqué, fabricado con el depósito y el tubo en vidrio. Los de la derecha son denominados simplemente como lámparas de 'gas', que combinan la estructura metálica con el tubo de vidrio. La del centro es china y la del extremo derecho es alemana marca Dietz.

Pero a pesar de que los materiales para elaborar velas mejoraron notablemente, el 'gas, queroseno o petróleo destilado se volvió muy popular, como un reemplazo más barato y asequible que el combustible de aceite de ballena que se utilizaba entonces en las lámparas. Por ello, las lámparas de 'gas tuvieron su cuarto de hora, antes que el servicio de luz fuera permanente y las mandara al cuarto de San Alejo.

Las lámparas de 'gas' o queroseno tenían dos debilidades. Por un lado, su combustión dentro de las viviendas producía monóxido de carbono, de tal manera que si no había suficiente ventilación se presenta una intoxicación que impedía que la sangre utilizara correctamente el oxígeno y, además, producía daños al sistema nervioso central. Por el otro, el olor era muy penetrante y muy difícil de eliminar, por lo que al contaminar el agua y las comidas con las manos sucias de 'gas' les cambiaba el sabor y había que botarlas.





Caballito de feria sobreviviente que aún cabalga de pueblo en pueblo diviertiendo a los chiquillos.

LOS CABALLITOS

Los niños cartageneros de mediados del siglo XX estuvimos signados por los caballitos, ya que de una u otra manera estos simpáticos personajes estuvieron presentes bajo diferentes formas y escenarios en nuestras vidas.

Por ser una ciudad costera con arrecifes de coral, el mítico caballito de mar -o hipocampo- fue la más grandiosa enseñanza de biología marina en la que se trastocaban los papeles de los padres y el macho de la especie era quien guardaba en su bolsa incubadora los huevos fertilizados, y luego esperaba -a veces hasta 6 semanas- para expulsarlos al momento de la eclosión.


El mítico hipocampo o caballito de mar. [Foto: Wikipedia]

Además, como no existía el concepto de conservación del medio ambiente -o por los menos no se daba a conocer públicamente-, era normal comprar en los bajos del edificio David en la Matuna -en la misma esquina que ocupó Brasilia- ejemplares disecados de caballitos de mar, acompañados de peces globo, estrellas de mar y pedazos de corales.

También nos acompañaron los caballitos de la Ciudad de Hierro, la feria itinerante de maravillas mecánicas, luces de colores y fanfarrias melódicas que visitaba la ciudad para la época de las vacaciones escolares de fin de año, que eran vecinas de las Fiestas del 11 de Noviembre.

Dentro de todas atracciones, los caballitos eran la primera ilusión de los chiquillos cartageneros, que -hipnotizados- miraban la plataforma circular que al girar hacía que los caballitos de madera subieran y bajaran sobre su eje vertical, simulando el galope de los verdaderos equinos.

Pero no eran unos caballitos cualquieras, sino que salían de las manos de expertos artesanos que los esculpían en bloques madera y luego les aplicaban brillantes colores. Además, eran aptos para niños de meses hasta de 100 años, así que era frecuente ver a uno de los padres al lado del caballito sosteniendo sobre la silla a su pequeño retoño.

En otras partes se le conocen por diferentes nombres. Por ejemplo, en Francia se les llama carrusel porque se les vio por primera en la plaza de 'Carrousel'. Y en España lleva el de 'tíovivo', porque -según la leyenda- en tiempos lejanos un supuesto muerto de la peste revivió cuando era llevado a enterrar, precisamente en el momento en que pasaban por el sitio donde tenía instalados sus caballitos. De esa manera al fulano se le rebautizó como el 'Tío Vivo' y a la atracción mecánica como 'los caballitos donde resucitó el Tío Vivo', y que luego se apocopó simplemente en 'tíovivo'.


'Tívivo en Albacete, España. [Foto: albacete-fotos.blogspot.com]

De estos caballitos de feria se ocupó con maestría el poeta español Antonio Machado:

Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera...

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

Los otros caballitos eran los de la subida de La Popa cada 2 de febrero. Allí, al pie del inicio del camino hacia la cima, llevaban unos 'ponis' que servían para tomar fotografías de 'agüita' -o de cajón- a los niños montados sobre ellos.


Ejemplar de poni. [Foto: www.loscaballos.org]

Los caballitos de 'verdá verdá' también eran alquilados para que los niños realizaran paseos guiados, en los cuales el cuidador llevaba al animal por las riendas dando vueltas por las calles aledañas a la iglesia de la Ermita del Pie de la Popa. Eran caballitos mansos, acostumbrados a este trabajo, por lo que era muy segura la diversión.

Al lado de estas pequeñas bestias se veía un espectáculo de mayor tamaño, el de los dueños de fincas que llevaban sus mejores caballos con vistosas monturas y delicados aperos, y que al final de la tarde hacían una cabalgata en honor a la virgen morena de la Candelaria.


El caballito de madera.

Más tarde en la historia, estos 'ponis' fueron reemplazados por los fotógrafos de los parques en unos maniquíes con cuero y forma caballos miniaturas, así como con rodachinas en sus patas. Lo mismo pasó en la peluquería de Jaramillo en la esquina frente a la Catedral, en donde la silla de motilar de los pequeñines se transformó en un caballito de feria para tratar de calmarlos y que se quedaran quietos. Y la sillita alta de madera para sentarse y sonreir, se cambió por un caballito de madera con un balancín como patas.


El 'caballito del diablo'.

Otro animalito que hizo alegre la vida de muchos niños cartageneros fue el 'caballito del diablo', que revoloteaba sobre los patios de las casas para terminar posándose graciosamente sobre los alambres de la ropa. También se le veía cerca de los cuerpos de agua, especialmente en donde había vegetación y las corrientes eran lentas, ya que allí ponían sus huevos. De ellos salían las ninfas, que eran feroces cazadoras de larvas de mosquitos.

Después pasaban a larvas y finalmente a adultos, que se alimentan principalmente de abejas, mariposas, moscas y mosquitos. Sus colores era variados, ya que se observaban -entre otros- azules, verdes, pardos y rojizos.

El nombre real de nuestro 'caballito del diablo' es libélula. En los libros de zoología se explica que aunque ambos pertenecen al orden 'Odonata', son diferentes. La característica que se observa más facilmente para diferenciarlos es que la libélula al posarse mantiene las alas extendidas, mientras que el verdadero caballito del diablo las recoge sobre su abdomen. Pero, aunque eso digan los libros, para los cartageneros las libélulas son simplemente 'caballitos del diablo', algo similar a nuestro alcatraz -con su gran bolsa debajo del pico que llena de peces lanzándose en picada sobre el mar-, y que según las enciclopedias debería llamarse pelícano.


El caballito de palo.

Y que decir del mejor de los inventos, el 'caballito de palo', que con un palo de escoba y unas riendas de cordel amarradas a una de las puntas, permitía correr a todo galope por la sala y el comedor, y a veces por el polvoriento patio de la casa. Para las fiestas este caballito mejoraba y ya traía una cabeza con crines. Los niños hacían posible sus fantasías de los vaqueros del cine, el Llanero Solitario, Roy Rogers, Gene Autry y Hopalong Cassidy.

Finalmente, el recuerdo más dulce también eran los caballitos. Uno era el más tradicional de los dulces cartageneros el 'caballito de papaya', que son cortes longitudinales de papaya verde que se cocinan en agua con canela y azúcar hasta tomar punto, y que luego se entrelazan en porciones del tamaño de un plato de tinto, más o menos.


El delicioso caballito de papaya.

Las expertas en su preparación han sido siempre las palenqueras, quienes además aún las venden -conjuntamente con otros dulces como la alegría y las cocadas- por las calles de los barrios y en las aceras del centro de la ciudad amurallada. Para su transporte utilizan palanganas -que son poncheras grandes de aluminio, llamadas también porcelanas- que llevan en equilibrio sobre la cabeza y que acolchonan con una toalla enrollada.

Otro dulce caballito era el que hacía el señor Sáenz en Torices, en la esquina del Paseo Bolívar con la calle de La Paz. Estos eran de caramelo de azúcar que se echaba sobre un molde y se le ponían unos palitos de madera. Al enfriarse se espolvoreaban con azúcar y se sacaban en unas tártaras metálicas para su venta en el mostrador. Tenían como compañeros a los paragüitas, y entre los dos hacían las delicias a la salida de la escuela.

Bueno, la verdad es que falta un último caballito, ese que le pedíamos a los padres, tíos y cualquier persona mayor, y que era simplemente montarnos a horcajadas sobre sus espaldas cuando se colocaban en 'cuatro patas'.





Alegría de millo, panela, coco y anís.

LA ALEGRÍA

Quizá el pregón más popular y recordado de Cartagena es aquel de 'alegría de coco y aní, caserita cómpreme a mí que vengo del barrio Getsemaní', que competía con el del vendedor de 'griegas' que decía 'es que no me oyen o es que no me ven' cuando la venta estaba mal.

Aquí vale la pena anotar que antes de que los 'gringos' nos descrestaran con sus 'popcorns' -las célebres crispetas o palomitas de maíz que se hacen al reventar el maíz pira-, ya las palenqueras tenían una larga historia haciendo estallar el millo -una especie de sorgo criollo del norte de Atlántico y Bolívar- para hacer las alegrías.

Este millo reventado se mezcla con una miel hecha con panela oscura cocinada con anís y tiritas de coco, para finalmente formar con las manos bolas del tamaño de las del béisbol. Su apariencia final es la de una esfera amarillenta moteada de color pardo en los puntos en los que sobresalen las tiritas quemadas del coco.

Al salir a venderlas, las palenqueras asombran a quienes las miran, ya que no se entiende como una mujer puede cargar y balancear sobre su cabeza una palangana bien grande cargada con dulces y frutas, sin que se caiga y sin que su portadora dé muestras de cansancio.

Uno de los trucos para esta exhibición gratuita de equilibrio es utilizar una toalla enrollada que se coloca entre la cabeza y la palangana, de tal manera que esta última encuentra una superficie más plana que impide el balanceo y además evita el roce directo del cráneo con el aluminio. Pero lo más impresionante es cuando las veteranas caminan rápidamente sin agarrar la palangana.

Después de la emancipación de los negros palenqueros de San Basilio, su primer destino fue Cartagena, en donde fundaron Chambacú. Los varones contribuyeron en obras como el ferrocarril de Calamar, mientras que las mujeres por su parte se dedicaron principalmente a la venta callejera de frutas y dulces en palanganas, y hasta de mondongo en las viejas latas del aceite vegetal sobre la cabeza.

Pero las palenqueras no se contentaron con este único destino, así que a través de los años fueron haciendo presencia en las capitales de la costa Caribe y algunas llegaron hasta Bogotá, Bucaramanga, Leticia y Pasto para preparar y vender la alegría -con el mismo pregón de 'alegría de coco y aní'- y los otros dulces como las cocadas y los caballitos, mientras los hombres se quedan para cuidar de la familia.

Volviendo al principio, en Cartagena la costumbre -tanto en la casa como en los sitios públicos- ha sido reventar el maíz pira con un poquito de mantequilla y sal para comerlo así, sin ninguna clase de preparación.

Lo que poco se sabe es que también se puede hacer una especie de alegría con las crispetas, que en otros países llaman palomitas acarameladas. Basta con preparar una miel igual o similar a la reseñada arriba, poner a reventar el maíz pira y luego hacer la mezcla. Se pueden usar moldes para darles diferentes formas, o simplemente dejar que la masa se enfríe un poco para consumirla. No sobra advertir que el manejar tanto las palomitas de maíz como la miel calientes requiere de habilidad y cuidado, para evitar lesiones por quemaduras.

Finalmente, una advertencia. Las palenqueras sostienen que ellas tienen el secreto para hacer la miel en el punto exacto, sin que se queme o cambie de sabor. Así que quienes quieran hacer sus alegrías -con millo o con maíz-, lo hacen bajo su propia responsabilidad y riesgo.





Pedazo de maretira, tusa u olote.

LA MARETIRA

Quizás no haya un nombre más cartagenero que el de maretira, con el cual se designa a la mazorca pelada, es decir después de quitarle las hojas y desgranarla. La mazorca es la parte reproductiva femenina de una planta de maíz.

Las siguientes explicaciones pueden parecer un galimatías, pero hay que darlas.

En otras partes, al corazón de la mazorca sin granos se le dice tusa. Y aquí en Cartagena la tusa viene a ser el capacho u hoja que envuelve la mazorca. Mientras que en términos científicos a ese capacho se le llama bráctea, la maretira viene a ser un tronco.

En México -cuna del maíz-, a la mazorca tierna se le dice elote, y a la mazorca sin hojas y sin granos -la maretira-, se le llama olote. Entretanto, con Guatemala se tiene la coincidencia de llamar tusa a la hoja de la mazorca, pero a la maretira también la denominan olote, igual que en México.

La maretira tuvo muchos usos en épocas pretéritas, tal como combustible en lugar de la leña, así como alimento de burros y cerdos pero con un poco de melaza de caña. También servía -forrada con sus mismas hojas- como tapón de botellones de boca ancha, de los barriles de madera para trastear el agua en burros y de los calabazos para hacer suero costeño.


Calabazo con suero, tapado con maretira.

Toneles para agua que se tapaban con maretira.
[Foto: Historia del transporte en Cartagena, Banco de la República]

Pero el uso más desconocido y curioso fue el de hacer la función del papel higiénico, de tal manera que las piladoras de maíz tenían una gran demanda de las maretiras para uso hogareño. Igual de curiosa es la forma como 'Wikipedia' relata esta función sanitaria del olote -sí, de la maretira-, y señala que 'otra de las noblezas del olote, es que puede sustituir en situaciones de emergencia el uso del papel sanitario, toda vez, que debido a sus propiedad exfoliadoras, es útil para la limpieza después de excretar las heces, ofreciendo además la triple función, dado que limpia, rasca y peina'.

Finalmente se debe reconocer la vigencia que también tuvo la maretira en el vecino municipio de Arjona, en donde uno de sus arroyos lleva ese nombre, lo mismo que un conjunto musical del maestro José Adán Arnedo Lara, el cual fue conocido en los años 30 del siglo pasado como el Sexteto Maretira.





Portadas de las 'novelitas de vaqueros'.

LAS NOVELITAS DE VAQUEROS

Nunca en Cartagena se había disparado tanto la lectura como en la década de los 50 del siglo XX, con la aparición de una serie de 'bolsilibros' que narraban las historias del lejano oeste norteamericano. Se les conoció genéricamente como 'novelitas de vaqueros' y en cada una un héroe -de más de 6 pies de altura y con 2 pistolas Colt 45 con las que disparaba desde las fundas- resolvía los diferentes problemas que se presentaban por las disputas de tierras entre los granjeros o por las bandas de forajidos que azotaban a las poblaciones.

Los personajes eran los mismos de la películas del género que vimos salidas de Hollywood: el 'sheriff' con su placa, el rico hacendado, la bonita hija del hacendado, los peones de las haciendas, la taberna y el tabernero donde se bebe y se juega, los viajeros que llegan en las diligencias, los forajidos que asaltan las diligencias, el banquero y el banco que va a ser asaltado y el pistolero que viene a retar al héroe, entre otros.

En Europa estas 'novelitas de vaqueros' sirvieron de estímulo para las películas del oeste, ya que muchos de los títulos publicados fueron llevados a la pantalla grande. Se filmaron en las versiones españolas -las 'chorizo western'- e italianas -las 'spaghetti western'-. De estas últimas son muy recordadas en Cartagena la llamada 'Trilogía del Dólar' -'Por un puñado de dólares', 'Por unos pocos dólares más' y 'El bueno, el malo y el feo'-, todas con Clint Eastwood, así como 'Django', con Franco Nero, quien tiene un hijo en esta ciudad.

Los ejemplares no pasaban de las 100 páginas -del tamaño de un cuarto de hoja-, así que eran devoradas en un santiamén por los cientos de fanáticos que tenían en los diferentes barrios de la ciudad. Era tal la ansiedad y velocidad de lectura, que el bolsillo no podía llevar el mismo ritmo en su compra, ya que si bien eran relativamente baratas pasaba como con la producción de huevos, que uno no daba ganancias, pero miles sí eran negocio. Una novelita se podía comprar, pero 30 cada mes era difícil.

Así que entonces surgió la reventa e intercambio de las novelitas leídas. El punto de encuentro era en los bajos del edificio Araújo, junto a la puerta de entrada, en el pasaje entre las avenidas Venezuela y Daniel Lemaitre. Allí -en un puesto de revistas y libros de segunda- se podía venderlas, comprarlas o simplemente cambiarlas por otros títulos que no se habían leído. Las compras de las usadas tenían un valor sensiblemente menor que las nuevas y por el intercambio se pagaban apenas unos centavos. Aunque se hacía, era mucho menos frecuente el canje directo entre los lectores.


Portadas de las 'novelitas de vaqueros'.

En esos tiempos en Cartagena no había expendios oficiales de las novelitas nuevas, entonces la mayoría eran compradas en Barranquilla -que contaba con la Librería Nacional, que fue fundada en esa ciudad en 1941-, en donde se encontraban diversidad de autores, títulos y series. Otros las conseguían en sus viajes a Bogotá. Los lectores las compraban en buena cantidad y luego las revendían usadas a los libreros, como el del edificio Araújo.

Estas 'novelitas de vaqueros' fueron impresas inicialmente por la editorial española Bruguera, que tenía entre sus autores nombres reconocidos como Keith Luger, Silver Kane, Lou Carrigan, Clark Carrados, Frank Caudett y Donald Curtis. Y entre ellos dos con nombres castizos, Fidel Prado y el superexitoso Marcial Lafuente Estefanía. Además, venían en diferentes series que daban una idea anticipada de la trama de sus novelas, como Ases del Oeste, Arizona, Bisonte, Búfalo, Colt 38, Cuatreros, Héroes de la Pradera, Rurales de Texas, Salvaje Texas y Vaquero, entre las que recordamos.

Eran ediciones en papel barato y encuadernación sencilla, escritas en un lenguaje descriptivo y directo que facilitaba la lectura y mantenía el interés de principio a fin, de tal manera que se leían de un tirón. Fue tan bueno el negocio para las editoriales -ya que se vendían como pan caliente-, que ampliaron su oferta con otros géneros -como las de policías y detectives-, en los cuales participaron también novelistas de vaqueros como Keith Luger.

Muchos lectores tenían cierto recelo por las de autores con nombres españoles, así que preferían la lectura de los que eran anglosajones, como los referidos arriba. Pero lo que no se sabía en esos tiempos era que todos estos escritores eran españoles, pero que asumían un seudónimo con nombres y apellidos 'gringos' para que los lectores sintieran que quienes escribían eran nativos norteamericanos y estaban bien compenetrados con las historias de la conquista del viejo oeste.


Antonio Vera Ramírez -'Lou Carrigan'- y Marcial Lafuente Estefanía.
[Foto: Editorial Bruguera]

Así -por ejemplo-, 'Silver Kane' era Francisco González Ledesma, 'Keith Luger' era Miguel Oliveros y 'Lou Carrigan' era Antonio Vera Ramírez. Pero ahí no terminaba todo, ya que el mismo nombre de Marcial Lafuente Estefanía se convirtió en un seudónimo bajo el cual -además del padre- escribían igualmente sus hijos Francisco María y Federico María Lafuente Beorlegui, aún después de su muerte.

En una entrevista, Francisco González Ledesma -'Silver Kane'- reconoce que la editorial Bruguera le dijo que se buscara un seudónimo 'porque con un apellido como González nadie se iba a creer una novela del Oeste'. Por eso hay que destacar el éxito de Marcial Lafuente Estefanía, quien nunca acogió la recomendación de su editorial y siguió utilizando su nombre hispano hasta el fin de sus días.

Lo que queda en el aire fue la manera de cómo se concilió la escritura por parte de novelistas españoles con las formas idiomáticas del grueso público hispanoparlante de América -incluidos Estados Unidos y Canadá-, que era el objetivo de las editoriales. Tengamos en cuenta que el español utiliza el 'voseo' -vos, vosotros, vuestro-, así como palabras -'hostia' y 'tío'- y frases típicas de esa cultura, lo que nunca se vio en estas novelas llegadas a Cartagena. Pudo ser que las editoriales les exigieran escribir en lenguaje neutro o universal, o que utilizaran a expertos para adecuar los textos.

Lo cierto es que cuando se creía que las 'novelitas de vaqueros' eran escritas en lengua inglesa por autores norteamericanos, la sensación era que los traductores al español habían acertado en el tono y en el uso preciso de los términos y formas coloquiales de quienes hablamos este idioma en América. Ahora pienso en lo tonto que fuimos.





Momento del bautismo católico.

EL PADRINO PELÓN

Una de las costumbres de la Cartagena de mitad del siglo XX que aún se recuerda -pero no se si todavía se practica- es la tirada de monedas por parte de los padrinos de bautismo a la salida de la iglesia.

Se entiende que es una herencia española, en la que se quiere simbolizar que su ahijado tendrá abundancia de riquezas y que no le va a faltar nada en el futuro.

Por ello, la noticia del nombramiento del padrino llevaba implícita tanto la responsabilidad inmediata de conseguir una buena pinta para el día de la ceremonia, la de comprar el regalo para el futuro ahijado y la de buscar las monedas -y a veces billetes de baja denominación- que debía regalar al público después de la ceremonia.

Como era difícil que los bancos hicieran el cambio por monedas, el mejor aliado del padrino era la tienda del barrio, a cuyo dueño o dueña se contactaba para que hiciera el favor de guardar el menudo y se les dejaban los billetes que se iban a cambiar.

En términos de género, esta era una actividad netamente machista, ya que estaba reservada únicamente al padrino. Es decir, que la madrina estaba excluida de hacer este tipo de regalo a los acompañantes del bautizo.

Por supuesto, los chicos de los barrios -como conocedores de esta rentable costumbre- tenían como actividad prioritaria el estar los sábados por la tarde en la iglesia de su parroquia en que se celebraba el rito del bautismo católico. Ellos no participaban en ninguna de las actividades dentro del templo, ya que su papel era el de ser receptores de los monedas del padrino.

Era una situación curiosa y ambivalente, ya que si el padrino creía en la costumbre del regalo para el bienestar futuro de quien recibía el sacramento, esperaba que la muchachada estuviese esperando en la puerta la salida del nuevo cristiano con sus padrinos y familiares para tirar al aire en abanico las relucientes monedas. La soledad era su peor escenario.

Pero si, por el contrario, el padrino lo hacía por compromiso o era muy duro -tacaño-, entonces deseaba que ese día lloviera o que los jóvenes estuviesen en otra parte jugando tapita o béisbol.

Al final, si el padrino era dadivoso, después de ser recogidas las monedas -y de pronto unos billetes de a peso- recibía fuertes aplausos y unos cuantos vivas. Pero si no había monedas al salir de la iglesia -o eran de pronto unas cuantas- el coro decía a todo pulmón: ¡padrino pelón!





La cajetilla del 'Mapleton' era la más cotizada.

LAS CAJETILLAS DE CIGARRILLOS COMO DINERO

Esta nota no pretende fomentar el uso del cigarrillo, que de acuerdo con las autoridades sanitarias produce problemas graves de salud como cáncer, infarto del corazón y derrame cerebral. Se publica para dejar constancia de una de las costumbres de los habitantes de nuestra ciudad en la mitad del siglo XX.

Hay que hacer claridad desde un principio que el uso de este tipo de dinero estaba reservado únicamente para el pago de apuestas en los juegos, ya fuera los de mesa como la lotería, el ludo o la pirinola, o de campo como la bolita de uñas o el trompo.

Y aunque parezca a primera vista una actividad arcaica y propia de mentes infantiles, en realidad fueron unos de los precursores de los nuevos medios de pago de los mundos virtuales que se crean hoy día en Internet.

Esto se podía hacer en Cartagena porque su ubicación de puerto internacional permitía el ingreso del mayor número de marcas de cigarrillos que se producían en el mundo occidental.

Las cajetillas se despegaban, se doblaban y se aplanaban hasta que tomaran la forma de los billetes, tras lo cual se organizaban en un fajo de acuerdo con su valor, el cual tenía relación directa con la cajetilla base que era la del tradicional cigarrillo 'Pielroja', de tabaco negro colombiano.


Había en el mercado nacional otros cigarrillos, pero en el gusto popular que consumía tabaco negro el 'Pielroja' era el preferido, y aunque se promovían otras marcas muy pronto desaparecían. En cuanto a los cigarrillos extranjeros, se tenía en cuenta su procedencia, el diseño de la cajetilla, el gusto entre los fumadores y otros juicios subjetivos, para darle unos puntos sobre el valor base.

La consecución de las cajetillas era a través de una red de reciclaje. Es obvio que el consumo de cigarrillos en la casa del jugador no daba para mucho. Por eso había que valerse de las tiendas de barrio que vendían cigarrillos al menudeo, en las que se pedía que la 'ñapa' por las compras se diera en las cajetillas vacías. Lo mismo se negociaba con los 'chaceros' que vendían cigarrillos al menudeo en las entradas de los cines. También participaban los familiares y vecinos, que colaboraban así en la promoción de los juegos infantiles. E incluso había algunos jóvenes que hacían esa recolecta en otros sitios como los bares, para luego venderlas por algunas monedas a los pequeños jugadores.

Hay que anotar que en esa época la mayoría de las cajetillas eran las de papel en que venían el 'Pielroja' y los cigarrillos rubios sin filtro como el 'Lucky Strike'. Cuando comenzaron a llegar las de cartón, algunos grupos de jugadores puristas no las aceptaban, mientras que otros las consideraban como si fueran dólares.


Ronald Reagan, el exactor y expresidente de USA, fue figura central en la promoción de Chesterfield.

El 'Lucky Strike' era el más abundante de la lista, que se cotizaba en unos cinco 'Pielrojas'. Este cigarrillo, de tabaco rubio y sin filtro, era el preferido por los mejores fumadores de la ciudad. Se buscaba el que venía de Panamá, por ser los más frescos en el mercado. Tal era el control, que se apuntaban las series numéricas que traían las pacas de cigarrillos para exigir que fueran de los más recientes.

Un punto por encima de la cotización del 'Lucky Strike' estaban el 'Camel', el 'Philip Morris' y el 'Chesterfield', también de tabaco rubio y sin filtro. Este último tenía también gran popularidad porque muchos de los artistas de cine de Hollywood salían en sus propagandas -como Rita Hayworth, Glenn Ford, Bob Hope, Ronald Reagan y Gregory Peck-. A este grupo también pertenecían el 'Wiston', el 'Viceroy' y el 'Pall Mall', pero circulaban menos.


Gary Cooper promueve el Lucky Strike de cajetilla verde de antes de la 2da. Guerra Mundial y la legendaria Hedy Lamarr lo hace con la blanca que conocemos hoy.


El rey del rock Elvis Presley era la imagen de Winston, mientras que el eterno vaquero John Wayne lo era de Camel.

Después llegó la moda de los cigarrillos con filtro, de los cuales el más apetecido fue el 'Marlboro', el de la publicidad del vaquero rudo arreando ganados y costaba diez 'Pielrojas'. Cerquita estaba el 'Kent', que era considerado 'señoritero' y por eso su cotización bajaba a nueve. Y el último en aparecer fue el 'L&M', que se recibía por ocho.

Después venían una serie de cigarrillos con filtro, pero mentolados, cuya insignia fue el 'Kool'. Aunque muy apetecido, tenía la mala fama de causar impotencia e infertilidad por el mentol que le aplicaban a sus filtros. Por eso, costaba apenas ocho 'Pielrojas'. Por debajo del anterior estaban el 'Salem' y el 'Newport', que apenas valían siete.

Un cigarrillo que se cotizó bastante fue el 'Parliament', que por su nombre sonoro italianizado, su fama -se decía que se vendía en todo el mundo- y su escasa cantidad en el mercado, llegó a valer hasta doce 'Pielrojas'.

Pero el que batió la marca de cotización fue el 'Mappleton', un cigarrillo que tenía la particularidad de tener un delicioso olor a chocolate, aunque muchos de los que lo fumaban decían que no lo sentían. Por esto, por lo diferente de su cajetilla y especialmente por su valor real, llegó a cotizarse hasta en quince 'Pielrojas'.

Es bueno señalar que el valor de cada marca de cigarrillos no era una cotización de fumadores expertos, sino de jugadores infantiles. Además, en cada barrio -y a veces en cada cuadra-, estos valores diferían y tenían que ser negociados entre los grupos de jugadores.

'Pielroja': Base
'Lucky Strike': 5
'Camel': 6
'Philip Morris': 6
'Chesterfield': 6
'Wiston': 6
'Viceroy': 6
'Pall Mall': 6
'Salem': 7
'Newport': 7
'L&M': 8
'Kool': 8
'Kent': 9
'Marlboro': 10
'Parliament': 12
'Mappleton': 15

Cuando alguien se presentaba con una cajetilla de cigarrillos que nadie conocía, entonces entre todos se ponían de acuerdo para establecerle un valor. De esta manera, después de cotizado podía circular sin restricciones en el grupo.

Dentro de los jugadores había también quienes coleccionaban las cajetillas de cigarrillos para colgarlas en la pared de su cuarto, junto a los banderines de los equipos deportivos, las gorras de béisbol y las fotos de las artistas de moda. Cuando ellos veían en las manos de otro jugador alguna cajetilla rara en buen estado, ofrecían un valor superior para hacer el cambio.

Las cajetillas de cigarrillos no eran el único medio de pago alterno, ya que los botones de las camisas y los pantalones -no había las cremalleras o 'zipper'- también entraban en este universo comercial. Y a veces sobrepasaban la órbita de su uso en los juegos infantiles, para también poder comprar trompos, bolitas de uña y barriletes, entre otros

Una última observación es que la presentación y características actuales de los cigarrillos que aún subsisten han variado tanto que pueden no corresponder con las que hemos narrado aquí.





El ron Tres Esquinas fue la evolución del ron blanco de la Industria Licorera de Bolívar, también llamado popular, 'Bolívar parao', 'tornillo' y 'gordolobo'.

LOS PASANTES DEL TRAGO

En los tiempos del medio siglo XX, el tomar licores era una ceremonia completa que incluía los pasantes, es decir un acompañante que suavizara el fuerte sabor de los destilados alcohólicos de esa época.

Antes del siglo pasado, la industria de la destilación de aguardiente de caña era realizada por particulares en las diferentes provincias, bajo la lupa del gobierno que cobraba sus impuestos. Cuando se pasó el monopolio de los licores a los departamentos, en el nuestro se creó la Industria Licorera de Bolívar, cuyos productos eran los anises de coco y naranja, reconocidos por sus botellas gruesas y labradas que después servían para tareas hogareñas tal como rociar agua sobre la ropa para planchar.

Más tarde, comenzó a destilarse el ron popular -sin agregarle anís-, que fue llamado 'Bolívar parao' por su etiqueta con la efigie del Libertador de pie y con la espada en alto. Después lo envasaron en una botella que por la forma en espiral del cuello se conoció popularmente como 'ron tornillo' y que se protegía con un cucurucho de estera.

En la costa Caribe la licorera del Atlántico también producía ron blanco, y por coincidencia las gentes en ambos departamentos también les llamaban 'gordolobo'. Dice la tradición oral que tal nombre se derivó del parecido del líquido con la ginebra Gordon's que tenía en la etiqueta un animal parecido a un lobo, lo que se apocopó en 'gordo-lobo'.


Etiqueta de la ginebra Gordon's en donde se aprecia el dibujo de un jabalí que las gentes de Atlántico y Bolívar decían que era un lobo. Por ello al comparar el ron blanco con esta bebida lo llamaron 'gordolobo'.

De otro lado, algunos particulares siguieron fabricando el llamado 'ñeque' o 'chirrinche' -este último vocablo llegado de la Guajira-, que era un ron preparado clandestinamente en alambiques de cobre y que se conseguía fácilmente -entre otros- en la peluquería de 'Ojito' en San Diego.

De igual forma, la Industria de Licores de Antioquia comenzaba su ofensiva de llevar su aguardiente tradicional a otras regiones del país, que es anisado al igual que los de otros departamentos del interior.

Por ello, se deben dividir los pasantes en dos grupos. Para el caso de los aguardientes -los anisados de Bolívar y el de Antioquia- se utilizaban para acompañar cada trago la leche hervida -en esos tiempos no había leches pasteurizadas, ni larga vida-, y trocitos de tomate, cuadritos de queso costeño y aros de cebolla morada cruda -la cebolla blanca no estaba en el panorama -, bañados con limón o vinagre.

Otros imitaban la pizca de sal en el pliegue de la unión de los dedos índice y pulgar con que se tomaba el tequila en las películas mexicanas. Y el más común de los pasantes, que eran los trozos de limones cortados con cáscara.

Aquí un paréntesis para comentar la extrañeza que se manifiesta al contar sobre el uso de la leche como pasante del aguardiente, pero es muy conocida una mezcla de whiskey irlandés con crema de leche llamada 'Baileys Irish Cream'. Igualmente, es muy antigua la fabricación de los 'ponches' a base de ron, leche, huevo y azúcar.


El coco biche fue el pasante por excelencia para el ron blanco, popular, 'Bolívar parao', 'tornillo' o 'gordolobo'.
[Foto: Wikipedia]

Para el ron blanco -y más adelante en el tiempo para su sucesor, el ron Tres Esquinas-, el coco era el acompañante obligado. Una forma era mezclar una botella de licor con un cuarto de agua de coco biche y guardarlo en la nevera para comenzar a tomarlo frío. Y otra era cortar en cuadritos la carne del coco para masticarlos después de tomado el trago.

De estas formas básicas fueron apareciendo otras menos comunes. Por ejemplo, algunos le echaban al ron pastillas de 'chiclets' de menta, el cual dejaban que se diluyera durante un buen tiempo tanto para darle un sabor más suave al trago como para tratar de evitar el tufo a ron. En esta misma línea estaban los que le echaban bolitas de tamarindo, o solamente su fruto descascarado.

Hubo también quienes mezclaban el ron blanco con Coca-Cola y hielo y le ponían una rodaja de limón en el borde del vaso, lo que se conocía como 'Cuba Libre'. Otros simplemente utilizaban las bebidas cremasoda y naranja de la fábrica de gaseosas Román para pasar la bebida. Y, además, estaban quienes también hacían limonadas para el mismo fin.

Tampoco faltaron los que se aprovisionaban de mamones, ciruelas biches, corozos, trocitos de piña y cuadritos de mangos verdes.

Se dirá que hubo exageración en el uso de los pasantes, pero la verdad era que los licores eran tan fuertes que en las reuniones las mujeres gozaban con la cara que ponían quienes se tomaban el primer trago de la jornada. Claro, que a medida que el alcohol hacía su efecto se iban olvidando de los pasantes y golpeaban con mayor rapidez en la mesa para que se sirviera la siguiente ronda.





En el 2011 las 'reinas' se bajaron del avión directo a la ciudad sin que nadie las saludara.
[Foto: El Universal]

LA LLEGADA DE LAS REINAS

La década de los 50 del siglo pasado fue la de mayor apogeo del Concurso Nacional de Belleza. Y dentro de sus actividades, 'la llegada de la reinas' al antiguo aeropuerto de Crespo era algo que hoy muchos pueden no creer.

Esto tuvo como escenario la antigua edificación del aeropuerto, que quedaba enfrente del actual campito de sóftbol en la carrera 3ª entre las calles 71 y 72. Era pequeño y la espera de los pasajeros se hacía en un mirador de la cafetería del segundo piso, pegados a una baranda de cemento.

Entonces, para 'la llegada de las reinas' -como era llamado por las gentes este encuentro-, se habilitaba además un terreno enmallado sobre la parte izquierda de la edificación por donde entraban diariamente los vehículos de transporte de mercancías y de trabajadores. Era un espacio grande que llegaba hasta la actual iglesia de Cristo Rey, y por donde se ingresa a la estructura actual del aeropuerto Rafael Nuñez.

Aunque por lo general los aviones que traían a las 'reinas' de acuerdo con su origen geográfico aterrizaban después de media mañana, para las amas de casa, las muchachas del servicio, los estudiantes en vacaciones de fin de año -en Cartagena los colegios siempre salían antes de las 'Fiestas del 11 de Noviembre'- y todos lo que estaban libres, era un reto llegar desde temprano al aeropuerto para coger los mejores puestos.

Ese día los buses de Torices-Crespo demoraban menos entre cada turno, y hasta la ruta de Torices- Daniel Lemaitre -la del Paseo Bolívar- modificaba su trayecto para llevar los pasajeros hasta el aeropuerto. Claro, que muchos de los jóvenes hacían de esto todo un 'tour' y se la tiraban a pie, algo que no les era desconocido ya que también lo hacían para la 'Fiesta de La Popa' -la de la virgen de La Candelaria- y para el 'Bando del 11 de noviembre'. De tal manera que el día de 'la llegada de las reinas' era un espectáculo ver las filas interminables de personas rumbo a su infaltable cita anual. Hay que recordar que no existía la avenida Santander, pero ya era posible pasar fácilmente en verano con camionetas del Cabrero a Crespo por la playa de Marbella.


Antiguo aeropuerto de Crespo en 1966.
[Foto: Cartagena de Indias Fotos de Antaño]

A pesar de que era en tiempo de verano y el cielo estaba abierto y el sol era canicular, nadie se desanimaba, así que se buscaba la ropa más fresca, se sacaban las sombrillas del closet y los hombres se ponían las populares gorras de béisbol y las mujeres sus pavas. No había venta de agua en bolsitas o botellas plásticas como hoy, así que muchos la llevaban en los termos o las cantimploras.

Y, además, al aeropuerto llegaban esa mañana las carretillas del 'raspao', los carritos de tres ruedas del 'popsicle' -la paleta-, los vendedores de frutas de temporada y los 'chaceros' con su provisión de cigarrillos, 'chiclets', frunas, salvavidas y barras de maníes y chocolates. Tampoco faltaba el de los maníes calientes y salados, que utilizaba un pequeño fogón hecho de una lata de galletas -de las cuadradas- con su respectiva manija de alambre dulce, en cuyo interior llevaba carbón encendido y los paqueticos iban en la parte superior.

Cuando llegaba cada uno de los aviones, los organizadores del reinado se encargaban de informar qué 'reinas' venían en ellos y permitían que luego de bajar por las escalerillas desfilaran ante el público asistente. En este primer encuentro cara a cara de las 'reinas' con el pueblo permitía crear un favoritismo que por lo general se ratificaba la noche de elección y de coronación. Había el convencimiento de que el pueblo no se equivocaba.

Por ese fervor y cercanía de las 'reinas' con el pueblo en su llegada hizo que los cartageneros sintieron que el reinado estaba ligado a las 'Fiestas del 11 de Noviembre', y por ello su desfile en carrozas durante el Bando era aceptado, aplaudido y festejado entre disfraces, buscapiés y 'ron tornillo' -el ron popular o blanco, ya que el 'Tres Esquinas' no existía-.





Detalle del cuadro 'La Bruja de Lancashire' montada en su escoba, obra de de John Gilbert.

LA BRUJA MAYEYA

Uno de los mayores recuerdos de los niños y jóvenes de mediados del siglo XX, fue la 'Bruja Mayeya'. Lo irónico del caso es que nadie la vio ni hay registros fotográficos de ella, pero sin embargo fue capaz de meter tanto miedo a las gentes que llegaron al extremo de recoger a los niños más temprano que de costumbre, para que no cayeran en las garras de la bruja.

En la prensa y radio locales se hizo eco de la presencia en Cartagena de la 'Bruja Mayeya', a quien se le achacaban hechos que nunca fueron probados, pero que las gentes decían y juraban que habían sucedido. Fue tanta la creencia en los supuestos maleficios de este personaje, que se creó un temor colectivo que impedía la realización -por ejemplo- de actividades o fiestas nocturnas para que no se apareciera la bruja. La simple mención de su nombre, llenaba de miedo al más valiente.

Pero así como crecía la fama de la bruja, también se multiplicaban las explicaciones de la presencia en Cartagena de este ser fantasmal. La más razonable fue la de alguna autoridad que señalaba a los contrabandistas -cuya actividad era aceptada por la sociedad de la época- como los creadores y animadores de esta leyenda para que los habitantes de la ciudad se refugiaran en sus casas y no se dieran cuenta del transporte por la calles de las mercancías que venían por mar desde Panamá y las islas del Caribe.

Sea cierta o no esta explicación lo que sí es verdad es que muchos aprovechaban para visitar burdeles o a sus amantes, sin que nadie se diera cuenta y los 'chiviaran'. Lo mismo que aquellos que robaban en las casas o negocios, y tenían vía libre para trasladar y ocultar el resultado de sus fechorías.

Recordemos que la Cartagena de entonces tenía una precaria red de alumbrado público y la energía era provista por la planta eléctrica de Manga -a la bajada del puente Román, aledaña al Club de Pesca-, principalmente al Centro, San Diego, Getsemaní, Manga y Pie de La Popa. Así que una ciudad con calles en penumbra y zonas totalmente oscuras hacía posible que este tipo de leyendas fueran factibles.

Con excepción de las notas periodísticas, en la historia oficial escrita de Cartagena no se encuentran referencias a este episodio, pero así como se dice de la creencia en las brujas, de la 'Bruja Mayeya' también se puede apuntar de que existió, existió. Tan es así, que de acuerdo con la prensa nacional ella hizo presencia en otras zonas del país, tal como la referencia a una aparición en la lejana Popayán. Y en el blog de la Casa de la Cultura de Chirigodó también hay una referencia a ella y señalan que 'la  India Mayeya fue un mito traído de la costa atlántica, el cual causó revuelo en su época'.





La típica tienda de barrio en esquina.

LA TIENDA DE BARRIO

Por lo general, la tienda de barrio hacía parte de la casa de habitación del propietario -preferencialmente en esquina- y constaba de un mostrador y unos anaqueles adosados a la pared, todo en madera. Como no existían las neveras eléctricas y la de gas eran muy caras, las usadas eran de madera recubiertas de láminas lisas de zinc, y para conservar el hielo se les echaba cáscara de arroz o viruta de madera. Allí se enfriaban las gaseosas Román y bebidas caseras como avena y orchata -de ajonjolí- envasadas en botellas de 'ron tornillo' y taponadas con corcho.

Vale recordar que para tomar agua fresca en los hogares, se instalaba en un rincón del cuarto una tinaja montada sobre un mueble de madera llamada tinajera. Como el agua no era tratada, se le quitaba la materia en suspensión mediante el uso de alumbre o penca de sábila.

Las compras en las tiendas eran al menudeo. El primer rito de cada día era enviar por la compra para el desayuno, que consistía en leche cruda, pan, queso y huevos. Como en esos tiempos la leche era cruda y envasada en cántaros, había que calentarla pero con el ojo abierto para que al momento de hervir no se derramara. Se recuerda que sólo a finales de los 60 se fundó en Cartagena la empresa Lechería Higiénica S.A. -más conocida por la sigla de 'Lesa'- que la vendía ya pasteurizada y en envases de vidrio con tapas de papel de aluminio.

Se recuerdan los famosos 'compuestos' para preparar las comidas. Uno era el 'compuesto verde' que llevaba preferencialmente pedacitos de hojas como lechuga, repollo, cebollín y otras verduras de temporada. Y el otro, el 'compuesto seco' que contenía especies como clavo de olor, comino, achiote y pimienta. Estos 'compuestos' eran empacados en pedazos de papel de envolver, más o menos de media hoja carta, que se doblaban primero por la mitad y luego sus bordes se envolvían con los dedos a partir de ambas esquinas hasta tomar la forma de una empanada.

También se vendía la panela en pedazos, para lo que se utilizaba una guillotina clavada al mostrador de madera. La manteca de cerdo era sólida y se recogía de la lata con un cuchillo de cocina y luego se raspaba sobre un pedazo de papel de envolver doble. Cuando se fundó en Cartagena la fábrica de grasas vegetales La Suprema, las tiendas la compraban en latas pero el cliente debía llevar su propio recipiente para despacharle la cantidad que necesitara.

El menudeo también funcionaba para el aseo personal. Eran muy famosos los productos para el cabello, como brillantinas y fijadores, que se guardaban en pequeñas bolsitas de celofán que se pegaban en unos cartones rectangulares, y que a su vez se colgaban de las paredes del local.

Para lavar la ropa, era costumbre utilizar el polvo 'azul' para dejarla más blanca, y almidón en polvo para hacerla más fresca y tiesa al plancharla. Estos productos se conseguían igualmente en la tienda en estos envases más pequeños y baratos.

El jabón para lavar venía en barras de forma rectangular, y la venta también se hacía por pedazos cortados con un cuchillo. Vale anotar que en las casas estas barras eran golpeadas después con un mazo hasta volverlas una bola. Por ello, más adelante surgió la novedad de la venta del jabón para lavar en bolas.

La costumbre era enviar a los niños de la casa a hacer el 'mandado' en la tienda, por lo que los dueños de éstas se inventaron dar un aliciente para que regresaran. Esto se conoció como la 'ñapa', que tenía diferentes normas según el propietario. En algunas tiendas daban directamente un casquito de panela, un pedacito de queso o una punta de platanito manzano. En otras se anotaba cada visita en un cartón, que después se convertía un regalo más grande.

Pero la institución más importante de las tiendas era el 'fiao'. Cuando la familia tenía 'crédito', simplemente se solicitaba el producto y se decía la frase mágica de 'mi mamá que se lo apunte'. De esta manera las tiendas colaboraban en la estabilidad de la economía familiar y de paso creaban un indisoluble lazo comercial. Al final del mes, cuando se recibía el sueldo, se pagaba la deuda y el juego continuaba.





Cepillo para el 'raspao'.

LA CARRETILLA DE 'RASPAO'

Si hubo algo que identificó a la Cartagena de mitad el siglo XX fue la carretilla de 'raspao', que era hecha en madera, rematada por un techo para protegerse del sol y de la lluvia, y con un depósito en la parte baja para guardar el hielo, revuelto con cascarilla de arroz para que se conservara. Tenía tres ruedas forradas con tiras de llantas de carro y su fuerza motriz era el vendedor de 'raspao'.

Además, contaba con una plataforma a media altura forrada en zinc para raspar el hielo, y al frente y a los lados de ésta los lugares para insertar las botellas de vidrio de las 'esencias'. Su arma era el 'cepillo', con un cuerpo rectangular y una tapa con pasador que ocupaba la parte superior y delantera -todo en metal-, además de una hendidura en la parte inferior con una cuchilla de acero que se podía graduar hasta encontrar el punto perfecto para el corte del 'raspao'.

En la plataforma estaba clavado un pequeño listón de madera que servía para impedir que el pedazo de hielo se rodara hacia atrás en el momento de pasar el 'cepillo' sobre su superficie. Al mover hacia adelante y atrás el 'cepillo' en forma rítmica, el hielo pulverizado -'raspao'- se introducía en el cuerpo de este hasta que se compactara. Al finalizar, se daba un golpe en la madera con la punta del 'cepillo' para que se terminara de compactar y se desprendiera de las paredes internas de este, de tal manera que al subir la tapa se pudiera depositar fácilmente sobre un cono o vaso.

Por lo general los vendedores de 'raspao' fabricaban conos con el papel de las bolsas en que venía el azúcar y se pegaban con almidón -engrudo-. Pero algunos -por razones de aseo o de sabor- no se sentían a gusto con estos conos, por lo que llevaban su propios vasos para que se los sirvieran. Ellos mismos hacían las 'esencias' con que bañaban los 'raspaos', que no eran más que almíbares con sabores naturales de frutas, o artificiales de cola o vainilla.

Algo anecdótico es que cuando llegaron las primeras neveras de gas y se podía hacer hielo en la casa, se llenaban de agua las cubetas de hielo sin las divisiones, que entonces eran metálicas. Después se sacaba la barra de hielo, se paraba de costado y con este 'cepillo' se hacía raspado doméstico. Como en los patios de las casas crecían silvestres los tamarindos, mangos, guayabas, guanábanas, chirimoyas, jobos, papayos, mamones y muchos más, no había problema alguno para preparar también un almíbar con alguno de estos sabores.





El gallinazo, golero o zopilote.

LA DANZA DEL GALLINAZO

Para las Fiestas del 11 de Noviembre el barrio de Torices tenía una representación de lujo con la 'Danza del Gallinazo', que representaban los habitantes de la parte alta de la calle Jorge Isaacs -en las faldas de La Popa-.

Ellos decidieron encarnar a los personajes de una leyenda que contaba la historia de un burro viejo y flojo que hace la siesta, mientras que los gallinazos -creyendo que está muerto y previendo un buen festín- danzan a su alrededor. El perro ladra tratando de evitar la desgracia de su viejo amigo, pero al final suena un escopetazo y el cazador -aburrido por su edad y pereza- da muerte al burro.

Cada personaje lleva un disfraz que lo caracteriza. El del burro tiene una máscara que simula la cabeza del asno y un vestido pardo con cascos y cola. El perro tiene igualmente una careta y un vestido de color con manchas. Estos dos personajes deben actuar agachados. Por su parte, el cazador tiene una escopeta hechiza de regadera y su vestido es de campesino con pantalón caqui, abarcas y sombrero de paja.

El grupo de gallinazos -llamados igualmente goleros o zopilotes-, tenían en esos tiempos de mitad del siglo XX unos disfraces muy originales, ya que consistían en caretas de malla metálica fina -como la de los mosquiteros- que simulaban los fuertes picos de los carroñeros, así como vestidos enterizos de manga larga, con alas entre los brazos, el pantalón estilo bombacho y medias altas de color negro o blanco. El color de las caretas y los vestidos correspondía a los diferentes miembros del clan, que son: el 'rey de los gallinazos' con pico blanco, cresta roja y vestido negro; el 'alguacil' de color gris; las 'lauras' de color pardo y el resto de los gallinazos todo de color negro. A veces se ponían otros detalles en los disfraces, como líneas blancas en las alas y picos.

En el desarrollo de la comedia, acompañada de música de viento y de percusión, cada uno de los personajes recita unos versos que se han mantenido desde sus comienzos en los principios del siglo XX. Son muy pegajosas las primeras palabras del 'rey gallinazo', quien tiene la prioridad al momento de comerse a la víctima: 'Soy rey de los reyes, pero a mucho honor, que nadie pica la presa sin que la pique yo...'.

Algunas veces incorporaban un 'pichón' de gallinazo, que como se sabe es de plumón blanco antes de salirle las plumas negras, tal como lo dicen en uno de sus versos: 'Yo sé que blanco nací, hoy es negro mi color. Tengo las patas largas, también soy buen volador'.





Las tortas de pan viejo tuvieron acogida en Cartagena, como el 'jartapobre', el 'corroncho' y el 'rojaspinilla'.

EL 'ROJASPINILLA'

El teniente general Gustavo Rojas Pinillas fue el último dictador que ha tenido Colombia. Se tomó el poder el 13 de junio de 1953 dando un golpe de estado al presidente Laureano Gómez Castro y cayó el 10 de mayo de 1957. En la intimidad lo llamaban 'Tatayo' y en la vida pública 'Gurropín' -la sigla de su nombre-,

Por su profesión de ingeniero, tuvo la visión de emprender obras que aún son importantes y recordadas en el país. Entre ellas -en la costa atlántica- se pueden nombrar en Bolívar la iniciación de la avenida Pedro de Heredia en Cartagena -que al principio fue llamada Rojas Pinilla-, y el empujón para la culminación del puente de Gambote -aprobado en 1948 y que se terminó en 1958-. En Córdoba los puentes de Lorica, Cereté y Montería, así como en esta última ciudad el Palacio Nacional, el Palacio de Naín -para la gobernación- y el Palacio Antonio De la Torre y Miranda -para la alcaldía-, finalizados todos en 1956.

En Bogotá también subsisten algunas de sus obras públicas, como el aeropuerto El Dorado y el famoso edificio del CAN -el Centro Administrativo Nacional-. Además, creó la televisión en Colombia en 1954 y le dio el voto a la mujer.

Sin embargo, algunos de sus excesos personales fueron muy criticados, como el de su apego a la ganadería y la adquisición de la hacienda de Berástegui en Cereté, Córdoba, y un toro reproductor importado de propiedad de la Granja Experimental en Montería, supuestamente abusando de su poder. Incluso, en su posterior juicio ante el Senado fue acusado haber aprobado un contrabando de ganados. Lo mismo pasó con Sendas -la Secretaría Nacional de Asistencia Social-, que estuvo bajo el mando de su hija María Eugenia Rojas Correa, y la que si bien prestó servicios gratuitos -como las residencias femeninas en Bogotá-, fue criticada por sospechas de favorecimientos personales.

Entre los antecedentes de su caída, se encuentra el episodio del 8 de junio de 1954 en el que fue muerto en la Universidad Nacional el estudiante Uriel Gutiérrez. Al día siguiente lo universitarios salieron a protestar y fueron reprimidos por el ejército con un saldo de 12 muertos.

Pero lo que inicialmente exaltó los ánimos fue la represión del régimen sobre la prensa -primero fueron censurados y luego clausurados los periódicos de oposición-, los miembros del partido liberal, los trabajadores y los estudiantes, que se atrevieron a denunciar sus excesos. Finalmente, la gota que rebosó la copa fue la represalia -con golpes de cachiporras, yataganes, manoplas y puntapiés- de los agentes secretos del Estado a los asistentes a una corrida de toros en la Plaza Santamaría de Bogotá por haber rechiflado a su hija María Eugenia el domingo anterior.

A partir del 6 de mayo de 1957 se unieron los sectores civiles, eclesiásticos, políticos, laborales y estudiantiles para hacer recorridos por las calles para exigir la salida del dictador. Cartagena no fue la excepción y con mayoría de estudiantes de la Universidad de Cartagena y de los colegios de bachillerato -La Esperanza y Liceo de Bolívar-, se iniciaron las caravanas en carros, camionetas, buses, camiones, bicicletas y hasta a pie.

Un recuerdo personal a mis once años -cuando cursaba primero de bachillerato en La Esperanza- fue montarme en esos días en la camioneta del polaco José Polcholopek -propietario de la Panadería Florez en el Paseo Bolívar de Torices-, en compañía de sus hijos Juan y Alfredo y el resto de amigos del barrio, para recorrer junto a los demás participantes las calles del sector amurallado y otros barrios de la ciudad. La primera parada del primer día fue en el mercado del Arsenal, en donde el señor Polcholopek compró pequeños pitos de barro para todos nosotros, y partir de ese momento contribuimos a la continua algarabía que pedía ya sin miedo la salida del dictador.

Por fortuna, Rojas Pinilla decidió entregar el poder a una Junta Militar y evitar el derramamiento de más sangre. Esta junta fue la encargada de entregar el mando a Alberto Lleras Camargo, el primer presidente del Frente Nacional.

Pues bien, el humor también hizo parte de este episodio de la vida nacional. El afamado caricaturista 'Chapete' - su nombre de pila, Hernando Turriago Riaño- que hacía sus publicaciones en el diario El Tiempo, realizó una obra alrededor de Gustavo Rojas Pinilla que además de combatir a la dictadura también le permitió se reconocido con el premio Mergenthaler de la Sociedad Interamericana de Prensa.

La caricaturas de 'Chapete' siempre tenían en una de sus esquinas inferiores la figura de 'Chapetín', un hombrecito cuyo tronco y cabeza eran un solo cuerpo redondo, con su brazos y piernas, y con vestimentas típicas colombianas. Este personaje se encargaba de sintetizar con sus gestos -asombro, risa, expectativa- el mensaje de la caricatura.

Esa serie de caricaturas la concluyó con aquella publicada después de la caída del dictador el 10 de mayo de 1957 y que tituló: 'Le dio un diezmayo'.

Otro que combatió con humor la dictadura del general Rojas Pinilla fue el actor y director de teatro 'Campitos' -Carlos Campos su nombre- un célebre comediante colombiano que imitaba las voces y los gestos de los políticos en sus presentaciones.

Al poco tiempo de la caída del dictador -pero en plena Junta Militar- en Cartagena 'Campitos' tuvo la oportunidad de presentar en el Teatro Heredia su obra 'La Familia Presidencial', en donde 'Gurropín' es presentado llegando el helicóptero a su finca en recuerdo de los criticados episodios de su vida ganadera. Los que asistimos reímos de principio a fin, tanto con la caracterización de los personajes -'Campitos' era idéntico al general, con charreteras y todo- como con las situaciones trágico-cómicas que se desarrollaban en el escenario.

No sobra decir que como no podían hacer referencias directas a los nombres de la familia Rojas ya que los militares de la Junta no lo permitían, dejaban que fuera el público quien los asociara con los personajes y diálogos en escena. Por ejemplo, Rojas Pinilla era llamado 'Próspero Baquero', lo que derivó después en otra obra de ese nombre. Dicen que lo mismo hacía 'Chapete', quien dibujaba dos versiones de la misma caricatura, una pasable para los censores y otra para ser publicada.

Bueno, y la razón de contar aquí este breve historia del dictador, es tratar de entender el porqué además de haber tenido en Cartagena una avenida con su nombre -que como se dijo es hoy la Pedro de Heredia-, también se hizo una torta popular de bajo precio a la que se le puso del nombre 'rojaspinilla', y que le hizo compañía a los recordados 'jartapobres' y 'corronchos'.

Estos productos nacieron de la inventiva de los panaderos locales que trataron de mermar las pérdidas por la producción de panes que no se vendían en el mismo día. De tal manera que todos esos panes devueltos que estaban en buen estado, se reciclaban en tortas -también llamadas pudines- que era una mezcla de ellos con leche, colorantes y saborizantes, la que se pasaba a moldes para ser horneada nuevamente.

El más difundido en las tiendas de los barrios lo fueron el 'corroncho' -de tono oscuro con una cubierta de crema- y el 'jartapobre' -de masa café claro con vetas rojizas-, mientras que el 'rojaspinilla' -de barras rojas y pardas- tenía su mayor clientela en los colegios. De estas panaderías productoras del 'rojaspinilla' recordamos a la 'Benedetti' -ubicada en una esquina de la plaza del Tejadillo-, cercana a los colegios La Esperanza -casi al lado- y el Liceo de Bolívar -a menos de tres cuadras, en la calle del Cuartel-.





Jaula trampera de madera y alambre.

LOS 'TRAMPEROS'

Esta nota no pretende fomentar la caza de aves, que están protegidas tanto por la legislación colombiana como por convenios internacionales. Se publica para dejar constancia de una de las costumbres de los habitantes de nuestra ciudad en la mitad del siglo XX.

Una actividad antiecológica que se realizaba en la mitad del siglo XX era la cacería de pájaros cantores criollos. Lo hacían principalmente para tener sus propias mascotas o para intercambiarlos con otros amigos.

La Cartagena de esa época tenía pocos barrios. En la parte amurallada, el Centro, San Diego y Getsemaní. En los extramuros estaban Manga, Pie de la Popa, Camino del Medio, Alcibia, Bosque, Lo Amador y Torices. De tal manera que la ciudad estaba rodeada de muchos terrenos en donde crecían árboles de diferentes especies que servían de refugio a muchas aves de canto que eran apreciadas por los expertos.

En la mayoría de estos pequeños pájaros hay dimorfismo sexual, es decir que la hembras tienen colores apagados mientras que los machos -que son los que cantan- tienen plumajes más llamativos y presentan una gran diferencia entre su etapa juvenil -cuando están 'bastos'- y la de adulto -cuando están 'finos'-.


El canario criollo.
[Foto: Wikipedia]

Por ejemplo, el 'canario' -que es uno de los más grandes del grupo- muestra un color verdoso claro en sus primeros meses de vida, pero con el paso del tiempo las plumas toman un amarillo intenso, pero con algunas listas pardas en el lomo y alas. Si recibe en la alimentación ají dulce o pimentón rojos, le aparecen tonos de este color en su cuerpo, pero principalmente en la parte superior de su cabeza. Su canto fuerte, vigoroso y repetitivo es muy apreciado por los aficionados que aún hacen concursos en ciudades como Barranquilla, Cartagena, Sincelejo y Montería.

Una anécdota es que el nombre de 'canario' proviene de las Islas Canarias, pero estas fueron llamadas así por la gran abundancia de canes cuando llegaron los primeros colonizadores, es decir las islas de los perros. Pero este 'canario' -del cual se derivan los cantores europeos, como el timbrado español- es el 'Serinus canaria', que pertenece a la familia de los 'Fringílidos' y al género de los 'Serinus'. Por su parte el 'canario' criollo de la costa Caribe es el 'Sicalis flaveola', de la familia 'Thraupidae' y el género 'Sicalis'. Mientras el macho silvestre europeo se queda verde de adulto, el nuestro cambia a amarillo.

También hacían presencia los mochuelos, que de adultos presentan un color gris, fuerte en toda la parte dorsal y más claro en la inferior. Se encontraba una variedad con un collar blanco en torno a su cuello, a la que llamaban panameña. Además existen otras dos de color negro, una llamada 'congo' y otra un poco más grande a la que le dicen 'bajero'.


Mochuelo gris con pico amarillo.
[Foto: co.globedia.com]

Su pico también cambia, ya que se pone amarillo en la adultez, característica que resalta el cantautor Adolfo Pacheco -de San Jacinto, Bolívar- en la canción del mismo nombre al escribir 'Mochuelo, pico'e maíz', y parece que es un mochuelo 'congo' o 'bajero' cuando dice 'Esclavo negro, cantá'.

El Mochuelo

En enero Joche se cogió (Bis)
un mochuelo en las montañas de María,
y me lo regaló, no más,
para la novia mía (Bis)

Mochuelo, pico'e maíz
y ojos negros brillantinos (Bis)
y como mi amor por ti,
entre más viejo, más fino (Bis)

Ágil vuela, busca la ocasión (Bis)
de salir de esa cárcel protectora,
y bello es el furor, no más,
de aquella ave canora

Él perdió su libertad
para darnos alegría (Bis)
lo que pa' su vida es mal,
bien es pa' la novia mía (Bis)
Es que para el animal
no hay un dios que lo bendiga (Bis)

Tu cantar, tu lírica canción (Bis)
es nostálgica como la mía,
porque mochuelo soy también
de mi negra querida (Bis)

Esclavo negro, cantá,
entoná tu melodía,
canta con seguridad
como anteriormente hacías
cuando tenías libertad
en los Montes de María (Bis)


El estilizado tusero, blanco y negro.
[Foto: www.canariculturacolor.com]

El 'tusero' -o 'tucero'- era otro de los preferidos, ya que de adulto es negro brillante en la parte superior de su cuerpo, desde la cabeza y cuello hasta la cola, mientras que su parte inferior es blanca. Una característica de su cabeza es que tiene una zona de color blanco en la frente y dos debajo de los ojos. Algunos presentan pinceladas blancas en las plumas remeras de las alas. Tiene el tamaño más pequeño y estilizado de todos los cantores criollos.

Debe mencionarse también el 'dominicano', de cabeza negra, color pardo en su cobertura superior y amarillo suave en la inferior. Lo mismo que el 'meriño' -o 'rosita'-, que tiene el dorso de color gris fuerte con barras negras en alas y cola, mientras la parte inferior es de color pardo ladrillo.


El dominicano.
[Foto: www.canariculturacolor.com]

El meriño o rosita.

Uno de los principales cotos de caza de los tramperos del pasado era la antigua hacienda Crespo -hoy un barrio por venta de los herederos de la familia Paz- y el corregimiento de La Boquilla. Estos dos territorios formaban una isla, separada de la otra isla de Cartagena por una pequeña boca que salía del Caño Juan Angola a la altura de Marbella. Este caño separaba a su vez a Crespo de tierra firme, en lo que son los actuales barrios de Canapote, Daniel Lemaitre y Santa María. Por el lado de La Boquilla se separaba por el sur con la ciénaga de La Virgen y por el este por varios caños que salían de ésta -hoy se ven en los puentes de la Vía del Mar, que une a Cartagena con Barranquilla-.

Para hacer su tarea, utilizaban unos pájaros ya mansos por efecto de un largo cautiverio y que estaban acostumbrados a cantar en cualquier lugar. Estos eran los ejemplares llamados 'reclamos', los cuales al cantar atraían a otros machos de su especie que por instinto trataban de defender su territorio y sus hembras.

Las jaulas para la captura eran hechas de un armazón de finos listones de madera por donde se atravesaban hilos rectos de alambre dulce. Tenían un depósito central de unos 20 centímetros de alto y ancho por 15 de profundidad. A cada lado se adosaban dos trampas de unos 10 centímetros de alto y ancho por 15 de profundidad, cada una con una tapa superior con un resorte y un palito que la sostenía abierta y que cuando el pájaro la pisaba se cerraba con fuerza.

Una vez hecha la captura, el ejemplar era introducido en un depósito grande de totumo con agujeros llamado 'tapón', que por la oscuridad de su interior hacía que se tranquilizara y no aleteara, evitando que se lastimara, y aún que muriera por sofocación o estrés. Aunque algunos construían las jaulas con un piso inferior, para introducir allí las aves capturadas.


Jaula trampera de madera y alambre, con depósito inferior para las aves capturadas.

Como en esos tiempos no había control adecuado sobre el comercio de las especies animales, muchos de los pájaros atrapados terminaban en el mercado público. No solamente los reseñados arriba, sino otros que venían de zonas diferentes, como turpiales, toches, cardenales, azulejos y sinsontes.

Hoy las aves canoras que se venden corresponden en su mayoría a los 'canarios' europeos, entre los que se destacan el 'timbrado español', el 'roller' y el 'mallinois'. Sin dejar de mencionar a los llamados 'canarios' de color y de forma y posición que crían en casi todo el mundo.

En cuanto a los cantores criollos, hoy también se está logrando su reproducción en cautiverio, lo que permitirá que el comercio de sus crías no sea penalizado por las autoridades.





La 'maríamulata' -'Quiscalus mexicanus'-, es un símbolo de Cartagena de Indias.

LA 'MARÍAMULATA'

Con un nombre científico muy charro -'Quiscalus mexicanus'- la 'maríamulata' es símbolo de Cartagena y ha sido testigo de gran parte de su historia. Es habitante de las costas marinas y le gustan los manglares.

Su figura es inconfundible, ya que es alargada y estilizada, con un pico largo y fino, mientras que camina dando saltitos. Presenta dimorfismo sexual, es decir que hay diferencia entre el macho -que con la edad se vuelve negro intenso con reflejos azulados y ojos amarillos-, y la hembra que es un poco más pequeña y siempre de color pardo. Además, el plumaje del macho es más abundante, especialmente en la cola que a veces es tan larga como el cuerpo.

Es muy común que la confundan con la 'cocinera', un pájaro igual de negro como el macho de la 'maríamulata' pero con varias diferencias. La más visible es el pico, que en la 'cocinera' es corto y cónico. Otra es que la 'cocinera' es negra en ambos sexos, pero sin los brillos de la 'maríamulata' macho. Y la tercera, que la 'cocinera' es un ave de pastizales y se encuentra en todas las sabanas del Bolívar Grande, por lo que es fácil verlas paradas sobre las cercas de púas cuando viajamos por sus carreteras.

Tampoco es pariente cercano del cuervo -'Corvus corax'-, ya que estos pertenecen a la familia 'Corvidae' que tiene presencia en el hemisferio norte -Europa, América del Norte, la parte septentrional de América del Sur, el Ártico, casi toda Asia, gran parte de África y algunas islas menores de Oceanía-, mientras que la 'maríamulata' lo es de la familia 'Icteridae', que es propia de América. Además, el cuervo es más grande y pesado, mientras que su pico es más grueso.

La 'maríamulata' es obsesiva con el aseo, así que se puede verlas bañándose diariamente en las fuentes de agua de la ciudad y en los charcos de aguas cristalinas. Lo hace como la mayoría de las aves, introduciendo la cabeza en el agua y luego dispersándola sobre su cuerpo con un movimiento rítmico que comienza en la cabeza y termina en la cola, incluyendo el batir de sus alas.

Es un animal omnívoro, que pasa todo el día recorriendo la ciudad en busca de insectos, pequeñas lagartijas, peces chicos de las aguas interiores, crías de cangrejos y los restos de comidas en las casas, edificios, restaurantes y hoteles.

Además, es un ave territorial y gregaria, por lo que duerme y anida en grandes grupos, especialmente en las zonas de manglares. Aunque normalmente no ataca a las personas u otros animales, se vuelve agresiva cuando siente que su nido con las crías puede estar en peligro. Cuando esto sucede, comienza a lanzar fuertes chillidos que alertan a las otras 'mariamulatas', que enseguida forman un grupo de ataque para espantar o disuadir al agresor.

Cuando en la ciudad no se habían contaminado sus cuerpos de agua y los manglares eran respetados, la población de 'mariamulatas' era abundante. Por ello, era común ver que cuando un 'golero' -también llamado 'gallinazo' o 'zopilote'- trataba de pararse en un árbol o sitio en donde anidaba una 'maríamulata', era perseguido por ellas y atacado en pleno vuelo con los picos y garras, formando una tremenda algarabía. Por eso, en el habla popular es muy común referirse al grupo de personas que atacan a otra en 'chagua' -vieja palabra cartagenera sinónimo de manada o grupo- con la frase de 'parecen mariamulatas'.

Podemos afirmar que los cartageneros llevamos la impronta de la 'maríamulata' en nuestro espíritu, ya que admiramos sus valores: son gregarias, solidarias, curiosas, atrevidas, valientes, maternales y vanidosas. Siempre están ahí, en el patio de la casa, en las murallas, en el castillo San Felipe, en las playas, en los balcones de los apartamentos, en los parques y hasta en un monumento dedicado a ellas.

El pintor y escultor cartagenero Enrique Grau se enamoró de las 'mariamulatas' y no solo aprendió de su forma de vida, sino que las estudió para realizar una serie de esculturas en bronce, dibujos al carboncillo y al pastel, pinturas al óleo y serigrafías que representan a esta especie. De este trabajo, cuatro esculturas fueron donadas a las ciudades de Barranquilla, Cali, Cartagena y Valledupar, las que en honor al maestro cartagenero las exhiben en sitios públicos.


Monumento a la 'maríamulata' en Cartagena de Indias.
[Foto: co.geoview.info]

Monumento a la 'maríamulata' en Cali.
[Foto: www.cali.gov.co]

Monumento a la 'maríamulata' en Barranquilla.
[Foto: es.wikipedia.org]

Monumento a la 'maríamulata' en Valledupar.
[Foto: www.festivalvallenato.com]




La 'bola de tamarindo' es uno de los dulces más apetecidos por los visitantes de La Heroica.

EL TAMARINDO

El tamarindo es uno de los habitantes de los patios cartageneros desde hace muchas generaciones. Aunque es un árbol originario de África, después pasó al Asia pero fue en la India en donde se hizo conocer, hasta el punto que su nombre científico es 'Tamarindus indica', que a su vez viene del árabe, que significa 'dátil de la India'.

Su llegada a América parece que se hizo durante el arribo de los barcos que hacían la travesía desde África y Asia. Aunque este árbol tropical es 'monotípico', es decir, que sólo tiene una especie, sí tiene variedades que se diferencian en el tamaño, forma y sabor del fruto.

En Cartagena se reconocen tres de estas variedades. Una de ellas es la más común, con su cáscara de color pardo claro y fruto de mediano tamaño y poca depresión entre sus diferentes partes, así como carne pardo rojiza de sabor ácido. Otra, es de cáscara más oscura y fruto largo con mayor depresión entre sus pepas, pero de carne más pastosa y de sabor ácido y dulzón, el cual se adapta mejor a los patios húmedos. Y una tercera, cuya característica principal es que el fruto es más aplanado y ancho, con la carne negra, de contextura melosa y de sabor intensamente dulce.

En los países asiáticos el tamarindo es famoso por su uso en muchas especialidades culinarias. Por ejemplo, hace parte de la preparación de salsas -como la inglesa y el curry- para condimentar carnes y ensaladas.


'Tamarindus indica' es el nombre científico del árbol de tamarindo.
[Foto: Wikipedia]

En Cartagena ha tenido otra vocación diferente a la comida. Quizás su preparación más famosa es la célebre 'bola de tamarindo', que se prepara descascarando el fruto y separando la carne o pulpa de la semilla mediante golpes repetidos con un molinillo de madera hasta que se torne en una pasta homogénea. Enseguida se revuelve con azúcar y con la mano se van formando bolas de tamaño mediano, que al finalizar se ruedan por una tártara en la que se ha regado azúcar para que no se peguen, lo que a la vez le da los característicos punticos blancos sobre su superficie. Es pertinente anotar que en otras regiones del país y del exterior se acostumbra descascarar el tamarindo y ponerlo a cocinar en agua, tras lo cual se separan las semillas y con la pulpa se sigue el procedimiento.

Una variante es la 'jalea de tamarindo', que comienza como la preparación anterior, pero hay que agregarle un ingrediente que la deje con una consistencia pastosa. Algunos utilizan el agua, pero los más exigentes lo hacen con la clara del huevo, la que debe revolverse previamente con una batidora manual en un recipiente diferente hasta que quede bien homogénea. Después de esto, se le va agregando a la masa del tamarindo con azúcar mientras se aplasta en el fondo del recipiente con un molinillo de madera. Aunque parezca un juego palabras, esta 'jalea de tamarindo' con clara de huevo toma un color más claro. Si se tiene la paciencia de revolver la jalea durante un rato largo, se obtendrá una delicia para el paladar.

De gran aceptación es el 'jugo de tamarindo', que puede prepararse a partir de la 'bola', de la 'jalea' o directamente del fruto. A las dos primeras sencillamente se les agrega agua y se bate con un molinillo o con una batidora eléctrica, agregando azúcar si es necesario y hielo picado. Cuando se usa el fruto, se le quita la cáscara y manualmente se presiona con el molinillo para que se desprenda la carne de la pepa, aunque algunos usan el batidor eléctrico para licuarlo en un poco de agua y se desprendan las semillas por efecto de la fricción rápida. Después, se le agrega más agua y azúcar, se revuelve y se le agrega hielo picado.

También se usa el tamarindo en la preparación de las 'esencias' para el tradicional 'raspao' cartagenero. En general, son preparaciones a base de almíbares de azúcar con extractos -como los de cola y vainilla- y con frutas tropicales. Las abuelas eran expertas en preparar el almíbar, poniendo a calentar agua y azúcar en la proporción que se desea -la más usada es de una porción de agua por dos de azúcar-, y se revuelve hasta que al sacar un poquito y ponerlo entre los dedos y separarlos se forme un delgado filamento que se parte al estirarlo más. Pero si se pasa de este punto, se puede cristalizar y convertirse en caramelo. Para crear las 'esencias', se le añade al almíbar el extracto o el jugo concentrado de las frutas.

El tamarindo ha entrado a la cocina cartagenera en tiempos recientes con el auge del turismo internacional, ofreciendo carnes, pescados y mariscos en su salsa. Su preparación es sencilla, ya que la carne del fruto del tamarindo se pone a cocinar en agua, añadiendo otros productos -como azúcar, leche de coco, miel, ajo y ají seco-, hasta que tome una consistencia espesa y luego se le agrega al plato seleccionado.

Para finalizar estos recuerdos, nada más refrescante que evocar la canción 'Tamarindo Seco' del inolvidable cantautor cartagenero Joe Arroyo, que dice:

Como se menea la flor de patilla,
asi se menea la mujer de Barranquilla

Tamarindo seco
se le caen las hojas
agua derramada
no hay quien la recoja

(Tamarindo seco
se le caen las hojas
agua derramada
no hay quien la recoja)

Ventana sobre ventana
sobre ventana una flor
sobre la flor Nicolasa
sobre Nicolasa el sol

(Tamarindo seco
se le caen las hojas
agua derramada
no hay quien la recoja)

Yo no soy de por aqui
yo soy de tierra morena
donde canta Chavarri
y le responden las sirenas

(Tamarindo seco
se le caen las hojas
agua derramada
no hay quien la recoja)

En la guaca de tu casa
me quieren pedir un velo
donde dicen que me voy
sino dicen ya no puedo

(Tamarindo seco
se le caen las hojas
agua derramada
no hay quien la recoja)

(........)

Como se menea la flor de azucena,
asi se menea la mujer de Cartagena

ce, ce, ce
que yo le toco el clarinete
(ce, ce, ce)
que yo lo toco con los pies
(ce, ce, ce)
que yo te toco el clarinete
(ce, ce, ce)
ay que lo bailo con los pies

(........)





El 'kéfir' o 'maná de Alá'. [Foto: Wikipedia]

EL 'MANÁ'

Un hecho curioso que aconteció en la mitad del siglo XX en Cartagena fue la llegada del 'maná'. De la mano de devotas fieles de la iglesia católica se comenzaron a repartir en los hogares pequeñas porciones de una sustancia blanca parecida al coliflor y que decían que era el 'maná' bíblico, el cual debía conservarse en un frasco de vidrio, debidamente tapado y colocado en la 'mesa de los santos'.

Hay que recordar que una de las tradiciones católicas más difundidas en esos tiempos era tener en cada casa una mesa vestida con un tapete blanco bordado y una imagen tallada de Jesús crucificado. Además, debía tener una Biblia pequeña y estar adornada con flores en recipientes con agua, rosarios y velas. De acuerdo con la devoción de las personas, también se ponían otras imágenes sagradas, especialmente de las advocaciones de la Virgen María. Esta era la 'mesa de los santos', que se utilizaba igualmente cuando los velorios se hacían en las casas.

Regresando al 'maná', lo más sorprendente era que este crecía día a día dentro del frasco, lo que reafirmaba en los creyentes la supuesta divinidad de este alimento que Dios les mandó a los judíos en su viaje de 40 años a la tierra prometida.

En la Cartagena de ese entonces, la aparición de este 'maná' causó una evidente conmoción en la feligresía católica hasta el punto que se crearon grupos de oración en torno a este sagrado regalo. Los jerarcas de la Iglesia tuvieron que intervenir para orientar a la comunidad y evitar que algunos vivos se aprovecharan de la situación.

Al final, la devoción por el 'maná' se fue perdiendo con el transcurso del tiempo y pasó al olvido, pero -sin embargo- quedó en el aire la pregunta sobre qué era lo que todos inicialmente creyeron que era algo divino.

La respuesta surgió tiempo después cuando se dijo que el 'maná' que había llegado a Cartagena era el 'kéfir', un hongo -del tipo levadura- que crece en condiciones anaeróbicas -es decir, en ausencia de oxígeno- en simbiosis con bacterias. Por ello era que las gentes podían ver como se reproducía dentro de los frascos cerrados.

El 'kéfir' se utiliza para fermentar la leche y convertir la lactosa en ácido láctico, para de esta manera obtener una bebida llamada también 'kéfir', que es una especie de yogur con bacterias 'probióticas' -tan de moda hoy en día- que se ha preparado desde hace cientos de años en el medio oriente.

En materia religiosa, hay referencias al 'kéfir' dentro de la comunidad musulmana, quienes lo consideraban una especie de 'maná de Alá' y le daban el nombre de 'Los granos del Profeta Mahoma'.

En el campo terapeútico, además de ser recomendado para restablecer la flora intestinal, al 'kéfir' también se le atribuyen propiedades antialérgicas y antisépticas. Aunque no faltan quienes lo promueven como regulador de los sistemas renal, hepático y nervioso -por el complejo B-, tratamiento de arteriosclerosis, tuberculosis, psoriasis, eccema, acné, artritis, enfermedades pulmonares y cáncer, regulación del tránsito intestinal, disolución de cálculos renales, regulación de hipertensión, diabetes y lípidos, así como propiedades antioxidantes y de anti-envejecimiento, y regulación del sistema nervioso, mejora de la atención y la concentración, y tratamiento de la depresión y trastornos del sueño.

La costumbre es que el 'kéfir' sea reproducido en cada casa, así que cuando crece y supera el espacio del recipiente en que está contenido, entonces se separa una parte y se regala a otras familias para que también lo cultiven. De tal manera, que quienes querían tener 'kéfir' debían obtenerlo de otra persona. Hoy, a través de las redes sociales en Internet es posible encontrar listados de personas que ofrecen el 'kéfir' sin ningún costo.

Finalmente, en fechas posteriores se divulgó que el verdadero 'maná' de los relatos bíblicos es una resina con sabor a miel que se extrae del árbol de fresno -'Fraxinus ornus'- mediante incisiones en su corteza, en una técnica similar a la del caucho. Es muy abundante en la península del Sinaí, y en algunas latitudes se utiliza como un laxante -con mejor sabor- en reemplazo del aceite de ricino.





Revista 'Lifes en Espanñol' con el cuento 'El Viejo y el Mar' de Ernest Hemingway.

'LIFE' EN ESPAÑOL

En los años 50 del siglo pasado llegó a Cartagena una revista que cambió la percepción que teníamos del mundo en ese momento. Vista desde la perspectiva de hoy -y guardando las proporciones-, era como si hubiese llegado Internet.

Se trataba de 'LIFE en Español', una hermana de la versión original en inglés que se publicaba en Estados Unidos. Su vida fue corta, de 1952 a 1969, pero su orientación editorial de fotoperiodismo cautivó e ilustró a la generación cartagenera del mitad de siglo XX.

Su logo era sencillo, ya que se trataba de un rectángulo de fondo rojo con su nombre 'LIFE' en letra grande y debajo de estas, en menor tamaño, el texto 'EN ESPAÑOL', todas de color blanco y en mayúsculas. La portada siempre era impactante, ya que presentaba una imagen a todo color del personaje o del hecho del momento, que era complementado con los detalles del mismo en las páginas interiores.


En su diagramación estaban privilegiadas las fotografías, tomadas en su mayoría por el legendario Alfred Eisenstaedt, quien nació en Prusia pero se nacionalizó norteamericano y trabajó para LIFE durante 36 años. El tipo y tamaño de letra, así como la distribución de los textos hacían fácil y agradable la lectura.

Recordamos algunos episodios, como la vez en que publicó en la carátula la foto del féretro de una de las 'quintillizas' Dionne -Émilie Marie Jeanne- quien falleció el 6 de agosto de 1954. Nacidas el 28 de mayo de 1934 en Ontario, Canadá, fueron las primeras 'quíntuples' conocidas que superaron la infancia.

La otras hermanas fueron Annette Lillianne Marie, Cécile Marie Emilda, Marie Reina Alma -fallecida el 27 de febrero de 1970- e Yvonne Edouilda -quien falleció el 23 de junio de 2001-.

Otra portada impactante fue con la foto de unos gemelos siameses unidos por la cabeza, que fueron separados en una cirugía de alta complejidad en esa época por las posibles lesiones al tejido cerebral. En el desarrollo de la noticia se presentaron -además de los registros gráficos de los niños antes y después del procedimiento quirúrgico- unos diagramas en los que se ven aspectos como la forma en que debía cortarse el cuero cabelludo para que después cubriera en forma exacta el cráneo de cada uno de ellos.


Desde la portada hasta la contraportada, 'LIFE en Español' presentó con imágenes en color y textos detallados las mejores historias en su corta vida de 17 años. Quienes nos estábamos iniciando en la lectura, repasábamos la colección empastada de la revista para conocer a Marylin Monroe, Liz Taylor, Sofía Loren, María Félix, Sarita Montiel, Rachel Welch, The Beatles, Pelé, Cantinflas, Yuri Gagarin y John y Jacqueline Kennedy, entre otros.

Pero 'LIFE en Español' también tenía sorpresas literarias, como la publicación de cuentos de afamados escritores. Muy recordada fue la inclusión en la edición del 30 de marzo de 1953 de 'El Viejo y el Mar', una las obras magistrales de Ernest Hemingway escrita en Cuba en 1951. En los afanes de las mudanzas, muchas publicaciones de la casa familiar desaparecieron, entre ellas la colección de 'LIFE en Español', de la cual sólo se salvaron las páginas de este cuento que aún conservo.





La 'picúa' o barracuda es uno de los peces más voraces del mar Caribe. [Foto: Wikipedia]

LA 'PICÚA' Y LA 'SARDA'

En una ciudad a orillas del mar Caribe como Cartagena de Indias, se crece oyendo tantos nombres de peces que llegan a ser muy familiares. Los más comunes eran los que llegaban a la mesa, como el sábalo, el chino, la sierra, la mojarra, el pargo, la cherna y el mero.

Pero dentro de ese universo, también se escuchaba hablar de la 'picúa' y de la 'sarda', dos nombres que se pronunciaban con respeto y temor. Los pescadores tenían dentro de sus eternas historias, pasajes con estos dos respetables habitantes de nuestras costas.

De la primera se derivó un dicho popular, que es 'correr picúa', aplicado principalmente a los policías de tránsito que se ocultaban para sorprender a los conductores y luego tranzar la multa. Esto, porque la mejor manera de capturar este pez es desde una lancha en movimiento, desde la que se tira al mar un cordel de pesca con una 'cuchara' de metal reluciente -aditamento de pesca parecido al calzador de los zapatos- rematada por anzuelos y un arreglo con plumas o hilos que simulara un pez herido. El movimiento del agua, el reflejo de la luz y la figura que se aleja rápidamente hacen que la 'picúa' ponga a prueba su agilidad y velocidad para capturar lo que cree que es una buena víctima.


Cuchara para la pesca de la 'picúa' mediante el correteo en una lancha.

Para los jóvenes de finales de los años 50 del siglo pasado, fue una revelación conocer que la barracuda, el enemigo de James Bond -el agente 007- en su novela de aventuras por las islas del Caribe 'Vive y deja morir', era la misma 'picúa' que nuestros pescadores aficionados se ufanaban de capturar en veloces expediciones marinas.

Al conocer que este pez era una fiera de los mares, capaz de atacar al ser humano y destrozarlo con sus numerosos, fuertes y filosos dientes, cambió la imagen que se tenía de un simple pescado para la cocina. A lo que se sumó que muchos de ellos comen plantas y peces tóxicos, por lo que algunas comunidades no lo consumen para evitar envenenamientos, o 'ciguatera' como le dicen en Cuba.

Por su parte, con la 'sarda' la historia tuvo otro camino, debido a la llegada de tiburones a las costas cartageneras en la época que mencionamos. Debido a ello, en las únicas playas que tenía habilitadas Cartagena, que eran las de Crespo. Marbella y Bocagrande enfrente del Hotel del Caribe, se tomaron precauciones por parte de las autoridades para evitar más accidentes fatales con los bañistas.


El tiburón 'sarda' ataca cerca de las playas en temporada de lluvias. [Foto: Wikipedia]

Los pescadores colaboraron en esta campaña de prevención, y por ellos la comunidad se enteró que la 'sarda' de que tanto se hablaba era uno de los más temidos tiburones, principalmente porque le gustaba merodear cerca de las playas con aguas de poca profundidad, especialmente cuando estaba lloviendo. Esto último porque tenía la capacidad de entrar y vivir en corrientes de agua dulce.

Esta información dejó en claro que los ataques de los tiburones no sólo se producían cuando los bañistas se metían muy adentro en el mar, sino que también era posible en las mismas orillas de las playas. Por ello surgió la idea de cercar con mallas y boyas una porción del mar en la zona enfrente del mencionado Hotel del Caribe, las que fueron bautizadas como 'Playas González', utilizando el apellido de su promotor Jaime González Amador quien trajo la idea de Estados Unidos, y además contaba con el permiso de las autoridades para instalarlas y cobrar por su uso.


En la parte superior derecha de la foto se ven las mallas de las 'Playas González' enfrente del Hotel del Caribe.
[Foto: Cartagena de Indias Fotos de Antaño]

Posteriormente, en 1963 las 'Playas González' pasaron a manos de la Oficina de Turismo y luego desaparecieron, cuando los tiburones dejaron de hacer presencia en las playas de Cartagena.

La verdad es que nunca se supo el porqué en esos tiempos los tiburones llegaron a nuestras playas. Se señalaban las tesis de cambios en las corrientes marinas, de la presencia de cardúmenes que se habían desviado, de cambios magnéticos que los desorientaron y de otras menos verosímiles.

En su afán de disminuir el número de tiburones, el municipio pagaba por cada ejemplar capturado, y para mostrar la efectividad de la campaña se colgaban de la cola en un palo de almendra que estaba frente a la puerta de la Policía Municipal, enfrente del muñón de muralla de la Torre del Reloj y del actual edificio del Banco de Bogotá. En ese lugar se construyó después en la década de los 60 la sede de 'The Royal Bank of Canada'





El 'Lazo Tejano'.[Foto: Wikipedia]

EL 'LAZO TEJANO'

A finales de los 50 y comienzos de los 60 del siglo pasado, la juventud moderna de entonces -bautizada como los 'cocacolos'- utilizaron en su vestimenta un especie de corbata 'light' conocida como 'lazo tejano', que se elaboraba con un cordón de fibras entorchadas de algodón o una tira de cuero tratado, al cual se le ponían unos remaches metálicos en las puntas y una 'corredera' redondeada u ovalada -igualmente de metal-, con un grabado en su parte frontal y con dos agujeros en su parte posterior por los que se insertaban las dos puntas para ajustarla.

Para lucirla, se pasaba por dentro del cuello de la camisa y su longitud debía permitir que las dos puntas llegaran por debajo de la parte inferior del esternón, y luego el adorno se rodaba hacia arriba hasta llevarlo a la altura del cuello, en donde normalmente quedaría el nudo de una corbata.

Lo más llamativo era la 'corredera' metálica, que algunos los mandaban a hacer de plata y con figuras labradas al estilo de las que se utilizaban en las 'esclavas' -las pulseras de plata para hombres-, y eran tan vaqueras como la cabeza de un toro o tan 'rockeras' como las calaveras con huesos cruzados -el 'rock and roll' estaba en su furor con 'Bill Haley y sus Cometas' y su gran éxito 'Rock Around The Clock' de 1955-.

La 'corredera' también era llamada 'broche', 'deslizadero', 'prendedero', y 'cierre'. Había extremos en los diseños, ya que mientras que algunos les llevaban monedas de oro o plata a sus joyeros para transformarlas, la 'pelaera' por su lado usaba los cordones de los zapatos y les adaptaban las tapas de gaseosas de Coca-Cola, Pepsi Cola y Kola Román.

Las puntas metálicas también daban su aporte a la belleza y elegancia del lazo. Por lo general se hacían también de plata, con una extensión de hasta 5 centímetros, finamente labradas con figuras geométricas o simulando un hilo en espiral, las que eran rematadas por bolitas o lagrimas.

Hay que anotar que en ese tiempo el plástico sintético era escaso y reservado para algunos procesos industriales especiales -como la bakelita para enchufes eléctricos y carcasas de radio y teléfono-, por lo que no se usaba como hoy para hacer hilos y bolsas, entre otros. Por ello, las fibras para hacer hilos y telas eran de origen vegetal -algodón y lino- y animal -pelos y seda-, mientras que los aditamentos para uso personal eran confeccionados principalmente en oro, plata, cuero, hueso y marfil.

El 'lazo tejano' se remonta a las culturas indígenas de los Estados Unidos, que las hacían con tiras de cuero y adornos de hueso tallado, que provenían del bisonte o búfalo americano -nada que ver con el búfalo asiático-. Posteriormente lo usaron los colonizadores de los territorios de oeste, entre ellos los del estado de Texas, de donde proviene el nombre con que lo conocimos en esos tiempos. Recordemos que Texas nos culturizó también con sus botas, chalecos, sombreros y cinturones de cuero, especialmente estos últimos con sus hebillas metálicas hermosamente labradas.

Su nombre es variado, ya que se le llama también 'corbata de lazo tejana', 'corbatín de lazo tejano', 'corbata de cordón', 'lazo de cordón' y 'corbata de bolo' -este último por su parecido a la 'boleadora' de los gauchos de las pampas del Cono Sur-.

Su adopción entre nosotros se debió a las películas de vaqueros de origen norteamericano en donde algunos 'sheriffs' las lucían, así como su uso por parte de muchos personajes icónicos de los primeros años del 'rock and roll' que se veían en el cine y en las revistas de la época. Pero fue un fenómeno pasajero, que no se ha repetido en forma masiva.





Preparación del dulce de leche 'cortada'.

EL DULCE DE LECHE 'CORTADA'

Sólo hasta la década del 60 se fundó en Cartagena la Lechería Higiénica S.A. -empresa cuya sigla era 'Lesa' y que era reconocida por su equipo de béisbol-, por lo que a mediados del siglo XX se vendía en la ciudad la leche cruda, que para el consumo humano debía hervirse previamente. Como curiosidad, con el calor la leche se 'subía', y había que estar pendiente de bajarla de la hornilla -se usaba carbón, ya que no había gas natural- para que no se derramara del recipiente.

Entonces, era muy común que la leche se 'cortara' -se cuajara-, con lo que quedaba descartada para el uso en la casa. Esto pasaba por la dificultad del transporte de las fincas a la ciudad y luego su distribución a través de las tiendas de barrio, sin ningún tipo de refrigeración, ya que lo máximo eran unas ramas de 'matarratón' encima de las cantinas para evitar el aumento de temperatura por el sol directo. Cuando se tenían cerdos en los patios, estos eran los beneficiados con el consumo de la leche 'cortada'. En caso contrario, era pérdida total para la economía familiar.

Sin embargo, la abuela materna había aprendido a hacer un delicioso dulce con esa leche 'cortada'. No era cosa del otro mundo, ya que solo se necesitaba azúcar, una lata de avena, un fogón prendido, una cuchara de madera de mango largo y un poco de paciencia.

Lo primero era escurrir del recipiente la parte líquida -el suero- de la leche 'cortada' y luego pasar la parte coagulada -o cuajada- a la lata de avena, en donde se le agregaba el azúcar y se mezclaba. Para poder agarrar la lata de avena mientras se revolvía la leche cortada azucarada sobre el fuego se debía contar con un trapo grueso. Y había que controlar que la candela no estuviese muy alta, ya que entonces se quemaba el dulce y cogía un sabor ahumado.

En la medida en que se meneaba la leche cortada con la cuchara de madera, esta iba tomando una consistencia acaramelada y un color amarillento. Y uno se daba cuenta que el dulce estaba listo cuando se formaban unos grumos dorados bien definidos.

Después de dejarlo enfriar, se podía comer directamente con la cuchara o untarlo sobre galletas saltinas o sobre pan de sal asado. Era un momento sublime, que hacía olvidar que una hora antes no se pudo hacer el café con leche o preparado la jarra de avena cocida.

El dulce de leche 'cortada' no ha perdido su vigencia, hasta el punto de que algunos nostálgicos lo preparan, pero para lo cual deben conseguir leche cruda -dicen que la pasteurizada no da la misma consistencia y sabor- y 'cortarla' con jugo de limón. Además, le agregan canela, pasas y otros ingredientes, que definitivamente lo alejan del primitivo dulce de leche cortada hecho por la abuela en un fogón de carbón o leña.





Foto familiar en el Hipódromo de Techo en 1972.

LA HÍPICA Y EL '5 Y 6'

En el año de 1954 se inició la era dorada de la hípica en Colombia, con carreras de caballos purasangre inglesa en el Hipódromo de Techo -abreviado como Hipotecho- en Bogotá. Coincidió con la inauguración de la televisión colombiana bajo la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, y uno de cuyos programas estelares era la transmisión en vivo de la programación dominical de estas carreras en 'Telehipódromo'. Recordemos que en los primeros años la televisión sólo era recibida en Bogotá.

Este hipódromo tenía todas las comodidades, tanto para el público como para los caballos, jinetes y entrenadores. Desde un comienzo se abrieron apuestas en sitios internos que tenían máquinas en donde se podía apostar en cada carrera exclusivamente por el ganador, por el que llegara ya fuera en primero o segundo lugar -el 'placé'-, por los que llegaran en los primeros lugares de cada carrera en un orden determinado, así como otras variantes implementadas con el paso del tiempo.

Posteriormente, en 1956 se aprobó por las autoridades un juego llamado '5 y 6', en el que los apostadores llenaban un formulario -por triplicado- con los nombres de los ejemplares escogidos en cada una de las seis carreras válidas de cada domingo. Por cada formulario sencillo -es decir un caballo en cada carrera-, se pagaban 2 pesos. Pero el apostador podía incluir otros caballos en una o varias carreras, con lo que se elevaba el valor. En algunas ocasiones dos o más ejemplares inscritos en la misma carrera y que eran de un mismo dueño corrían en 'llave' -lo que que puede verse en la tercera carrera en la hoja de programación más abajo-, de tal manera que se acertaba si ganaba cualquiera de ellos.

Del total recaudado se descontaba el 40% para la administración y el 60% restante se repartía entre los que obtuvieran el mayor número de aciertos, dividiendo ese valor entre todos los ganadores, por lo cual cada parte era llamada 'dividendo'. La primera opción era para los 6 y 5 aciertos, como lo indicaba el nombre del concurso. En caso de no darse esta opción, se entregaba el premio a los de 5 y 4 aciertos, y así en orden descendente. El primer caso en que no hubo ni 6 ni 5 aciertos se dio cuando 'Mascarede' -una yegua traída de Uruguay- ganó sorpresivamente el 'Derby' de 1957 -es decir, un 'palo'- y sólo se escrutaron formularios con 4 y 3 aciertos.

El juego del '5 y 6' se hizo tan popular que se instalaron 'selladeros' hasta en los lugares más apartados de Colombia, lo que llevo a que sus apuestas fueran incluidas en la medición de la canasta familiar. En Cartagena los apostadores se congregaban en un billar en la frontera entre las calles Cabal y Del Candilejo -en toda la curva-, en donde se ubicaban las casetas para sellar los formularios, y además se repartía la hoja de la programación semanal con los números y nombres de los participantes, su edad, color, propietario, colores de la divisa, ascendencia, peso que debía llevar según su 'handicap' -el del jinete y la montura, más unas barritas de plomo si hacía falta-, la distancia y tipo de pista -arena o grama-, el preparador y el jinete. Además se vendía la revista 'La Meta', que traía fotos e información adicional, con los resultados de la semana anterior, el historial de carreras de cada ejemplar -el 'retrospecto'-, los ejercicios previos a la carrera -los 'aprontes' o 'traqueos'- y en la parte final las fotos de cada carrera en donde se definían las posiciones y los 'fotofinish'.

Para 'sellar' un formulario, primero había que adquirirlo en el expendio del '5 y 6', para luego llenarlo a mano con bolígrafo -no se aceptaba el lápiz, y la pluma fuente rasgaba el papel y no imprimía bien en las dos copias-. No debía tener manchones, tachones ni repasos y escribir cada nombre en letra de imprenta. Como existían nombres parecidos -como Mascarada' y 'Mascarede'- y los había en otros idiomas -como el caso de 'Snow Gift'-, se exigía que fueran exactamente iguales a como estaban en el programa. Se dieron casos de aficionados que reclamaron porque como su letra era ilegible alegaban que el nombre escrito era el del ganador, por ello los que sellaban los formularios revisaban bien para evitar estos problemas.

Antes del Hipódromo de Techo, ya en el país existía un grupo de aficionados a la hípica desde la década de los 30, que importaron potrillos y potrancas de varios países como Francia, Chile y Argentina, y que corrían -entre otros- en los hipódromos San Fernando de Cali y Medellín y en el de La 53 de Bogotá. Con estos antecedentes, se concretó en el año 1954 la idea de dotar a Bogotá de un escenario de categoría internacional, para lo que aprovecharon los terrenos de una finca del doctor Jenaro Rico -su promotor-, vecina del antiguo aeropuerto de Techo.

Esos primeros años del hipódromo de Techo fueron marcados por un caballo legendario llamado 'Triguero', que fue también el primero en llevarse la llamada 'Triple Corona' en el año de inauguración de 1954, que consistía en ganar las tres carreras clásicas: 'Polla de Potrillos' o 'Polla de Potrancas' -según el sexo del animal-, el 'Derby' y el 'Gran Premio Nacional'. Otros triple coronados fueron 'Tropicana' en 1966, 'Festejado' en 1971 y 'Megatón' en 1978.


Eclipse, descendiente de Darley Arabian y de Godolphin Arabian, dos de los tres sementales que formaron la raza purasangre inglesa.

Con la llegada del '5 y 6' se fundaron revistas especializadas, y en los periódicos y la radio se abrieron espacios para divulgar los datos de las carreras, lo que llevó a que muchos colombianos nos interesáramos también en la hípica como deporte y en la cría del caballo purasangre inglés. Así nos enteramos del nacimiento de esta raza a partir del cruce de tres sementales árabes con yeguas inglesas, de donde nació después 'Eclipse' que fue el primero en competir en forma invicta, y del cual descienden la mayoría de los purasangres ingleses actuales en todo el mundo.

Para quienes nos gustaba la hípica más que la apuesta en sí, el programa oficial de cada carrera traía los nombres del padre, la madre y el abuelo materno. La experiencia había demostrado que los sementales, ya fuese como padrillos o como abuelos maternos, tenían desde 'Eclipse' un peso en las cualidades competitivas de estos corredores.

Por ejemplo, el caballo 'Triguero' -que como dijimos fue el primer ganador de la 'Triple Corona' en Colombia en 1954-, tuvo como padre a 'Le Volcan' -un padrillo francés del cual descendieron muchas de las yeguas madres del hato nacional- y su madre lo fue 'Triguera'. Otro hijo de esta pareja fue 'Tarzán', el ganador del 'Derby' de 1955. Además, 'Dominique' la ganadora del 'Derby' en 1967 era hija de 'San Román' y 'Fastidiosa', y su abuelo materno era 'Le Volcan'.

En el programa que acompaña esta nota, podemos ver que en la primera carrera corrió con el número 7 'Pamplona' y en su genealogía aparecen el padre 'Terminate', la madre 'Pasapoga' y el abuelo materno 'Le Volcan'.

 
Programa del 5 y 6 del domingo 5 de julio de 1970, en donde se corrió la 'Polla de Potrancas' en la tercera válida.
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Otro padrillo de renombre lo fue 'Kesrullah' -importado de Gran Bretaña-, que tuvo varios descendientes ganadores del 'Derby' como 'Kesal' -en 1959- y 'Keslinda' -en 1960-, y que además estuvo representado en una misma carrera como padre y como abuelo materno. Así lo vemos en la quinta carrera del programa adjunto, en donde corrieron con el número 2 'Kennedy' -nieto de 'Kesrullah'- y con el 5 'Cachopelao' y el 6 'Muñequita' -hijos de 'Kesrullah'-. Además, 'Cachopelao' era nieto de 'Le Volcan'.

Como dato personal debo consignar que asistí en noviembre de 1963 -como regalo del bachillerato- al 'Gran Premio Nacional', en donde se esperaba que el caballo 'King Robert' -hijo de 'Robert Baker' y 'Queen Countess', por 'Mustang', montado por el chileno Salvador Godoy- se ganara la 'Triple Corona' después de vencer en cerrados duelos a 'Corsario' en la 'Polla de Potrillos' y en el 'Derby' -en donde le ganó por cuerpo y medio-.

Después de un cabeza a cabeza durante la primera parte de la carrera, cuando entraron a 'tierra derecha' -los 450 metros finales después de la última curva- 'Corsario' le sacaba una cabeza a 'King Robert', entonces faltando 300 metros repunta 'King Robert' y sobrepasa a 'Corsario', pero este último -ya casi sobre la línea final- remata con una soberbia conducción del colombiano Óscar Mazuera y le ganó la carrera a 'King Robert' por tres cuartos de cuerpo. Sin duda la carrera más disputada en los anales del Hipódromo de Techo.

Un dato. Cuando nació 'Triguero' -el ganador del primer 'Derby' y de la primera 'Triple Corona' en 1954- su dueño -Aurelio Cubillos- lo mandó a sacrificar por supuestas deformaciones en sus patas delanteras. Pero el capataz de la finca se convirtió en su padrino y lo salvó para bien de la hípica colombiana.

Dos apuntes. Uno, que en los caballos de carreras se reconocen en las capas -el pelaje- los colores Alazán, Castaño, Tordo -con pelos blancos- y Zaíno -el negro-. Y dos, que a los machos muy nerviosos -especialmente en el partidor- se les castraba, por lo que se les llamaba 'enteros' a los que conservaban sus testículos para poder ser destinados después a la reproducción.

Tres curiosidades. Uno, que quizás el más grande animador de las carreras en el hipódromo de Techo lo fue 'Aguardiente', un caballo mestizo -no era 100% purasangre inglés- que había llegado a Bogotá desde tierras antioqueñas, en donde nació y fue criado. Por lo general lo ponían a correr en la cuarta válida, que se programaba en distancias cortas -de 1.000 a 1.100 metros- y por la pista de arena, en donde se batía de tú a tú con los de más pedigrí. Dos, que otro caballo antioqueño de nombre 'Val-U-Din' era de una velocidad y regularidad tan tremenda que siempre estaba en el marcador y permitía apostar con toda confianza en él, por lo que se llamó 'el caballo del pueblo'. Y tres, que el nombre más raro de toda esa caballada lo fue sin duda 'La Serpiente Emplumada', de propiedad de 'El Cofrade' Alfonso Palacio Rudas, abogado, representante, senador, ministro, embajador, alcalde de Bogotá y miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.

Sobre las causas que incidieron en el cierre oficial del Hipódromo de Techo en 1981 y su posterior liquidación, hay una anécdota que involucra a Rafael Frieri Mazzeo -de El Carmen de Bolívar- uno de sus mayores accionistas de mediados de los 60. Su nombre fue noticia porque siendo directivo del hipódromo le fue impuesta una multa de $5.000 por los comisarios de carreras, a lo que respondió comprando un potrillo de nombre 'Pharcan' -por las primeras letras de sus padres 'Pharyllis' y 'Cantimplora'- el que rebautizó con mofa como 'Cinco Mil' y lo preparó para competir en la 'Polla de Potrillos' de 1965.

En esta carrera le ganó por poco margen a 'Cosaco', un pupilo de Elkin Echavarría -otro de los pesos pesados de la hípica y socio del hipódromo-, quien supo de presuntas mañas de Rafael Frieri para favorecer a 'Cinco Mil'. Parece que esta acusación se constituyó en la gota que rebosó la copa y Elkin Echavarría se unió a otros socios para crear el Hipódromo de Los Andes -que tuvo vida de 1978 a 1986-, lo que se convirtió en el golpe de gracia para el reconocido Hipódromo de Techo.

A propósito, otra anécdota de 'Cinco Mil' fue en el 'Derby' de ese mismo año, en el que no se inscribió 'Cosaco' por la pelea mencionada. Pues bien, el entusiasmo de su propietario era enorme porque se le abría la puerta grande a 'Cinco Mil' para llevarse la segunda corona de la temporada, para lo que se mojó bastante la pista de grama para aliviar la debilidad de sus remos. Pero esto favoreció también a 'Chicote', otro participante que venía de una lesión, y que logró ganarle por varios cuerpos de ventaja a 'Cinco Mil'. En la hípica nacional esto se conoció como el 'Chicotazo'.





Noticia sobre el bombardeo del Lazareto de Caño de Loro. El Tiempo, septiembre 20 de 1950.

EL LAZARETO DE CAÑO DE LORO

En algunas investigaciones de la historia médica en la época de la Colonia, queda consignado que Cartagena por su continúo tráfico de personas fue el puerto de entrada de la lepra a la América española, una enfermedad infecciosa conocida también como 'Enfermedad de Hansen', 'Mal de Antón' y 'Enfermedad de San Lázaro'.

Afecta gran parte del cuerpo, especialmente la nariz -por donde entra el bacilo y es la primera en caerse-, el sistema nervioso periférico, los ojos, la piel, el tracto respiratorio superior, las manos, los pies, el músculo estriado, los huesos pequeños, el riñón y los testículos.

Se le llama 'Enfermedad de Hansen' en honor al médico noruego Gerard A. Hansen quien descubrió su etiología -la causa- que era una bacteria de forma bacilar a quien bautizaron también como 'bacilo de Hansen'.

Sobre el 'Mal de Antón', una de las explicaciones es que en España existe el Castillo de San Antón, que en tiempos pasados servía de lugar de cuarentena a los viajeros sospechosos de tener lepra.

Igualmente, se le designa como 'Enfermedad de San Lázaro' por la parábola que menciona el Evangelio del rico Epulón y Lázaro el leproso que llega al cielo, y que no tiene nada que ver con el Lázaro que resucitó Jesucristo. Por ello a los enfermos de lepra se les llama "lazarinos" y a los hospitales para su tratamiento 'lazaretos',


Monedas de 2 centavos de 1921 que circulaban exclusivamente en los lazaretos Agua de Dios, Caño de Loro y Contratación.

Pues bien, con esos antecedentes desde la fundación de la ciudad, primero se creó un hospital para los leprosos en Getsemaní por allá por 1592, el cual fue trasladado en 1608 -y bautizado como 'San Lázaro'- al cerro en donde está hoy el castillo San Felipe de Barajas y que por eso fue llamado 'Cerro de San Lázaro'. Este dato es importante para entender el porqué el barrio aledaño se llama 'Pie del Cerro' y algunos cartageneros mencionan al 'Castillo de San Felipe' como 'Cerro de San Felipe'.

Posteriormente, al construir el castillo fortificado de San Felipe, el 'Hospital de San Lázaro' es trasladado -cercano a 1796- a la isla de Tierrabomba, en un sitio conocido como 'Caño de Loro', y fue bautizado como 'Lazareto de Caño de Loro'. Sobre este nombre hay leyendas locales que dicen que se llamaba 'Caño del Oro', pero que por la dicción de los locales terminó en 'Caño de Loro'.

Allí permaneció hasta 1950, cuando el gobierno nacional determinó que los leprosos del lazareto de 'Caño de Loro' debían concentrarse en el de 'Agua de Dios', en Cundinamarca.


Lazareto de Caño de Loro en 1939. Tomada de Tomás Morales Muñoz, et al. "La lepra en Colombia, encuestas epidemiológicas: lazareto de Caño de Loro - Cartagena", Revista Colombiana de Leprología, 1939,1 (1): 6-35, en pp 26-27. Publicada por el Banco de la República.

Antes de seguir adelante, hay que anotar que los primeros investigadores médicos de la enfermedad aseveraban que esta era hereditaria, por lo que la única medida para evitar su transmisión era el aislamiento por sexos de los que la padecían. Aún después de que Hansen descubrió que una bacteria era el agente causante de la lepra, hubo oposición de otros científicos debido a que ésta nunca ha podido ser cultivada en el laboratorio. Un dato curioso es que ante esta dificultad fue escogido el armadillo como el animal idóneo para hacer los ensayos. Desde entonces corrió mucha agua bajo los puentes hasta que en los años 40 se iniciara el tratamiento con 'dapsona' -un antibiótico bacteriostático- y la enfermedad se viera bajo otra óptica.

Hay que recordar que antes de los tratamientos con antibióticos los leprosos eran internados a perpetuidad en los 'leprocomios' y todos su bienes pasaban a manos del Estado, quien en retribución se comprometía a darles un auxilio de por vida a quienes estuvieran internados en los lazaretos ya reseñados de 'Agua de Dios' y 'Caño de Loro', así como en el de 'Concentración' en Santander.

Pues bien, la noticia del cierre del lazareto de 'Caño de Loro' y el traslado de los enfermos al de 'Agua de Dios' hubiese pasada inadvertida -igual que su lucha de más de dos siglos- si no hubiese sido porque se anunció además que el territorio donde estaba ubicado iba a ser bombardeado por aviones de guerra de la Fuerza Aérea Colombiana tanto para eliminar cualquier vestigio del 'bacilo de Hansen' como para impedir que las viviendas fueran usadas por otras personas.


Noticia completa de El Tiempo sobre el bombardeo del Lazareto de Caño de Loro. Edición de septiembre 20 de 1950.
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Quienes estábamos muy pequeños en esas calendas y no fuimos parte directa del acontecimiento, tuvimos la oportunidad -en la medida en que crecíamos- de oír tantas veces la repetición de este hecho tan poco usual que terminó por hacer parte de la memoria permanente de nuestra generación. De acuerdo con las fotos publicadas por la prensa, sólo quedaron en pie la casa de dos pisos en donde vivían los médicos -que después se fue deteriorando por el abandono- y el frontispicio de la iglesia del lugar.


Estado de deterioro de la casa de los médicos del Lazareto de Caño de Loro en 2003. [Foto: Carlos José Crismatt Corena]

Además, cuando después conocimos personalmente a contagiados con la 'Enfermedad de San Lázaro', tuvimos una reacción más natural, ya que teníamos la información de las autoridades sanitarias de que si bien era un enfermedad infecciosa, la mayoría de las personas son inmunes a su contagio, y quienes no lo eran se debía a tener deplorables condiciones de higiene y alimentación. Además, que cuando se diagnóstica a tiempo, la lepra es curable mediante una paquete de medicamentos que se entrega gratuitamente y que contiene dapsona, rifampicina y clofazimina.

Esos encuentros se dieron en Torices, en donde gracias este tratamiento dos personas que alcanzaron a presentar daños en su nariz y manos fueron curados a tiempo y se les autorizó vivir en comunidad. Uno de ellos habitaba en una accesoria de la calle Bogotá -a la subida para Nariño- y tenía el negocio de montar 'rockolas' -o 'traganíqueles'- en las tiendas y bares del barrio. El otro vivía igualmente en una accesoria de la parte alta de la calle Santander.





El conejo silvestre del norte de Colombia. [Foto: Wikpedia]

CARNES DE AVES Y DE MONTE

Esta nota no pretende fomentar la caza de animales silvestres en peligro de extinción para el consumo humano, y que están protegidos tanto por la legislación colombiana como por convenios internacionales. Se publica para dejar constancia de una de las costumbres de los habitantes de nuestra ciudad en la mitad del siglo XX.

Para describir el contexto alimenticio de la mitad del siglo XX hay que señalar que la carne que se comía en los hogares cartageneros era de vacunos sacrificados en el matadero municipal y de cerdos cuya matanza se hacía en las casas de sus comercializadores. Estos animales eran traídos de los municipios aledaños. Por otra parte, en los barrios colindantes con el cerro de La Popa se criaban chivos, cuya carne ocasionalmente se vendía para su consumo.

Había otro consumo marginal, que era el de los pichones de palomas que los médicos de la época recomendaban para hacer 'sopitas de pichón' para los niños enfermos y especialmente para las mujeres parturientas, durante los 40 días del puerperio en que debían quedarse en cama para su recuperación. En Torices era famoso el palomar de varios pisos del señor Martínez, que tenía un taller en el que se construían grandes tanques de acero, y que era el mayor proveedor de la época. Estas dos costumbres de recetar 'sopitas de pichón' y de guardar los 40 días después del parto han pasado a la historia.

Entonces no había ni gallinas de postura ni pollos de engorde. De tal manera que la carne y huevos de estas 'aves de corto vuelo' -como se les decía- venían de las zonas rurales, en donde se criaban en espacios libres, alimentadas con maíz y libre pastoreo. Este sistema de manejo natural -sin químicos, hormonas, antibióticos y colorantes-, hicieron famoso el sabor y valor nutricional de estos productos, lo que aún se valora en la actualidad, pero de lo que algunos quieren aprovecharse agregando las palabras 'criollo' o 'natural' en los empaques y publicidad sin ser cierto.

Ante la presencia hoy del pollo asado en cualquier punto de la ciudad, es difícil decir que en esas décadas tener una gallina asada en la mesa estaba reservado para actos especiales, al igual que los pavos de navidad.

Ahora bien, en cuanto a otras carnes de mamíferos, existió en el antiguo mercado público -en la calle que desemboca en la entrada del actual Centro de Convenciones- un sitio de ventas de comida que se instalaba por las noches y servía de refugio a los bohemios después de sus fiestas. Se llamaba 'La Cueva' y allí se conseguían las que se llamaban 'carnes de monte', que correspondían a animales de algunas especies que en ese momento eran abundantes en las extensas zonas sin explotar de la geografía del departamento de Bolívar y de los segregados posteriormente Córdoba y Sucre.

Una de ellas era el 'ponche', abundante en las áreas cenagosas y de arroyos, y que en otros lugares del país tiene numerosos nombres, tales como 'cacó', 'chigüiro', 'chigüere', 'capibara', 'carpincho', 'tanacoa', 'pataseca', 'bocaeburro', 'lancho', 'sancho' y 'culopando'. A pesar de que muchos lo consideraban un 'cerdo de agua', la verdad es que el 'ponche' es un roedor -el más grande del mundo-, de carne aún hoy muy apreciada en los Llanos de Colombia y Venezuela.


El 'ponche', 'chigüiro' o 'capibara', el mayor roedor del mundo. [Foto: Wikpedia]

En Colombia existen dos subespecies, 'Hydrochoerus hydrochaeris' e 'Hydrochoerus isthmius', esta última más pequeña y que es propia en las costas atlántica y pacífica de Colombia y Panamá. Debido a la dificultad del transporte de la época, cuando eran capturados en grande manadas su carne se conservaba despresada dentro de tanques tapados, con un aceite que se preparaba con su grasa subcutánea, la misma que hoy se sigue utilizando para efectos medicinales.

También era abundante la 'guartinaja', otro roedor que vivía cerca de los cursos de agua y es conocido por otros nombres, como 'tinajo', 'guagua', 'lapa', 'conejo manchado' -por sus típicas hileras de manchas blancas en sus costados- y 'paca', este último por su nombre científico 'Cuniculus paca'. Hoy está refugiada en los parques naturales, aunque algunas familias campesinas han iniciado su cría con el permiso de las instituciones ambientales para evitar la extinción de las familias en estado salvaje.


La 'guartinaja', 'tinajo' o 'conejo manchado'. [Foto: Wikpedia]

Tanto el 'ponche' como la 'guartinaja' eran apetecidas por el suave sabor de carne que recordaba a la del cerdo.

El tercer roedor más apetecido era el conejo silvestre -'Silvilagus floridianus'-, un pequeño y activo habitante de los terrenos planos de la costa Caribe que de noche quedaban encandilados por las luces de los 'jeeps' y eran presa fácil de los cazadores. A diferencia de los conejos europeos de diferentes colores y tamaños, el silvestre tiene una piel de pelos cafés con algunos negros y rojizos por encima, y blancos en el vientre.

La presentación para su venta era muy curiosa, ya que después de ser sacrificado se le quitaba la piel y se le extraían los órganos internos, tras lo que se le ponían unos palos delgados en posición horizontal en las zonas del tórax y del vientre, recordando a un crucificado. De esta manera eran ahumados y expuestos al público a las orillas de las carreteras.


El 'ñeque' o 'conejo negro'. [Foto: Wikpedia]

Igualmente, un roedor del mismo tamaño del conejo silvestre era el 'ñeque' -que le dio su apelativo a un ron artesanal clandestino-, y cuyo su nombre científico era 'Dasyprocta fuliginosa'. Es también conocido como 'guatín' y 'conejo negro', aunque la forma de su cuerpo era más parecida al de la 'guartinaja'.

Otro animal de gran demanda era el 'zaíno' -igualmente escrito 'saíno'- , también conocido como 'pecarí' o 'cerdo de monte', este último por su parecido con el cerdo criollo o 'zungo', aunque pertenece a otra especie -su nombre científico es 'Tayassu tajacu'- y es reconocido por su collar de pelo blanco.


El 'zaíno' o 'cerdo de monte'. [Foto: Wikpedia]

Punto aparte era la carne del venado, especie más conocida por su nombre de 'venado sabanero' -'Odocoileus virginianus curassavicus'-, que era más difícil de conseguir porque su hábitat estaba limitado a las partes altas del territorio. Con el crecimiento de la llamada frontera agrícola, que pronto copó las estribaciones más cercanas de la cordillera occidental -como los Montes de María-, su caza se desplazaba a veces hasta el Alto Sinú y el Alto San Jorge en Córdoba y la serranía de San Lucas del sur de Bolívar.


El 'venado sabanero'. [Foto: Wikpedia]

Finalmente, las llamadas 'carnes de monte' tenían otra fuente en el 'armadillo', un pequeño animal del orden de los desdentados -en verdad con dientes poco desarrollados- que impacta visualmente por su coraza y sus nueve placas yuxtapuestas en filas transversales en la cintura -de allí su nombre científico de 'Dasypus novemcinctus'- y que le permiten acurrucarse como una bola para impedir la agresión de sus depredadores. Tiene nombres regionales reconocidos, como 'cusuco', 'tatú', 'mulita', 'gurre' y 'jerre-jerre', este último famoso por la composición musical de Rafael Escalona.


El 'armadillo' de nueve placas en la cintura. [Foto: Wikpedia]

Pero sobre él había opiniones encontradas. Unos lo apreciaban y le decían el 'siete carnes', por el sabor que le encontraban parecido a otras especies como la de cerdo, la de gallina, la de res y la de conejo. Por cuenta de estos admiradores siempre hubo carne de armadillo en 'La Cueva'.

Otros no querían ni verlo, ya que siempre se le achacó desde la colonia ser el vector principal -el que transmite de un organismo a otro- de la lepra, una enfermedad degenerativa de la piel, extremidades y órganos que azotaba a Colombia en esos tiempos y que dicen que entró por Cartagena, por lo que la ciudad tuvo dos célebres instituciones para su tratamiento. Uno, el 'Hospital de San Lázaro' -levantado en el cerro de San Lázaro, en donde está el Castillo de San Felipe-. Y dos, el bombardeado 'Lazareto de Caño de Loro' -en Tierrabomba- a donde fueron trasladados los enfermos del primero luego de su destrucción.

Además, como la bacteria que produce la lepra -el 'bacilo de Hansen'- nunca ha podido ser reproducida en los cultivos de laboratorio, fue escogido el armadillo como el animal ideal para estudiar la enfermedad, lo que aumentó su desprestigio como fuente de alimento.





Cartuchos para fabricar buscapiés decomisados en Cartagena. [Foto: El Universal]

CHISPITAS, TRIQUITRAQUES, CARPETAS, CEBOLLITAS, TIRITOS Y BUSCAPIÉS

Esta nota no pretende fomentar el uso de la pólvora, ya que está prohíbida por la legislación colombiana y causa graves quemaduras en los niños. Se publica para dejar constancia de una de las costumbres de los habitantes de nuestra ciudad en la mitad del siglo XX.

Además de los disfraces, comparsas, música, bailes y ron, uno de los distintivos de las Fiestas del 11 de Noviembre de mitad de siglo XX fue la quema de elementos pirotécnicos individuales como las chispitas, los triquitraques, las carpetas, las cebollitas, los tiritos y los buscapiés. Era algo que diferenciaba los regocijos populares cartageneros de los otros celebrados en el país.

Por ejemplo, en otras latitudes era común el uso de los llamados volcanes, unos conos de cartón que al encenderlos quemaban la pólvora expeliendo chispitas de colores y al final hacían un fuerte estallido. Lo mismo que los voladores que surcaban el cielo para anunciar las festividades religiosas.

En esa Cartagena no había inhibiciones ni prohibiciones para el uso de estos artefactos, por lo que se vendían libremente en las tiendas de los barrios. Para los más niños era como un inicio enseñarles a manejar las 'chispitas' -también llamadas 'bengalas'-, que eran unos pedazos rectos de alambre recubiertos con una mezcla de material combustible seco -entre ellos el salitre-, excepto en la punta por donde se agarraba. Al encender cada 'chispita', se le daba vueltas con el brazo extendido para que los puntos incandescentes se esparcieran y crearan una lluvia destellante.

Estas 'chispitas' tenían un sustituto para cuando no había más monedas o se habían acabado en la tienda. Se trataba de la esponjilla metálica de la cocina -el llamado 'brillo'- que tiene la particularidad de quemarse igual que la 'chispita', para lo cual se la amarraba a la punta de un palo.

El punto negativo de ambas estaba en las pequeñas quemaduras que se hacían a la piel y tejidos sobre los que caían las chispas. Y también que los niños al no poder controlar las 'chispitas' las botaran y cayeran sobre su propio cuerpo o el de otra persona

Después llegó el uso del 'triquitraque', que no eran más que pequeños pegotes azules -del tamaño de una moneda de diez centavos- que venían adheridos en papel de envolver. Para su uso se despegaba y se raspaba sobre el piso, tras lo cual se encendía y empezaba a botar chispas mientras saltaba por el piso. El mayor peligro que era que a veces se pegaba en los dedos y no se podía botar después de rasparlo, por lo producía graves y dolorosas quemaduras.

Sin embargo, una mayor preocupación llegó a los padres de familia cuando en la prensa nacional salió la noticia de que en Bogotá una pareja se había suicidado mediante envenenamiento por haber ingerido 'totes', y se supo entonces que ese era el mismo 'triquitraque' que usábamos los niños en Cartagena. La causa era que estaba fabricado con fósforo blanco, que provoca la muerte por daños en hígado, corazón y riñón.


Prendiendo varios 'buscapiés' al tiempo y dejando que 'cojan fuerza'. [Foto: Canal edb22 Youtube]

Otra moda que atrapó a los niños fueron las 'carpetas', que eran envoltorios triangulares aplanados de papel grueso y de pequeño tamaño que tenían en su interior una mezcla de componentes explosivos y una mecha que sobresalía, de tal manera que al encender esta ultima estallaba con un fuerte sonido. Se consideraban seguras, ya que después de encender la mecha daba tiempo para lanzarlas, lo mismo que por su escasa cantidad de explosivos no producía daños personales ni materiales.

Otra 'arma' de las fiestas era la 'cebollita', de una simpleza pura, ya que consistía en una mezcla de sustancias explosivas envuelta en papel tipo mantequilla que formaba una bola del tamaño de un ajo, pegada con engrudo y apretada con hilos de coser. Su uso se limitaba a tirarla para que explotara con el impacto contra una superficie dura, tras lo cual causaba un fuerte ruido. El peligro era que mal direccionada podía golpear a alguien en la cabeza y reventar allí.

Después venía en la escala el 'tirito', del tamaño y forma de un cigarrillo con filtro pero un poco más grueso y hueco por dentro, envuelto en papel blanco y con una depresión circular hecha con un hilo fuerte a más o menos un centímetro de una de las puntas -lo que se llamaba 'cuello'- para formar la cabeza del 'tirito', la que se rellenaba con una masa húmeda de azufre que después se dejaba secar.

El resto del cuerpo del 'tirito' se rellenaba con una mezcla de sustancias explosivas -entre ellas salitre y clorato de potasio-, que al ser calentado por la cabeza de azufre encendida estallaba y reventaba el envoltorio de papel con un sonido fuerte y seco. Para evitar que esta mezcla se saliera por la punta, se tapaba con barro y también se dejaba secar.

Para que se encendiera el 'tirito' se agarraba por el 'cuello' y se le ponía al azufre la punta de un cigarrillo encendido. La calidad de los lotes de 'tiritos' se medía por la efectividad de explotar, ya que por mal almacenamiento o defectos de fabricación muchos se 'follaban', es decir que se prendía el azufre pero no explotaban.

En la cima de los juguetes pirotécnicos de la Fiestas del 11 de Noviembre -ahora llamadas Fiestas de la Independencia- estaba el temible y terrible 'buscapiés', el temor de las ancianas y de la reinas cuando iban en las carrozas. Su forma era la de un 'tirito' con esteroides, pero con diferencias fundamentales en su preparación.


Lote de 'buscapiés' con el forro azul en su cabeza. [Foto: Canal edb22 Youtube]

Por un lado, la cabeza estaba rellena de pólvora negra y recubierta con un papel fino -por lo general azul- que se ataba con un hilo a la altura de su cuello. Y por la parte inferior se llenaba de una mezcla de pólvora negra, salitre -nitrato de sodio y nitrato de potasio-, azufre, clorato de potasio y otros químicos -de acuerdo con el fabricante- que cumplía una doble función de servir de empuje como en los cohetes -para que corriera entre los pies de las personas- y de explotar al final del recorrido.

Para encenderlo, los expertos agarraban el 'buscapié' por el cuello, le quitaban el papel para dejar la pólvora al descubierto y entonces le ponían la punta encendida del cigarrillo. En ese momento por la cabeza comenzaba a salir fuego, pero se sostenía fuertemente sin soltarlo hasta que 'cogiera fuerza', hasta que finalmente se soltaba a ras de piso o se tiraba a un grupo de personas pero siempre en dirección al suelo para impedir que se fuera hacia el cielo como un 'volador'.

Un requisito indispensable de un buen experto en tirar 'buscapiés' era contar con un guante de cuero grueso, ya que en muchas oportunidades estallaba anticipadamente antes de que 'cogiera fuerza', lo que ocasionaba lesiones graves, a veces con amputación de falanges.

Por lo general no se utilizaba aisladamente, sino en las llamadas 'guerras de buscapiés', en donde grupos de jóvenes de ambos sexos se enfrentaban lanzándolos entre ellos. Al principio fueron famosas las 'guerras' que estaban concertadas tácitamente en las zonas del Paseo de los Mártires, la Boca del Puente y las plazas de Los Coches y de La Aduana. Posteriormente, en los años 60, se trasladaron a los barrios de Manga y Bocagrande, especialmente en éste último en donde se enfrentaban en dos esquinas diagonales -una enfrente de una panadería- en la Avenida San Martín.

Estaba tan entronizado el 'buscapiés' en el alma de los cartageneros, que hasta la misma alcaldía los regalaba en el día del Bando. Su fabricación también era tradicional, ya que unas familias eran las que tenían a su cargo su fabricación y distribución, entre ellas los Acosta y Lavalle.

Pero después de ellos fue entonces cuando apareció el potente y tenebroso 'Camberra', un 'buscapié' con musculatura de 'Rambo' que sobrepasaba en todo a sus antecesores. Comparados con una 'guerra' de 'Camberras', sus antecesores parecían simples 'tiritos'.

Con el paso del tiempo, la presión de las entidades de salud pública y de organizaciones privadas también llegó a Cartagena, lo que coincidió con las graves lesiones provocadas por los 'Camberras' en manos de jóvenes que se hipnotizaron con su poder y no pudieron controlar su uso. Hoy -aunque no se cumple- existe en la ciudad la prohibición del uso de la pólvora -incluyendo a los 'buscapiés'-, especialmente en las Fiestas de la Independencia y en la época de Navidad. Y es irónico que en los últimos años uno de los temas musicales más sonados de las fiestas es 'El Buscapié', del sanjuanero Hugo Bustillo.





Funeral con carroza blanca. [Foto: Banco de la República, Cartagena. Dorothy Johnson de Espinosa.]

LA VELACIÓN EN CASA

Uno de los oportunos servicios de la ciudad moderna es el que prestan las funerarias, que organizan desde el traslado de la persona del sitio de su fallecimiento, hasta la preparación del cuerpo, el arreglo estético, el ataúd, la velación, los carteles, la misa de difuntos y su inhumación o cremación.

Pero a mediados del siglo pasado las cosas eran diferentes. En los inicios de esa centuria los servicios funerarios se limitaban a la venta de los féretros, pero con el paso del tiempo se comenzaron a prestar otros servicios como el suministro de los candelabros, los incensarios, las cruces y las bases para el ataúd, así como las carrozas tiradas por caballos y conducidas por un elegante cochero. En general había dos tipos de carrozas. Unas pintadas de color blanco y más pequeñas que estaban destinadas para los niños y señoritas. Y otras más grandes de color negro que eran para los jóvenes y adultos.

En los años 50 las carrozas fueron desplazadas poco a poco por los carros fúnebres, cuyos servicios inicialmente eran limitados a las clases pudientes. Las carrozas sobrevivieron algunos años más, ya que eran utilizados por las clases de menos recursos económicos debido a su menor costo, pero al final fueron totalmente desplazadas.

Pero, como siempre, algunos sectores marginales no tenían la posibilidad de invertir mucho dinero en el entierro de sus familiares, así que se limitaban a comprar ataúdes de poco valor -a veces de madera sin desbastar y sin pintar- y llevarlo cargado por sus allegados hasta la iglesia y el cementerio. En esa época el único camposanto era el de Manga.

Hasta bien entrada la década de los 50 la velación del difunto se realizaba en la sala de las casas. Para ello tenían que recoger los muebles y pasarlos para el comedor o las habitaciones -y a veces a donde los vecinos- a fin de dejar el espacio libre para el ataúd, el 'altar', los candelabros y las sillas para los dolientes. Hay que anotar que si bien las salas de velación aparecieron para esas calendas con la Funeraria Lorduy, por motivos culturales y económicos su popularización fue muy lenta y se fue logrando en décadas posteriores

El principal problema en esos tiempos era la conservación del cadáver cuando debía ser sepultado al día siguiente y debía retardarse su descomposición. No se hacían las prácticas rutinarias del día de hoy, como inyectar formol u otras sustancias patentadas para evitar la putrefacción a corto o mediano plazo, así como su embellecimiento -la llamada 'tanatopraxia'-.De tal manera que lo único que se hacía era recurrir a colocar algodón mojado en bicarbonato, cal u otras sustancias en los orificios naturales del cuerpo para evitar el hedor -esto aún se hace y se ve como se asoman los copos de algodón por los agujeros de la nariz-, así como poner bloques de hielo en grandes tinas de aluminio debajo del ataúd, con aserrín o cascarilla de arroz para prolongar su descongelamiento. Esto se ocultaba con los faldones de la tela con que se cubría la base del ataúd.

Tanto si la persona moría en una clínica u hospital -en cuyo caso su transporte era realizado por las respectivas ambulancias- o en la propia casa, se debía conseguir el certificado del médico sobre la causa de su muerte. Pero antes de ser introducido en el 'cajón de muerto' -que era como más frecuentemente se referían al ataúd o féretro-, los familiares debían cumplir con la penosa obligación de buscar las mejores prendas para vestir al difunto. En el caso de los varones adultos se usaba el vestido entero o por lo menos camisa blanca y corbata, y en las mujeres los vestidos de color negro o café, aunque la mayoría de la veces se les cubría con una sábana blanca hasta el cuello. Por lo general, siempre existían vecinas expertas en estas lides que ayudaban en la labor y además acicalaban el rostro del muerto para tratar de hacerle parecer como dormido.

Un dato importante a tener en cuenta para vestir al occiso con sus últimas prendas era el llamado 'rigor mortis' -o rigidez cadavérica-, que comenzaba después de las primeras horas de la muerte, por lo que debían apresurarse a hacerlo lo más pronto posible ya que a las dos horas se presentaba externamente en el cuello y brazos. Si se dejaba que el cadáver presentara una rigidez total, debía recurrirse entonces a personas experimentadas que mediante la fuerza podían quitar momentáneamente la inflexibilidad del cuerpo, ya que sólo después de 36 a 48 horas era que se perdía el 'rigor mortis'.

En cuanto a la velación en sí, lo más importante era la instalación de una mesa cubierta con un mantel blanco y adornada con un Cristo crucificado o un Sagrado Corazón -se le decía el 'altar'- pegada a una de las paredes de la sala, una vela a cada lado y unas flores al frente del Cristo, y cerca de una esquina un vaso lleno de agua con un pedazo de algodón dentro. Se decía que esta agua era para que el difunto calmara su sed en el camino a la Eternidad, y como por la alta temperatura ambiente y el calor de las velas el nivel iba bajando, se daba por cierta esta aseveración. Igualmente, de acuerdo con la devoción del finado o de la familia, se agregaban estampas o imágenes de la Virgen o de otros santos.

Cuando en la casa existía la 'mesa de los santos' -que era una costumbre de la época-, simplemente se mudaba de sitio para la sala. Igualmente, en la pared contra la cual se colocaba esta mesa debía colgarse una sábana blanca.


Todavía se prepara el 'altar' para velar a sus muertos en las zonas deprimidas de la ciudad.
[Fotos: El Universal.]

Por su parte el ataúd se colocaba sobre cualquier soporte improvisado -generalmente unos 'burros' de madera o una mesa bien fuerte que prestaba algún vecino y que se cubrían con una tela blanca-, con la cabeza del difunto orientada hacia la mesa del 'altar', mientras que los familiares y dolientes se sentaban a los lados del 'cajón'. A veces era posible conseguir el servicio de los candelabros de metal y entonces se prendían unos cirios a los lados del féretro.

Siempre ha existido en Cartagena la institución de las plañideras, que eran señoras de origen humilde que tenían por oficio el acompañar a las familias en los velorios para hacer los rezos e inclusive llorar por el muerto. Cuando la ciudad era sólo el Centro, San Diego y Getsemaní las primeras plañideras vivían en tres barrios de invasión llamados Boquetillo, Pekín y Pueblo y adosados a las murallas en lo que hoy es parte de la Avenida Santander.

En la época que nos ocupa, las plañideras aún existían y -si bien tenían menos protagonismo que antes- eran utilizadas en algunos sectores de la ciudad que las consideraban parte de su cultura. Inclusive, aún en nuestros días algunas comunidades de la Costa Atlántica -entre ellas San Basilio de Palenque- conservan esta costumbre en que personas reconocidas y aceptadas por ellas rezan y lloran por sus muertos.

En su reemplazo, algunas personas vecinas que conocían las ceremonias religiosas para estos casos eran quienes orientaban las oraciones. En el barrio de Torices este papel lo desempeñaba con dedicación y lujo de competencia Jorge el 'Gago' Franco Carrasquilla -hermano de Rafael Franco el recordado 'Tony Porto' -, quien con su espíritu servicial era el primero en acompañar a las familias en esos momentos dolorosos.

Después de la velación salía el cortejo fúnebre hacia la iglesia del barrio para la misa de cuerpo presente y de allí marchaban para el cementerio a enterrarlo -o inhumarlo, ya que no existía la práctica de la cremación- para darle el descanso eterno. Esto es algo que ha cambiado, ya que hoy existen algunas empresas que han integrado en el mismo lugar todos los servicios, en donde se hace la velación, se celebra la misa y se hace la cremación o la inhumación del cuerpo.

Todo este proceso era traumático para los niños -y aún para muchos adultos- ya que se tenían muchas supersticiones y era común el miedo a los muertos. Por ello, cuando había un duelo en la casa a los menores se le enviaba para donde los parientes o amigos. Y algunos adultos miedosos aprovechaban la excusa del poco espacio en la casa para irse a dormir también en otro lado.

Pero esto no acababa con el entierro del familiar, ya después venían los nueve días del velorio, en que a todas las horas del día se recibían las visitas para dar el pésame y por las noches se reunían los familiares y vecinos para rezar. Era costumbre ofrecer a los asistentes por lo menos café, agua aromática de toronjil y cigarrillos Pielroja, aunque de acuerdo con la condición económica también se podían brindar diversos platos de comida, pasabocas y cigarrillos rubios americanos.

En estos velorios era notoria la separación de géneros, ya que mientras las mujeres se sentaban en la sala para los rosarios, los hombres se iban para el patio de la casa en donde echaban chistes y montaban mesas de juego de dominó o de cartas, por lo que entonces se agregaba la compra de ron blanco, aunque si había un contrabandista amigo o de la familia entonces aparecían las botellas de whiskey.

Después de la misa de nueve noches y el respectivo rosario, al día siguiente todo volvía a su puesto en la casa.





Pesebre napolitano cuyo estilo se copió en Cartagena. [Foto: Adaptada de Wikipedia]

EL PESEBRE Y EL ARBOLITO DE NAVIDAD

En una comunidad pequeña y con arraigado sentido católico, la llegada del mes de diciembre imponía la obligación de 'hacer' el pesebre y 'montar' el arbolito de navidad.

Faltaban muchos años para que salieran los pinos de plástico, así que para el arbolito de navidad se recurría a los abundantes árboles de los patios o de las faldas de La Popa y se cortaba una rama que estuviera bastante dividida. El siguiente trabajo era rasparla para quitarle la corteza, lavarla con agua y dejarla secar para que se le quitara la baba.

Algunos se gastaban unos centavos en comprar pintura de color caoba o verde para darle un bonito acabado y ponerles colgajos de algodón en algunas partes. Otros los dejaban al natural y le forraban las ramas con abundante algodón. Los adornos más recurrentes era colgar en las ramas las bolas de colores brillantes -hechas con el material de los termos y que se rompían con facilidad- y las guirnaldas que le daban volumen al arbolito ante la ausencia de hojas. Obligatoriamente en el ápice se ponía una estrella de color dorado y se le guindaban las tarjetas de navidad que llegaban y pequeños paquetes en forma de regalos.

Las luces para adornar el árbol no eran fáciles de conseguir y eran de unos bombillitos de vidrio rojo, verde y blanco, a veces decorados, del tamaño y forma de un ají criollo -con el mismo sistema de rosca de un bombillo normal y de vidrio más grueso- y no venían con el mecanismo para parpadear. Para esto debía comprarse por aparte un aditamento que hacía intermitente el flujo eléctrico y permitía prender y apagar alternadamente cada línea completa de bombillitos mediante un termostato.

Estas luces no se fabricaban en el país, así que inicialmente muchos se surtían en Panamá, hasta que llegó a Cartagena a mediados de los 50 el Almacén Sears -en la calle del Porvenir, en donde estuvo primero el Almacén Mogollón- que trajo a la ciudad novedades en muebles, electrodomésticos, máquinas de escribir, ropa y otros elementos para el hogar fabricados en Estados Unidos.


Bombillito para las luces de navidad

La frágiles bolitas para el arbolito de navidad

Para la base del árbol se usaba -de acuerdo al tamaño- desde un pote pintura hasta una lata de manteca, la que se rellenaba de tierra o de arena y allí se introducía la parte inferior. Esta base se recubría y decoraba con papel de color.

En cuanto al pesebre, lo primero era seleccionar el sitio de la casa en donde se iba a instalar, que lo más común era en una esquina de la sala. La forma era la de una colina con una planicie que se hacía con la máquina de coser o una mesa pequeña. Alrededor de esta se ponían sillas, taburetes y cajas de madera para crear las faldas de la colina.

Una vez colocados los elementos y asegurados entre sí con cuerdas u otro mecanismo para que no se desarmara el entramado, se cubría toda el área con una superficie hecha con el papel de las bolsas en donde venía el azúcar, que era grueso y de varias capas. Estos papeles se cubrían con almidón de yuca un poco licuado usando una brocha de pintar, tras lo cual se le esparcía con la mano aserrín fino previamente entintado con anilina verde oscura y café, unos para las partes bajas en que estarán pastando las ovejas y otros para las partes altas que serán las montañas.

Para dejar fijo el papel se usaban tachuelas de cabeza pequeña que se ponían con cuidado para no dañar la madera de los elementos usados, tratando para ello de que quedaran en el borde inferior interno de los mismos.

Por aparte se mandaba a hacer en la carpintería del barrio la pequeña casita de madera con techo de paja, y en los almacenes de la ciudad -entre ellos Magali Paris y El Centavo Menos-, se compraban las figuras de la Sagrada Familia, los Reyes Magos, pastores, bueyes, asnos, camellos, ovejas, cisnes y palmeras, entre otros.

El punto central del pesebre era el establo, que se colocaba en la parte más alta. Algunos colocaban sobre la planicie una caja de zapatos para formar un repecho que fuera más alto que el resto y poner allí la casita de madera, con el suelo regado de tiritas bien delgadas de papel verde para simular la hierba. Esta casita estaba coronada con una estrella dorada, para recordar a la Estrella de Belén que guió a los visitantes, entre ellos a los Reyes Magos. Entonces se colocaban José y María, el asno, el buey y la canastica en donde será colocado el Niño Jesús el 24 de diciembre. Igualmente, en esa fecha se colocaban los Reyes Magos con sus camellos, aunque algunos esperaban hasta el 6 de enero para guardar la tradición.

Con un espejo se simulaba el lago en donde nadaban los cisnes, y a su alrededor se ponían una pequeñas piedras chinas y se regaba un poco de arena de mar. Para hacer el arroyo que llegaba y salía del lago se usaba papel azul que se cortaba en una banda larga y se plegaba en forma de franjas superpuestas -o simplemente se arrugaba-, tras lo cual se pegaba con almidón en un recorrido que iba de la parte alta a la baja.

En otro lugar se ponían las ovejas con los pastores, que también se alfombraba con las tiritas verdes. Si se tenían otros animales -como caballos, aves-, se ponían estratégicamente para que no se vieran partes desocupadas. Además, se ponían hileras de piedras pequeñas para simular caminos, se 'sembraban' las palmeras, se metía por debajo del papel entintado otros pedazos de papel arrugado para crear promontorios y si era posible se conseguía un puente para cruzar el arroyo.

Como las luces navideñas de la época eran un poco grandes en relación con las actuales, se limitaban a ponerlas como adorno alrededor del pie del pesebre y este se alumbraba desde arriba con una bombilla en una lámpara cónica que permitiera dirigir el haz de luz sobre él.

En esta actividad participaba todo la familia, desde los niños hasta los adultos, lo que creaba un bonito ambiente familiar. Y como la creatividad era diferente en cada casa, era emocionante visitar a los vecinos para ver qué se les había ocurrido y festejar en conjunto esos pequeños detalles.

Cuando ya pasaba la fiesta de Reyes del 6 de enero, se convocaba de nuevo a la familia para 'desarmar' el pesebre y 'desmontar' el arbolito, a fin de guardar cada elemento debidamente protegido en una caja, que los tenía de una vez listos para la siguiente navidad.





Letrina típica

Excavación del hoyo para la letrina

Interior de una letrina

LOS MINER0S

Una de las palabras preferidas por los cartageneros en sus charlas es 'miedda', que algunos convierten en 'ñerda', sin embargo en las conversaciones formales está totalmente  proscrita. Lo mismo sucede en el lenguaje escrito, pero en donde los transgresores son los escritores profesionales que se consideran con licencia para hacerlo.

Una de esas veces sucedió en el diario El Espectador, cuando uno de sus más afamados columnistas, el loriquero David Sánchez Juliao, tomó como excusa una apuesta que hizo con un amigo de que no se atrevería a publicar en ese diario el slogan de la familia del último, y que reza: ¡Cabrales: hasta la mierda les vale! Quizás ese decoro idiomático fue lo que hizo bautizar como 'mineros' a quienes se dedicaban a desocupar las pozas sépticas de los inodoros.

En la Cartagena de mitad del siglo pasado como no existía el alcantarillado, se utilizó inicialmente la letrina, que no es más que un hoyo en la tierra cubierto con una plataforma de madera o de cemento y con un agujero en el centro por donde se evacuaban los excrementos, encima de la que se construía a veces una caseta para mayor privacidad. La principal innovación de este sistema primitivo fue la incorporación de una taza -primero de cemento y después de porcelana- que hacía más cómoda la deposición. Aunque parezca cosa del pasado, las letrinas aún hacen parte de los programas de saneamiento básico en muchas zonas del país. Su manejo era más sencillo, ya que se les agregaba cal o ceniza para favorecer el proceso de degradación biológica sin humedad, hasta el punto de que hoy en las zonas campesinas se aprovecha para hacer abono orgánico.

Luego, con la llegada del servicio de agua a través del acueducto, se hizo posible la instalación de los inodoros -o sanitarios- que utilizamos hoy día, y que mediante la descarga de agua a través de un sifón en su base llevaba los detritos orgánicos a la poza séptica, que era un depósito excavado en la tierra con paredes y piso de bloques cubiertos de cemento y de una plataforma con estructura de varillas de hierro y vaciada en cemento para cubrirlo. Se le dejaba una tapa cuadrada en una de las esquinas y un respiradero para la salida de los gases, que generalmente era un tubo de zinc con una cubierta cónica arriba para evitar la entrada del agua lluvia.

Pues bien, con las descargas continuas de excrementos, había un momento en que se llegaba al tope de su capacidad y el inodoro se tapaba y la poza se rebosaba. Entonces, la solución era extraer el material acumulado para devolverles la funcionalidad, y para lo cual debía recurrirse a estos curiosos personajes que como dijimos se conocieron como los 'mineros'.

La mayoría de los vecinos no sabían quiénes eran y como se llamaban, ya que simplemente se le dejaba la razón en unas direcciones de las que sí se sabia y ellos se presentaban por la noche en la casa en las que se requería de sus higiénicos servicios, exploraban el terreno y cuadraban el día y el valor, de acuerdo con el tamaño y ubicación de la poza. También se incluía la compra de botellas de 'ron tornillo', tabacos de El Carmen de Bolívar y fósforos 'Guacamayo' de madera.

Como elementos de trabajo los 'mineros' contaban con su carretilla de madera de tres ruedas con un tanque grande con su tapa encima, palas, cabuyas y latas de aceite vegetal 'La Suprema' sin la tapa superior y con un listón de madera clavado entre dos de los lados para agarrarlas o amarrarlas por allí.

El día de la limpieza los habitantes de la casa dormían en las habitaciones más alejadas de la poza séptica, e igualmente avisaban a los vecinos colindantes para que hicieran igual. Los 'mineros' siempre llegaban pasada la medianoche, cuando ya no había actividad en el barrio, y entraban con sus herramientas por la 'puerta del campo' que tenían todas las casas en esa época, por la que se salía del patio a la calle.  

A esa hora ya se habían tomado varias botellas de ron -para estar dispuestos a todo- y después de quitar la tapa de la poza encendían sus tabacos -para tratar de enmascarar el mal olor- y enseguida comenzaban la rutina de llenar las latas y echar su contenido en el tanque de la carretilla, para luego llevarla a un sitio que ellos conocían y en donde podían botar su carga. Esta rutina se repetía tantas veces cuanto fuera necesario, hasta que al depósito se le hubiera retirado totalmente los excrementos. Luego de esto tapaban nuevamente la poza y se perdían en las sombras de la noche, tan sigilosos como cuando llegaron. A la noche siguiente regresaban para cobrar su trabajo.

Finalmente, dando un salto al futuro, los 'mineros' de hoy son unos grandes camiones dotados de motores de succión, largas y fuertes mangueras y un gran depósito metálico, que además de destapar cañerías sanitarias en las casas y las alcantarillas de las calles, desocupan una poza séptica en un santiamén a plena luz del día.





Fósforos 'El Diablo'.

Fósforos 'Parrot', llamados también 'Guacamayo'.

Fósforos 'El Indio'.


DEL FÓSFORO 'GUACAMAYO' A 'EL DIABLO'

A mediados del siglo se hicieron famosos los fósforos 'Guacamayo', que eran de los llamados de seguridad, es decir que sólo podían encenderse si se rastrillaban contra las bandas especiales que estaban pegadas a cada lado de la caja.

En realidad estos fósforos eran de marca 'Parrot', que entraban de contrabando por Urabá y la Guajira, pero como tenían el dibujo de un guacamayo, eran llamados así por la gente. A la vista, se reconocían porque tanto la caja como el palo de los fósforos eran de madera liviana, parecida a la balsa. La caja tenía también algunas partes de cartón.

Aunque es un tema técnico, es importante decir que en las primeras 'cerillas' inicialmente se utilizó el 'fósforo blanco' -que mencionamos en la fabricación del 'triquitraque' o 'tote'- que además de tóxico era muy inflamable.


Cerillas de 'Bryant & May'.

Un dato importante es que debido a los problemas de salud causados a los obreros en la fábrica 'Bryant & May' en Londres, un grupo de mujeres -llamadas 'Las cerilleras del East End'-, iniciaron una serie de manifestaciones públicas para que se cambiara el 'fósforo blanco' por el 'fósforo rojo'. Esta fue la primera huelga femenina de la historia, que comenzó el 6 de julio de 1888.

El proceso para hacer el cambio era sencillo, ya que desde 1840 se había descubierto que calentando el 'fósforo blanco' en un recipiente de hierro sin aire, se transformaba en el inocuo 'fósforo rojo'. Al uso de esta nueva 'cerilla' de 'fósforo rojo' fue a lo que se llamó 'fósforo de seguridad'. En realidad el fósforo no estaba en la cabeza de la 'cerilla', sino que se ponía en una banda pegada a un lado de la caja, lo que impedía que las que estaban dentro de la caja se prendieran por el roce.


Fósforos de seguridad 'Golondrina' de 'Swedish Match'.

Sin embargo, este tipo de 'fósforos de seguridad' tenía problemas en climas cálidos y húmedos como el de Cartagena, ya que la banda para encenderlas se deterioraba rápidamente y al cabo de unos días presentaba zonas peladas y las 'cerillas' no se podían prender. Pero como no había oferta de otro tipo de fósforos, se usaban por necesidad.

Y no es que en Colombia no se fabricaran fósforos, ya que allá por 1909 fue fundada en Antioquia la 'Fábrica de Fósforos y Velas Olano', que incentivó a su vez la apertura de otras empresas similares, pero que a la postre terminaron siendo absorbidas por la primera. Queda por averiguar si fue fruto de los problemas en la seguridad al encenderlos o de comunicación con la Costa Atlántica, el que en Cartagena no se utilizara estos fósforos.


Otros fósforos de seguridad de 'Swedish Match'.

En cambio, el contrabando era cosa aceptada por la sociedad de entonces y era casi que un 'honor' tener uno de ellos de amigo o de la familia. Esto permitía que se comercializaran fósforos extranjeros como el mencionado 'Parrot' que era -y todavía es- fabricado por la empresa sueca 'Swedish Match' -literalmente 'Cerilla Sueca'- que había comprado en 1926 a la mencionada 'Bryant & May'.

Y la mención de la marca 'Swedish Match' no sería importante si no se anotara que desde hace más de cien años vienen produciendo su producto bandera de 'fósforo de seguridad', pero bajo diferentes nombres de acuerdo con la región en donde se distribuyen. Hurgando en su catálogo, se encuentran inclusive nombres en español como 'Golondrina' y 'Tres Estrellas' que tienen otras versiones bajo los nombres de 'Swallow' y 'Three Star'.

Posteriormente fueron reemplazados por otro tipo de 'cerillas' con un fósforo más seguro y menos tóxico y con un palo de papel parafinado, que se prenden al rasparlos sobre cualquier superficie rugosa y seca. Esto se llamó 'fósforo integral' y se consiguió con el uso del 'sesquisulfuro de fósforo', que evita el riesgo de una ignición espontánea y es poco tóxico.

  
Fósforos integrales de producción nacional.

Estas nuevas 'cerillas' tuvieron en esa época un representante muy emblemático como lo fue 'Fósforos El Diablo'. Después aparecieron -entre otros- 'El Indio' -de la misma fábrica del anterior-, 'Refuegos', 'Póker' y 'El Rey'.

Pero a partir de 1992 la historia de la industria fosforera colombiana cambió, ya que el grupo español Fierro comenzó a producir 'cerillas' con alta tecnología en una compañía llamada 'Fonandes' en Sopó, Cundinamarca, y a venderlas por debajo del precio. Y aunque esta práctica fue denunciada no prosperó, lo que llevó a la quiebra a los dueños de las factorías nacionales que vendieron -entre otros- a fósforos 'Iris' de Bogotá, 'Refuegos' de Medellín y 'Póker', 'El Viejo', 'Vulcano' y 'El Rey' del viejo Caldas. Además, 'Fonandes' también absorbió a la filial colombiana de 'Swedish Match' -la 'Compañía Fosforera Colombiana'- y sus fósforos 'Tres Estrellas'.


Fósforos importados 'Bengala' y 'El Sol'.

Y como el mundo da vueltas, hoy se están importando fósforos -a pesar del monopolio del grupo Fierro-, y están pegando fuerte en el mercado tanto el viejo 'fósforo de seguridad' -que encienden sólo sobre la superficie de fricción de la caja-, con la marca 'Bengala' y el 'fósforo integral' -que se frota en cualquier superficie- de la marca 'El Sol' de Ecuador.





El monumento a 'Los Alcatraces' en la avenida Santander de Cartagena de Indias.

EL ALCATRAZ CARTAGENERO

Cuando los visitantes de la ciudad pasan por el sector amurallado de la avenida Santander ven con agrado un monumento dedicado a los alcatraces, que en grupo vuelan hacia el norte. Bueno, menos uno que parece que no se dio cuenta cuando los otros levantaron el vuelo y se quedó solo en tierra.

Esta obra fue elaborada por el escultor español Eladio Gil Zambrana -el mismo del monumento a la 'India Catalina'-, y que fue instalada en 1974 como un homenaje al escritor e historiador Daniel Lemaitre.

El alcatraz

Llega cuando el invierno empaña el día
y, heraldo de la recia tribunada,
bate por la quietud de la ensenada
el remo gris de su melancolía...

De pronto corta el vuelo; se diría
que lo ha herido la muerte a la pasada,
y cae como cosa abandonada
y rompe el vidrio azul de la bahía.

Certero, al deglutir, del pico enorme

sale un reflejo de metal pulido:
¡es el trágico fin de un pez que albea!

Después, viejo filósofo conforme,
como si nada hubiera sucedido,
se deja columpiar por la marea...

Daniel Lemaitre

Pues bien, hasta allí todo parece normal, pero la cosa cambia cuando quienes vienen de otras ciudades costeras marinas detallan que los que aparecen como alcatraces son simplemente pelícanos. Y tienen razón, ya que por tradición los cartageneros somos propensos a cambiarle el nombre a las cosas. Por ejemplo, ya hemos anotado en otro lado, que a las 'libélulas' le decimos 'caballito del diablo'. Y llamábamos 'chivo' a la moneda de un centavo y 'chiva' a los viejos buses de madera de transporte urbano.

El alcatraz que decimos en Cartagena es el 'pelícano pardo del Caribe' -'Pelecanus occidentalis occidentalis'-, que de acuerdo con la descripción de los libros de ciencias naturales se reconoce porque tiene una enorme bolsa de piel desnuda debajo de su pico, que alcanza hasta tres veces la capacidad de su estomago. Para pescar, se zambulle en el mar desde unos 10 metros de altura y luego de meter la presa en la bolsa, deja que drene el agua por sus lados antes de tragarla.


El pelícano pardo Caribe, llamado alcatraz en Cartagena de Indias. [Foto: Wikipedia]

Entre otras cosas, el pelícano -nuestro alcatraz- tiene la particularidad de ser el único animal que por medio de su garganta convierte el agua salada en agua dulce para su propio consumo y el de sus crías. Además, en los libros 'bestiarios' de la edad media se consignaba que el pelícano alimentaba a sus polluelos con su propia sangre y por ello fue el símbolo -entre otros- de los 'Rosacruces' y de los 'Francmasones del Rito Escocés Antiguo y Aceptado'.

Rebuscando en el 'disco duro', recordamos que ya en la mitad del siglo XX se vendía en la ciudad la 'tinta china' de marca 'Pelikan' usada para el dibujo y que tenía como logo la imagen de un pelícano con el característico pico de nuestro alcatraz. Quizás pensamos que los equivocados eran los de la empresa fabricante.


Logo de la 'tinta china' de marca 'Pelikan'.

Por otro lado, hay que incluir algunos detalles del verdadero alcatraz, que tiene un plumaje blanco con las puntas de las alas oscuras, pero que comparte con el nuestro la misma habilidad de lanzarse a 100 kilómetros por hora para sumergirse en el agua. No tiene bolsa de piel debajo del pico, así que su silueta es más aerodinámica. Carece de aberturas externas en la nariz, pero sí tiene unos agujeros secundarios que -al igual que los pequeños del oído- puede cerrar a voluntad cuando se zambulle.


Este es el verdadero alcatraz. [Foto: Wikipedia]

En nuestro medio el 'pelícano-alcatraz' hace parte de la tradición, al lado de la 'mariamulata' y el 'cangrejo azul'. Esto pesó mucho para que el empresario Amín Díaz -el mismo del picante 'Ajibasco'- bautizara con el nombre de 'Alcatraz' la primera nave de turismo que construyó para abrir la ruta de los paseos en yate a las Islas del Rosario, y que repitió en las que le siguieron. También el alcatraz sirvió para crear a 'Dany' una de las mascotas de los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se desarrollaron en Cartagena en 2006.

Cuando no existía la avenida Santander y salíamos del colegio de 'La Esperanza' y pasábamos por la puerta del 'Boquetillo' para hacer los ejercicios de educación física en la playa, era común verlos volar hasta que descubrían al cardumen y se tiraban al agua en veloz picada, para luego de capturar el pez dejarse llevar por la corriente del mar mientras se lo tragaba moviendo el pico de arriba a abajo.


'Dany', una de las mascotas de los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2006, y una vieja postal del yate 'Alcatraz'.

Algo curioso con el alcatraz cartagenero era que en las zonas habitadas de Crespo, Marbella, Cabrero, Centro y Bocagrande se les veía pasar por las tardes -de oriente a occidente- en grupos de 10 a 20 para buscar los manglares dormitorios, en una formación cambiante en la que las gentes esperaban los días lunes ver el momento en que crearan el número en que iba a caer la Lotería de Bolívar.

Eran los tiempos en que los 'billetes' de la lotería estaban divididos en cinco fracciones y por lo tanto en el habla popular se le nombraba a cada una como un 'quinto'. Aunque después el número de fracciones fue mayor, el término 'quinto' se continuó usando durante muchos años como sinónimo de 'fracción' de la lotería.

Así que una vez los especialistas 'veían' el número a través de la alineación de los alcatraces en vuelo, entonces se compraba el respectivo 'quintico'.

Con la apertura de la avenida Santander y los trabajos de los espolones, la pesca indiscriminada tanto con dinamita por parte de los pescadores artesanales como de las mallas de arrastre de las empresas pesqueras, así como la contaminación de los cuerpos de agua interiores, se disminuyó la población de peces y ahora los alcatraces se limitan a esperar parados en el mangle a que tiren los desperdicios a las aguas de la Ciénaga de las Quintas frente al mercado de Bazurto, o nadando en las aguas de la bahía a que los arrojen desde las naves fondeadas.

Los alcatraces más viejos, ya casi en trance de muerte, se paran en las desgastadas estacas de madera bajo los puentes de la ciudad para que los también viejos pescadores -que ya no pueden salir a mar abierto- les den parte de los peces capturados. Y otros hasta se atreven a entrar en los patios de las casas a orilla de los caños para buscar algo que comer entre la basura.





Cartel de 'Arroz Amargo' con Silvana Mangano.

¿QUÉ TIENE LA MANGANO, QUE NO TIENE LA PAMPANINI?

En la década de los 50 del siglo pasado, en Cartagena se presentó en la pantalla grande una película llamada en español 'Arroz Amargo', filmada en Italia en 1949, e interpretada por Silvana Mangano, una de las más voluptuosas artistas italianas de todos los tiempos que escandalizó a muchos por mostrar sus piernas en unos arrozales.

Primero novia del gran actor Marcello Mastroianni y después esposa de Dino De Laurentiis -que fue el productor de 'Arroz Amargo'-, abrió las puertas de los premios internacionales al cine italiano y de paso alertó al mundo sobre un grupo de actrices que llegaron a deslumbrar al mismo Hollywood.

Pero en el cine italiano había otro talento con los mismos atributos físicos de la Mangano, que era su tocaya y se llamaba Silvana Pampanini. Los seguidores de la Pampanini se pusieron celosos del impacto causado por la Mangano y comenzaron una campaña en defensa de la primera, en la que no se ahorraron recursos ni medios.


Silvana Pampanini en una de sus películas.

Una de las frases de combate más contundentes y que impactó a los 'fans' fue aquella de '¿Qué tiene la Mangano, que no tiene la Pampanini?'

Silvana Pampanini hablaba español y en su estrategia promocional visitó algunos lugares de la América Latina, en donde las películas italianas tenían gran aceptación. Su atractiva figura le dio la razón a su slogan y aumentó la popularidad por estos lares de la diva italiana. Nacida en Roma, a sus 26 años fue descubierta en un concurso de 'Miss Italia' y los productores la ficharon para la película 'L'apocalisse', estrenada en 1946.

Pero, además, preparó al público latinoamericano a ver con expectativa la explosión de nombres de actrices italianas que han pasado a la historia y permanecen en el recuerdo.

En pleno apogeo de las dos Silvanas, apareció en escena Sophia Loren quien inició su carrera en 1950 con pequeños papeles como extra, uno de ellos en 'Quovadis'. Su éxito aflora alrededor de 1954 cuando conoce y trabaja al lado del actor y director Vittorio De Sica, con quien filmó 'El oro de Nápoles', en la que estuvo al lado de Silvana Mangano, quien recibió el premio 'Nastro d'argento' -'Cinta de Plata'-. Luego se casó con el director Carlo Ponti, con quien tuvo dos hijos.


Sophia Loren en 1959. [Foto: Wikipedia]

Enseguida llegó a Hollywood y filmó películas famosas con los consagrados del momento, como 'Deseo bajo los olmos' -con Anthony Perkins- y 'Orgullo y pasión' -con Cary Grant y Frank Sinatra-. De los años 60 se recuerda 'La condesa de Hong Kong', una comedia con Marlon Brando y dirigida por Charles Chaplin.

La más directa rival de la Loren fue Gina Lollobrigida, quien saltó a la fama en su país con la película 'Fan Fan el invencible' del director francés Christian Jacques, estrenada en 1951. Por su fama fue invitada a Hollywood por Howard Hugges, con quien firmó un contrato por diez años, pero ella se sintió acosada por el magnate y se regresó a Italia.


Carátula de la película 'El Jorobado de Notre Dame' con Gina Lollobrigida y Anthony Quinn.

Después volvió a Hollywood y filmó una serie de películas que la consagraron como 'la mujer más bella del mundo'. 'La Lollo' -como le decían cariñosamente- participó junto a Humphrey Bogart en 'La burla del diablo', su primer film estadounidense, dirigido por John Huston. En 1956 hizo 'Trapecio' -con Burt Lancaster y Tony Curtis- y 'El jorobado de Notre Dame' en donde hizo el papel de la bella 'Esmeralda' al lado de Anthony Quinn, quien hizo de 'Quasimodo'. En 1958 participó en 'Salomón y la reina de Saba', filmada en España, con la anécdota de que el actor Tyrone Power falleció durante su grabación y fue reemplazado por Yul Brynner.

Otro nombre galante de esa época fue el de Lucía Bosé, conocida y recordada en nuestro medio por haberse casado con el torero español Luis Miguel Dominguín, de cuya unión nació el cantante Miguel Bosé. Ella había sido elegida como 'Miss Italia' en 1947, concurso en el que la tercera fue precisamente Gina Lollobrigida.


Cartel de la película 'Muerte de un Ciclista' de Lucía Bosé..

Después de debutar como protagonista de 'No hay paz entre los olivos dirigida en 1950 por Giuseppe de Santis -en la que reemplazó a Silvana Mangano por embarazo- y de algunos otros éxitos en su país natal, decidió instalarse en España en 1955 -en donde se casa, como dijimos-, y filma 'Gli sbandati' dirigida por Francesco Maselli, 'La muerte de un ciclista' de Juan Antonio Bardem y 'Así es la aurora' de Luis Buñuel.

Aunque se notará la falta de los nombres de otras despampanantes artistas en el recordatorio del cine italiano de los 50, antes de terminar es obligatorio mencionar a Claudia Cardinale, quien debutó en 1958 en la pantalla grande en 'Goha', junto a Omar Sharif.

Nació en la capital de Túnez cuando ese país era protectorado francés, pero sus padres eran italianos. Allí ganó un concurso de belleza en 1957, lo que le permitió su entrada en el mundo del cine.


Una de las fotos más conocidas de Claudia Cardinale.

De voz ronqueta, sus propios compatriotas obligaron a que se doblaran sus parlamentos en los primeros años de carrera, hasta que Federico Fellini pensó lo contrario en '', filmada en 1962 junto a Marcello Mastroianni, que la lanza definitivamente al estrellato. Después trabajó en ese mismo año junto al norteamericano Burt Lancaster y el francés Alain Delon en la recordada película 'El Gatopardo', dirigida por Luchino Visconti.

De su filmografía en Hollywood, deben destacarse 'La pantera rosa' dirigida por Blake Edwards y 'El fabuloso mundo del circo' de Henry Hathaway, ambas en 1964.

Finalmente recordemos que en los cartageneros la frase de '¿Qué tiene la Mangano, que no tiene la Pampanini? se pegó tanto que se usó durante largo tiempo como un refrán para defender a las mujeres cuya belleza quería ser opacada por la de otra.





Portada del álgebra de A. Baldor.

EL ENIGMÁTICO A. BALDOR

Toda una generación nacida a mitad del siglo XX aprendió y sufrió con el libro de álgebra de 'A. Baldor'. Fue quizás el libro más famoso en los colegios de América Latina, en cuya pasta aparece en primer plano un hombre con barba y turbante, en el fondo la cúpula de una mezquita y abajo a la derecha tres libros con palabras derivadas del árabe. Por esto, todos teníamos la convicción de que el enigmático 'A. Baldor' fue un famoso matemático de aquellos que aparecen en los relatos de las 'Mil y una Noches'.

Con el corre y corre de resolver los problemas planteados en el libro para poder ganar los exámenes, a nadie se le ocurría ir a la biblioteca -ya que no existía Internet- para averiguar quién era este matemático. Y si no alcanzaba el tiempo para estudiar el libro de álgebra, mucho menos para saber de su autor.

Después nos enteramos que en realidad 'A. Baldor' era el doctor Aurelio Baldor, un notable abogado y matemático de 1.95 metros de estatura y 100 kilos de peso, que nació el 22 de octubre de 1906 en La Habana -Cuba- y murió en el exilio en Miami -U.S.A.- el 3 de abril de 1978. Y que la imagen que aparece en el libro de álgebra es la de Al-Juarismi, un astrónomo, geógrafo y matemático persa que vivió en el siglo VIII.


Aurelio Baldor, el autor del libro de álgebra más famoso de América.

Aurelio Baldor tenía el colegio más grande de la zona del Vedado en La Habana y se le consideraba el más importante educador de la mitad del siglo XX en Cuba. Pero con la llegada de la revolución cubana recibió la presión del nuevo régimen y para evitar la cárcel resolvió viajar primero a México y luego a Estados Unidos, mientras las instalaciones del colegio fueron confiscadas por los revolucionarios. Se instaló primero en New York, después pasó a New Jersey -en donde volvió a ejercer como maestro de matemáticas- y finalmente ya retirado de la docencia se residenció en Miami en donde murió siempre triste por su salida de Cuba.

Para mantener vivo el recuerdo de 'A. Baldor' y su libro de álgebra, hay dos sitios en Internet para consultarlo. Una es http://www.algebradebaldor.org, de mejor organización en cuanto a su índice de consulta y la calidad de las páginas escaneadas, pero que tienen una marca de agua con el nombre del sitio. La otras es http://www.slideshare.net/DeFieston/libro-de-algebra-de-baldor, en donde se puede ampliar la vista a pantalla completa y pasar hoja por hoja, pero con las páginas escaneadas de un libro usado.





Hermano lasallista Francisco Febres Cordero, canonizado por Juan Pablo II el 21 de octubre de 1984 como San Miguel Febres Cordero.

EL PROLÍFICO G.M. BRUÑO

'G.M. Bruño' publicó sus libros de álgebra, aritmética, español, geometría, lenguaje, literatura, religión y trigonometría para varias generaciones de estudiantes latinoamericanos. Muchos aprendieron y otros se rajaron. Pero lo que muy pocos saben es la historia que se esconde bajo el nombre de 'G.M. Bruño'.

En primer lugar, hay que decir que 'G.M. Bruño' es un nombre ficticio que crearon los hermanos de las Escuelas Lasallistas tomando el nombre real del decimocuarto sucesor de San Juan Bautista de La Salle, que era el hermano Gabriel Marie Brunhes. Cuando crearon en Francia en 1895 la editorial para la impresión de los libros preparados por lo diferentes hermanos, se puso la condición de que todos los libros que se escribieran se publicarían bajo el seudónimo, de 'G.M. Brunhes'.

Pero los hermanos lasallistas de España castellanizaron el apellido 'Bruhnes' a 'Bruño', con lo que entonces el autor ficticio que cobijaría toda la producción de libros para el habla hispana se llamaría 'G.M. Bruño'.


En América Latina esta tarea le correspondió al hermano lasallista Francisco Febres Cordero, quien vistió los hábitos con el nombre de Hermano Miguel. Con su dedicación aportó bajo la firma de 'G.M. Bruño' los textos de los libros que mencionamos arriba.

Nació el 7 de Noviembre de 1854, en una colonial casa situada en la calle Real de la ciudad de Cuenca -Ecuador-, y falleció en Premiá del Mar -España- el 9 de Febrero de 1910 luego de contraer una pulmonía. Su familia ha ocupado siempre un lugar distinguido en la vida histórica del Ecuador. Uno de sus parientes fue el expresidente ecuatoriano León Febres Cordero. También tiene vínculos de sangre -por la rama de los Febres Cordero- con el médico venezolano José Gregorio Hernández, quien fue declarado 'venerable' por el papa Juan Pablo II en 1986.


De su vida se cuenta que nació con un defecto en los pies que le impidieron caminar en sus primeros cinco años, hasta cuando -según el testimonio de sus familiares- vio en el patio de su casa a una señora con ropa blanca y manto azul que estaba sobre las rosas, tras lo cual empezó a a dar sus primeros pasos. Ellos consideraron que fue un milagro de la Virgen, de la cual el hermano Miguel se convirtió en devoto.

En América del Sur el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas entró por Ecuador, precisamente por Cuenca la ciudad nativa del hermano Miguel, así que tuvo la oportunidad de ser uno de sus primeros alumnos y se formó bajo los preceptos lasallistas.

El Hermano Miguel fue canonizado por Juan Pablo II el 21 de octubre de 1984 como San Miguel Febres Cordero.

De Ecuador los Hermanos de las Escuelas Cristianas pasaron a Colombia en 1890, en donde crearon en Medellín el 'Colegio de San José'. Posteriormente en 1905 llegaron a Cartagena de Indias y fundaron el 'Colegio San Pedro Apóstol', que después se rebautizó como 'Colegio de La Salle'.





Regla de cálculo. Dar clic para ampliar la imagen, y dar clic otra vez para minimizarla.

LA REGLA DE CÁLCULO

Los estudiantes de bachillerato de los años 50 y 60 en Cartagena teníamos como misión aprender a manejar una regla gigante en el laboratorio de física, que tenía como propósito hacer toda clase de cálculos matemáticos, como multiplicación, división, logaritmos, raíces y trigonometría. En cambio, no se podía sumar y restar.

Después había que comprar la versión de uso personal, que era fabricada en bambú -por su resistencia, flexibilidad y poco peso- y que tenía un juego de reglillas graduadas con tablas logarítmicas compactas.

Para quienes no conocieron este ingenioso dispositivo, hay que señalarles que en esos años los ingenieros se reconocían por la regla de cálculo que sobresalía del bolsillo de la camisa.


Operación con la regla de cálculo.

Para dar un ejemplo sencillo de su funcionamiento -y sin posar de eruditos en la materia-, para multiplicar 3 por 2, el índice 1 de la escala C se sitúa sobre el 3 de la escala D de abajo [primer rectángulo rojo] y la línea marcada en el plástico deslizante se sitúa sobre el 2 de la escala C [segundo rectángulo rojo]. La respuesta, o sea 6, aparece en el lugar en que la línea fija del plástico deslizante cruza la escala D.

Hace cincuenta años la regla de cálculo se utilizó para el diseño de la gran mayoría de las obras de ingeniería civil, como edificios y puentes. Así mismo, sirvió para la construcción de los modernos medios de transporte, como los aviones, barcos y automotores. Y lo mismo, para muchos productos de la ciencia y la tecnología.

Quizás pocos conocen que la carrera espacial, tanto norteamericana como soviética, le debe mucho a la regla de cálculo. Los primeros vehículos espaciales, incluyendo los que fueron a la luna, fueron diseñados con esta herramienta. Y un dato especial, el Apollo 11 que llegó a la luna en julio de 1969 tenía a bordo reglas de cálculo, como material de dotación científica.

Para quienes piensan que la regla de cálculo es un objeto del pasado, aún se producen para ser utilizadas principalmente en las industrias aeronáutica y técnica. Dentro de éstas, es importante resaltar que la NASA todavía la utiliza.

Dentro de sus ventajas, se apunta que la regla de cálculo se puede hacer de materiales -como hoy día el plástico- que la hacen liviana, resistente y fácil de llevar. Además, -al igual que los Gaiteros de San Jacinto- no necesita de electricidad, así como de pantallas ni otros aditamentos para funcionar, por lo que es excepcional para el cálculo rápido en cualquier lugar y bajo las más difíciles condiciones.





La 'uvita de playa', la primera que viene a la mente.

LAS COSAS OLVIDADAS DE CARTAGENA

Haciendo un repaso de las cosas que conocimos en la mitad del siglo XX y que hoy no están en la vida diaria de los cartageneros, encontramos algunos nombres que vamos a recordar, y que esperamos se amplíen.

Un ejemplo son las frutas. Aunque no se nombrarán en orden de importancia, la primera que viene a la mente es la 'uvita de playa', que recogíamos en el sector de la muralla cuando salíamos por la puerta del 'Boquetillo' para las clases de educación física del colegio de 'La Esperanza'.

Era un árbol de tallos gruesos, ramificados y torcidos por la acción del viento y de hojas redondeadas, que producía unas frutas en ramos parecidos a los de la uva, y que cuando estaban maduras tenían un color rojo purpúreo y su sabor dulce, suave y ligeramente ácido era único y adictivo.


El icaco era abundante en el actual Bocagrande, llamado entonces 'Punta Icacos'.

Otro árbol de playa que existió en grandes cantidades en el viejo sector de Bocagrande era el icaco, lo que le dio su nombre original de 'Punta Icacos'. Su fruto era del tamaño de un ajo grande y de color blanco con tonos rosados en algunas áreas. Pero a diferencia de la 'uvita de playa', el sabor del icaco era insípido, hasta el punto que se decía que sabía a 'beso de boba'. Sus hojas grandes y los pequeños ramos de flores blancas en la parte superior de las ramas destacaban en la distancia.

Uno que tenía su grupo exclusivo de catadores era el jobo, cuyo árbol era de la misma altura del mamón y estaba en casi todos los patios de los barrios cartageneros. Su fruto tenía más o menos la misma forma y tamaño de la ciruela, pero de color amarillo y sabor ligeramente dulce y ácido.


El jobo tiene cierto parecido con la ciruela roja costeña, pero no son parientes.

Aunque algunos vendedores llevaban el jobo en sus carretillas, la verdad es que la ciruela costeña le ganaba en la preferencia de los compradores. Pero de todas maneras sus seguidores siempre estuvimos firmes y solicitábamos su presencia.

Otro fruto muy abundante en los patios de las casas cercanas a la costa era el marañón, reconocido por un falso fruto grande -llamado 'seudofruto'- de colores de tonos rojos y naranjas y de consistencia carnosa, que sin embargo tenía un sabor dulzón y ligeramente ácido, pero 'marroso' -astringente- que no le gustaba a la gente.


Fruto del marañón, con su nuez en la base. [Foto: Wikipedia]

En cambio el apetecido era el fruto verdadero en forma de nuez, que era la parte más pequeña parecida a un riñón que estaba en el extremo inferior del 'seudofruto', y que se ponía sobre una fogata para asarlo y que después de quitarle la cáscara dejaba ver y comer una especie de maní grande muy delicioso, cubierto de un aceite suave.

La guinda era otra de las pequeñas golosinas que era buscada con vivos deseos. Su fruto pequeño y redondo de color verde o ligeramente rojo cuando había madurado, engañaba y hacía dudar a muchos de su agradable sabor. A muchos nos gustaba verdosas, que al morderla y partirla en dos sonara algo parecido al descorche de una botella.


Nuestra guinda no tiene nada que ver con las guindas y cerezas de Europa.

Nuestra guinda parece no tener ningún parentesco con las cerezas y guindas europeas, que son otra cosa. Tampoco con la frase 'la guinda del pastel' que se usa para denotar que algo es lo máximo a lo que se puede llegar o terminar algo con el mayor puntaje. Esta expresión viene de la costumbre de terminar de decorar un pastel -no el pastel cartagenero, sino el pudín- con una guinda europea roja puesta encima.

También se recuerda la grosella, una fruta que nace en racimos y tiene una forma redondeada pero con lóbulos en su superficie de color amarillo verdoso claro. Su sabor es ácido y la mejor manera de consumirla era en dulce, aunque a algunos les gustaba comerla con sal.


El dulce de grosella era de los más apetecidos.

Con un nombre de origen indígena, la chirimoya era la reina de los jugos. Su delicado sabor y olor la hacían insuperable en los días calurosos. A diferencia de otras variedades del resto del continente, la que crecía en Cartagena tenía una superficie lisa de color amarillo pálido con algunas manchas oscuras.


Esta es la variedad de chirimoya que se daba en Cartagena.

Dentro de los vegetales para la cocina, hay que referirse a la candia. La planta pertenece a la familia de las malváceas, su nombre científico es 'Hibiscus esculentus' y se le conoce también como ají turco, algalia, angelonia, gumbo, gombo, ocra, okra, quimbombó, quingombó y yerba de culebra.

La razón de su popularidad era que con ella se hacía uno de los más famosos platos a base de pescado como lo era la sopa de candia. El fruto tenía forma de un ají grande, de color verde claro con una superficie vellosa, y debía cosecharse cuando no había madurado. Al abrirse, su consistencia era mucilaginosa -es decir, babosa-, lo que servía para que el caldo se pusiera espeso. En cuanto al pescado, era preferible el ahumado y desmenuzado.


Con la candia se preparaba una sopa con pescado.

En la vestimenta, ya no se ven unas camisetas de algodón de mangas largas y de color anaranjado que usaban principalmente los campesinos para las jornadas de trabajo en sus fincas y su transporte a lomo de burro. Se llamaban popularmente 'amansalocos', quizás porque alguien le vio un parecido con las chaquetas blancas también de mangas largas que se le ponen a los orates en los manicomios. Su beneficio era indudable ya que les protegía el torso y los brazos del sol, las espinas y las picaduras de insectos. Se les veía usándolas cuando llegaban al mercado a traer sus productos.

Dicho sea de paso, algunos grupos folclóricos y de teatro usaron las 'amansalocos' cuando caracterizaban al campesino costeño, adicionado con su pantalón caqui, sus abarcas y su 'sombrero vueltiao', que en esos tiempos le decían 'sombrero campesino'.

En cuanto al peinado, los 'cocacolos' de la década del 50 que vivían la furia del 'Rock and Roll' y del 'Twist' emulaban a sus intérpretes y usaban la 'gomina', que era una especie de gel que al secarse fijaba el pelo y lo dejaba resistente aún a los embates del viento. Las marcas má conocidas en la época fueron 'Lechuga' y 'Glostora'


'Glostora' fue una de las 'gominas' predilectas de los jóvenes.

Hoy en día se sigue utilizando 'gomina' como una palabra genérica para muchas preparaciones a base de aceites, grasas, vaselina y cera de abejas -entre otros- que se aplican al cabello, pero que no se secan y no tienen el más mínimo parecido con la 'gomina' original.

En las comidas populares que se vendían en las tiendas, desde hace muchos años desapareció la 'cariseca', un cuajado hecho en moldes más o menos de 8 centímetros de alto con harina de maíz, leche de coco, mantequilla, queso, anís y azúcar, y cuya superficie se dejaba 'quemar' hasta formar una costra. Quizás como la parte superior era la que quedaba tostada y el resto era más blando y de color blanquecino, fue que le pusieron ese nombre que significaría que tiene la cara seca. Se vendía en porciones rectangulares que se cortaban con un cuchillo de cocina. Hoy se puede conseguir en el Portal de los Dulces.

Entre otras cosas, en algunos lugares del interior del país se elabora una arepa que llaman 'cariseca', pero que no tiene nada que ver con la receta cartagenera.

También en este tema gastronómico hay que resaltar la erradicación total de la 'manteca de cerdo', que era de uso diario cuando nadie la paraba bolas al colesterol y a los triglicéridos. Se sacaba de ciertas partes del vientre del cerdo -no del tocino- y a la temperatura ambiente era de aspecto sólido y color blanquecino. Se distribuía en latas y en las tiendas se despachaba en porciones sobre papel de envolver recogidas con una cuchara o un cuchillo de cocina.


Manteca de cerdo recogida con una cuchara. [Foto: Wikipedia]

Su declive se debió a su alto contenido de grasas saturadas -a pesar de tener igual cantidad de monoinsaturadas-, pero por paradojas de la vida fue sustituida por las grasas vegetales que para hacerlas sólidas eran hidrogenadas, lo que ahora está prohibido en muchos países por tener las llamadas grasas 'trans', que suben los niveles de colesterol y de lipoproteínas de baja densidad, lo que contribuye a la arteriosclerosis.

En el ramo de las bebidas igualmente desapareció del panorama la 'horchata', un jugo que se hacía con agua, ajonjolí cocido y azúcar. Se expendía en botellas del 'ron tornillo' tapadas con corcho, su aspecto era blanquecino y su sabor ligeramente amargo, así como el de la cerveza, que gusta. Se conseguía en un quiosco en la esquina del teatro Caribe en Torices.





Los Últimos Días de Mozart. [Pintura: Hermann Kaulbach, 1872]

CUANDO LA GENTE SE MORÍA DE REPENTE

En la mitad del siglo XX la medicina tenía muchas zonas oscuras. Por ejemplo aún no se hablaba de 'cáncer' y 'sida'. Eso sí, la penicilina estaba en su apogeo y salvaba vidas que antes se llevaba una simple herida infectada.

Entre otras cosas, la penicilina también fue la cura milagrosa para la gonorrea -o blenorragia- que era la enfermedad de transmisión sexual más común de la época. Su nombre estaba prohibido pronunciarlo y las víctimas consultaban al médico amigo fuera del consultorio, lo mismo que buscaban al inyectólogo de la farmacia para que les aplicara la penicilina.


Abajo a la derecha, entrada clausurada para los vehículos a la Puerta de Santa Catalina

Un recuerdo de esos años era cuando el bus de 'La Esperanza' que venía de recoger a los alumnos de Torices, Marbella y Cabrero entraba a San Diego por la puerta de 'Santa Catalina' -la sencilla, al norte de la doble de 'Paz y Concordia'-, en que en una de las casas enfrente de esa puerta se veía una fila de mujeres una vez a la semana. La curiosidad de los jóvenes estudiantes se vio recompensada cuando se supo -sin tantos detalles- que eran señoras que debían ser examinadas por los médicos para darles un carnet con que ejercer su profesión de meretrices.

Hay que imaginarse la gravedad de la presencia de este tipo de enfermedades sexuales, cuando las autoridades sanitarias empezaron a ejercer estricto control sobre quienes por su oficio eran las transmisoras ideales. Ellas tenían diversos nombres, como el de 'playeras' -por los prostíbulos que hubo en el 'Playón del Blanco'-, hasta el poco recordado de 'coya' y el eufemístico de 'mujer de mala vida'.


Casa amarilla con columnas enfrente de la Puerta de Santa Catalina en donde funcionaba salud pública en los años 50.

Pero regresando al tema principal, el catálogo de enfermedades de las que morían los cartageneros era muy breve. Una de las más conocidas era el 'tumor', que correspondía a crecimientos anormales de cualquier parte del cuerpo que aparecía hinchada. Si bien a nivel mundial ya en los medios se hablaba de 'cáncer' desde finales del siglo XIX, la palabra 'tumor' era la predominante en el lenguaje médico, y se hablaba de los 'tumores malignos' y los 'tumores benignos'.

Cuando llegaba alguien con un 'tumor', el diagnóstico era de pronóstico reservado, ya que estos pacientes acudían a donde el médico cuando estaban bien avanzados y había poca esperanza de vida. Y esto se debía a que se consideraban enfermedades vergonzantes y por lo tanto el enfermo debía apartarse de la vista de las personas y confinarlas en el último cuarto de la casa. Una reacción que también sufrían los familiares locos o con 'mongolismo', como se llamaba entonces al síndrome de Down.

Otra dolencia común era la 'fiebre alta', y así se llamaba cualquier tipo de patología no diagnosticada que cursara con temperatura de 40 grados Celsius. En el antiguo hospital Santa Clara muchos pacientes terminaban con severas lesiones de conducta o de movilidad por culpa de una 'fiebre alta', y en el peor de los casos con la muerte. Esto se daba porque aún estaban en pañales las pruebas bacteriológicas de laboratorio, de tal manera que el médico debía hacer uso de su 'ojo clínico' para dar un diagnóstico, además de que el arsenal de medicamentos disponibles era muy escaso y por lo general debían enviarse a preparar en las boticas.

Pero los de malas eran los que llegaban con 'fiebre alta y cólico' -síntomas, entre otras patologías, de apendicitis o peritonitis- y que entonces se convertía en 'cólico miserere' -nombre tomado de un Salmo-, que por lo general llevaba al paciente a la tumba.

Y la campeona de las enfermedades letales era 'morir de repente'. Podía ser un ataque cardíaco, una hemorragia cerebral, una embolia, el rompimiento de un aneurisma o un paro respiratorio. Lo único para caer en esa clasificación era morir antes de ser llevado al hospital.

Eso era totalmente diferente a los que se morían sin sufrimiento, acostados en las camas de sus casas, ya que en esos casos era una 'muerte natural'. Podían ser tanto los viejitos que cumplían su ciclo vital, como otros de menor edad que sufrieran anemias, parasitismo, desnutrición, insuficiencia cardíaca, entre otras patologías, que no eran consultadas y nunca recibían tratamientos adecuados, sino las medicinas tradicionales.

Y es que todavía se recuerdan los tratamientos caseros, como aquel del 'ron compuesto' que se hacía con los restos del 'ron tornillo' de las fiestas, que se echaba en un frasco grande con ramas y hojas secas de árboles y matas medicinales. Servía para toda clase de golpes y aún para el dolor de cabeza.


El 'numotizine' para abrir las 'bocas' de los 'nacidos'.

Cuando aparecía un 'nacido' -especialmente los 'golondrinos' en las axilas- se utilizaba como cataplasma el 'numotizine', una crema de color violeta que hacía que se abriera la 'boca' y pudiera ser drenado y curado.

Otro receta favorita era el uso de la 'penca de sábila' para quienes sufrían ataques de asma, acompañado de fricciones en la espalda con un cepillo untado de 'sebo de cuba'. Otra técnica era entibiar un poco del ungüento mentolado 'Vicks Vaporub' y frotarlo en el pecho y cuello, después de lo cual se cubría con una sábana o una toalla.

El mencionado 'sebo de cuba' era también usado para las luxaciones o torceduras por parte de los 'sobadores', que mediante sobijos con sus dedos en la parte afectada devolvía las 'cuerdas' -los tendones- y las articulaciones a su puesto y eso eliminaba el dolor y disminuía la inflación.

A los recién nacidos se les ponía un botón o una moneda en el ombligo para evitar que le quedara abultado y se le curaba con 'árnica' y 'caraña'. Esta última es una goma vegetal y su nombre se asociaba con una persona muy joven cuando se le decía que 'todavía hueles a caraña'.

También a los niños que tenían problemas para caminar se les untaba clara de huevo o aceite de tiburón en las rodillas para que se les 'atesaran'.


La bolsa de agua caliente. [Foto: Viamed.net]

Para la diarrea se le daba al afectado 'Kola Román' con limón. Y cuando se querían evacuar los intestinos por haberse purgado o por estitiquez entonces se recurría al 'lavado' -el clásico enema o lavativa-, que se hacía con una bolsa roja de goma -llamada comúnmente bolsa de agua caliente- con una rosca en su boca a la cual se le unía un tubo largo con una cánula plástica en su punta que se lubricaba con vaselina y se introducía por el ano. Luego por gravedad y un poco de presión se inyectaba agua jabonosa tibia.

Para los dolores de garganta y carrasperas era infalible la mezcla de azufre con miel de abejas y unas goticas de limón. Para la piquiña de enfermedades de la piel -como el sarampión- se hacían baños con agua de matarratón hervida, así como el uso de harina de yuca sobre las partes afectadas. Si se presentaban picaduras de insectos, la indicada era la 'curarina'. Y si en el mar se era picado por una 'aguamala', lo mejor era orinarse el sitio afectado.


La leche de magnesia.

Cuando se presentaba acidez estomacal o 'pesadez' después de una comida, lo recomendado era tomar leche de magnesia. Además, ésta era utilizada como 'todo en uno' para piel, ya fuera para quitarle la grasa, para las quemaduras -especialmente las solares-, para la dermatitis -como en la pañalitis-, para la sudoración excesiva -'hiperhidrosis'- y aún como desodorante.

Para el hipo había que tomarse un vaso de agua al revés, con la cabeza hacia abajo. Si se hacía un corte en los labios se untaba azúcar. Si la herida era en la piel entonces se usaba café molido. Para limpiarla se utilizaba el 'merthiolate' y para cubrirla se ponía gasa y encima esparadrapo. Pero si era una herida con un clavo u otra pieza de metal oxidados, entonces debía aplicarse tintura de yodo para disminuir la posiblidad del tétanos.

Finalmente -para no ser más extensos-, cuando aparecía el dolor en las muelas cariadas se echaba 'creosota' con una motica de algodón en un palillo. Y para el dolor de cabeza fuerte, la 'cafiaspirina'.


La venerable 'cafiaspirina'.




'Wuchereria bancrofti', el causante de la 'potra'. [Foto: Wikipedia]

LOS TÍSICOS Y LOS POTROSOS

Cuando rayaban los años 50 del siglo pasado, Cartagena era afectada por dos enfermedades con los nombres particulares de 'tísis' y 'potra'.

La 'tísis' es la misma tuberculosis pulmonar, una enfermedad producida por una bacteria conocida como 'Mycobacterium tuberculosis', pero que además se le llama 'bacilo de Koch' por el apellido del médico y bacteriólogo Robert Heinrich Hermann Koch, quien la descubrió.

Las pésimas condiciones sanitarias de la ciudad desde la colonia por la ausencia de agua potable y alcantarillado sanitario, así como las bajas defensas por desnutrición, hicieron que fuera caldo de cultivo para esta enfermedad. Por ello, era casi que normal observar a personas con los síntomas clásicos de fiebre y tos crónica con flema sanguinolenta, acompañadas de sudoración nocturna y pérdida notoria de peso. Y lo peor era que se trasmitía con el aire expulsado durante la tos, al hablar, al cantar o al escupir.

Ello hizo necesaria la construcción del Hospital San Pablo en Zaragocilla, que fue inaugurado en 1952 bajo el gobierno de Roberto Urdaneta Arbeláez. Un grupo de personas, entre ellas las Hermanas Vicentinas, se hicieron cargo del tratamiento del alto número de pacientes que tenía la ciudad, y por sus ejecutorias se recuerdan especialmente los nombres del médico Guillermo Valencia Abdala, su director, y de la administradora Betty Martínez de Aparicio.


Hospital San Pablo, 2006. [Foto: El Universal]

Los jóvenes de la época tenemos dos recuerdos de esta terrible enfermedad. Uno era la llamada 'tuberculina', que era una prueba que se hacía con la inyección subcutánea en el antebrazo de un antígeno de 'Mycobacterium tuberculosis' para determinar si la persona había tenido contacto con la bacteria. Y otro era la vacuna de la tuberculosis, que muchos recibimos en la espalda y posteriormente se aplicó en el hombro izquierdo, dejando una pequeña marca redondeada. Esta se llama 'BCG' por ser la abreviatura de "Bacilo Calmette-Guerin", una bacteria tuberculosa de origen bovino con poca virulencia.

La otra enfermedad era causada por la 'Wuchereria bancrofti', un nemátodo importado del África que vivía en las aguas sin tratar y que produce la 'filariasis', más conocida en Cartagena como 'potra'. Su principal síntoma era el crecimiento exagerado de los testículos -cuyas víctimas eran conocidas como 'potrosos'- y a veces de las extremidades inferiores, en una forma de 'elefantiasis'.

Debido al uso de aljibes y pozos, este gusano se desarrollaba a su antojo y tenía como huéspedes intermediarios a los mosquitos de las especies 'Aedes', 'Anopheles' y 'Culex', las cuales introducían las larvas en el hombre. Éstas se dirigían a su vez por el aparato circulatorio al sistema linfático de la ingle y los genitales, en donde lentamente se formaba la hinchazón hasta llegar al engrosamiento de los tejidos.

Este problema se acabó cuando se inauguró el acueducto de Matute y la ciudad dejó de usar los aljibes y pozos para el almacenamiento y consumo del agua.

De este episodio se recuerdan hasta profesores que fueron afectados por la 'potra' y que para ocultar a la vista la protuberancia de sus partes íntimas usaban un periódico, un abanico y hasta el recurso de pantalones bien anchos.

Además, durante los primeros tiempos del béisbol profesional, mientras los cartageneros le decían a los barranquilleros 'come lisa' -referente a un pez de agua dulce que consumen con bollo de yuca-, los barranquilleros ripostaban con el mote de 'potrosos'.





Foto publicitaria de Charles Atlas.

CHARLES ATLAS

Fue el primer fenómeno de las ventas de cursos por correspondencia. Se trataba de un método para crear un cuerpo musculoso sin necesidad de levantar pesas al que se llamó 'Tensión Dinámica', y que -según su autor- fue inspirado en la manera cómo el león y el tigre lo hacen en la naturaleza.

Además, la publicidad se hacía por medio de una historieta que supuestamente estaba basada en las vicisitudes vividas por Ángelo Siciliano, un flaco muchacho de Acri -en Italia-, nacido el 30 de octubre de 1892, y que a los once años se mudó a Nueva York -en Estados Unidos-. Debido a que un fortachón le dio una paliza en una playa para tratar de quitarle su novia, entonces se ideó y puso en práctica una nueva técnica para mejorar su musculatura y tiempo después regresó al mismo sitio para desquitarse.


Aviso que aparecía en revistas y periódicos.

Después de esto, por casualidad tuvo que tirarse al río debajo del puente de Brooklyn con una cuerda para salvar a unas mujeres que iban a la deriva en un bote por haber perdido los remos, y un periodista captó este momento en una foto que fue publicada en el diario local e hizo famosa su figura, que entonces fue reclamada como modelo por pintores y escultores. Más adelante, en 1922, la revista 'Cultura Física' lo eligió como el hombre del cuerpo más perfecto del mundo.

Entonces adoptó su nuevo nombre de 'Charles Atlas', que es una combinación de Charles Lindbergh, el famoso aviador que cruzó el Atlántico en el Espíritu de San Luis, y Atlas, debido a una estatua del héroe de la mitología griega que estaba en una construcción cercana a donde vivía y con quien las gentes lo comparaban. Y con el dinero del premio de la revista 'Cultura Física' montó un negocio para vender su método por correo para ayudar a otras personas que sufrían por su delgada contextura. Para lograrlo, las personas debían usar la misma presión de una parte del cuerpo contra otra, así como algunas cuerdas para las zonas en que no podía hacerse.


Recurso publicitario de Charles Atlas rompiendo el robusto directorio telefónico de Manhattan, Nueva York.

De esta manera, el curso de "Tensión Dinámica" de Charles Atlas fue la esperanza de los alfeñiques de todo el mundo y se dice que hasta deportistas importantes de la época como Joe DiMaggio y Rocky Marciano lo compraron. Este curso se vendía por correo a 30 dólares las 12 lecciones, y a pesar de la muerte de Charles Atlas en 1972 aún se vende por Internet en www.charlesatlas.com.

Para finales de los años 50 funcionaba en el parque de Manga -el adjunto al Fuerte del Pastelillo- la Liga de Pesas, que contaba con una sede y un completo equipo para la halterofilia -el levantamiento de pesas- y el físico culturismo. De ello sólo queda el recuerdo en legiones de jóvenes inspirados en la leyenda de Charles Atlas que corrimos hasta allí para sacar el carnet respectivo y emular la historia de Ángelo Siciliano. Años después ese espacio y sus instalaciones fueron utilizados por un tiempo para hacer juzgamientos y remates de ganados bovinos.





Tomos 1 al 6 de El Tesoro de la Juventud.

EL TESORO DE LA JUVENTUD

La generación de los años 50 del siglo XX tenía poca oportunidad de aumentar sus conocimientos del mundo que lo rodeaba. La radio y la prensa -los medios de entonces- se dedicaban principalmente a las noticias locales y las escuelas no tenían bibliotecas que llenaran ese vacío. Por ello, muchas de las preguntas que surgían inevitablemente en niños y jóvenes en formación debían ser resueltas en forma fragmentada por los familiares y los maestros de la escuela. Recordemos que a ellos se les llamaba 'Juanito Preguntón', ya que todo lo escudriñaban y todo lo desarmaban, en búsqueda de las respuestas que no podían obtener.

En ese estéril panorama, fue una bendición la aparición de una publicación enciclopédica llamada 'El Tesoro de la Juventud', que era una traducción y adaptación para América Latina de la obra 'The children's encyclopaedia' del inglés Arthur Mee, que luego fue comprada y editada en Estados Unidos por M. W. Jackson con el nombre de 'The Book of Knowledge'.

En total eran 20 tomos en pasta dura de color verde, que se volvieron una imagen perenne para quienes fuimos sus lectores, y que contenían las secciones que se ven en la siguiente página:


Es difícil en la era de Internet hablar de una enciclopedia con temas que en pocos segundos se pueden consultar en Google. Por ello, se hizo necesario en la introducción de esta nota explicar las serias limitaciones de ese entonces para conseguir la información.

Y es precisamente por eso que uno de los tomos preferidos era el 'Libro de los Por Qué', que formulaba con increíble acierto las mismas preguntas que nos hacíamos y les hacíamos a nuestros maestros. Allí estaban algunos interrogantes que parecen tontos, pero que aún hoy en día muchas gentes ignoran su respuesta, tales como:

¿Beben los peces?
¿Comen las plantas?
¿Crecemos lo mismo cada año?
¿Cuál es la causa del espejismo?
¿De dónde obtienen las flores su perfume?
¿De dónde procede el polvo?
¿De qué modo origina la luna las mareas?
¿Deben tener fin todas las cosas?
¿Es cierto que los días se van haciendo más largos?
¿Para qué nos sirve el pelo?
¿Por qué algunas personas no pueden distinguir los colores?
¿Por qué dan luz las luciérnagas?
¿Por qué es dulce el azúcar?
¿Por qué es insípida el agua?
¿Por qué no se mezcla el aceite con el agua?
¿Por qué no se mojan los patos?
¿Por qué se estira el elástico?
¿Por qué tenemos uñas?
¿Por qué ven en la obscuridad los tigres y los gatos?
¿Por qué se apaga una cerilla cuando se la sopla?
¿Por qué vemos manchas cuando se nos cansa la vista?
¿Puede una serpiente venenosa, si lo desea, morder sin inocular su veneno?

El segundo en preferencia era el tomo de 'Juegos y pasatiempos', que tenía de todo para pasar el día ocupado. Por ejemplo, enseñaba cómo cortar trozos de madera para unirlos, ya fuera en ángulo como la de los marcos de los cuadros o en espigas que se entrelazan, y luego unirlas mediante clavos, tornillos o pegándolas con cola. También tenía juegos, pasatiempos y otras manualidades.

Por supuesto que las otras secciones eran importantes, pero su consulta estaba reservada para realizar las tareas de las diferentes materias del colegio, y especialmente para hacer los dibujos que siempre pedían los profesores, ya que las fotografías e ilustraciones eran otro fuerte de 'El Tesoro de la Juventud'.

Igualmente, tuvimos un primer contacto con el mundo de la letras. Por ejemplo, se recuerda la lectura del inmortal primer verso de la oda 'Vida retirada' de Fray Luis De León:

¡Que descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

También conocimos por primera vez el cuento de 'Los Tres Cerditos', que después vimos en el cine con los dibujos animados de Walt Disney. Un detalle que recordamos es que en este cuento aparecido en 'El Tesoro de la Juventud' los dos primeros cerditos son comidos por el lobo al derribar con sus soplidos sus casas de paja y madera, mientras que no pudo con la del tercero que la hizo de ladrillos. Al final hay un juego de astucia que le gana el cerdito al lobo, quien muere quemado al meterse por la chimenea que estaba encendida. En la versión de Disney no hay muertos y los dos cerditos de las dos casas de paja y madera que son derrumbadas por el lobo se refugian en la del tercer hermano que la hizo de ladrillos. Al final el lobo se quema en el agua hirviendo que está debajo de la chimenea y no regresa más, mientras que los cerditos festejan.

Un ejemplo del impacto del 'El Tesoro de la Juventud' en las generaciones de mitad del siglo XX fue su inclusión por parte de Gabriel García Márquez en uno de los párrafos de su novela 'El Amor en los Tiempos del Cólera':

"Había aprendido a llorar con su madre leyendo a los poetas locales que se vendían en plazas y portales en folletos de a dos centavos.

Pero al mismo tiempo era capaz de recitar de memoria la poesía castellana más selecta del Siglo de Oro.

En general leía todo lo que le cayera a las manos, y en el orden en el que le caía, hasta el extremo en que mucho después de aquellos duros años de su primer amor, cuando ya no era tan joven, había de leer desde la primera página hasta la última los veinte tomos del Tesoro de la Juventud."

Nunca supe del destino de la enciclopedia de la casa, ni tampoco se me había ocurrido preguntar hasta ahora, pero supongo que siguió el destino de otros libros importantes que eran regalados a instituciones educativas o simplemente iban a la basura. Claro, que pensar en que se podía haber conservado es un pensamiento erróneo, ya que en la casas de hoy no se permite 'tanto chéchere', sino -a lo sumo- una 'tableta' y una conexión a Internet para tener todo el conocimiento a la mano.




Última actualización: Enero 30 de 2014


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